Accidente de tren en Pontevedra

Un convoy con vagones de otra época

Los «camellos» que circulan entre Vigo y Oporto tienen 30 años y fueron revisados

Imagen del tren accidentado en O Porriño - MIGUEL MUÑIZ
MARIO NESPEREIRA Santiago - Actualizado: Guardado en: Galicia

«Durante mucho tiempo la línea ferroviaria no recibió el trato que merece». La frase es del exministro de Economía y Empleo de Portugal, Santos Pereira, pronunciada en julio de 2013. Aquel día la conexión Vigo-Oporto se bautizó como Tren Celta, en un acto en presencia de Ana Pastor, y el eco de esas palabras resuena hoy contra las paredes de la administración y la política ibérica.

Por la línea de ferrocarril que da sentido a la Eurorregión Galicia-Norte de Portugal circulan «camellos», por la forma en la que sobresalen las cajas del aire acondicionado sobre los lomos del tren. Es el nombre que reciben los convoyes como el del accidentado en O Porriño, vagones de la serie 592 fabricados en los años 80, cedidos a Portugal para cubrir el servicio de las conexiones del Duero y el Miño. En España solo circulan en vías no electrificadas y conexiones regionales, como en Orense-Santiago, casi residual. Fuentes de Adif también informan de que los 592 van donde la red no se ha electrificado. Es decir 6.858 kilómetros de un total de 12.241.

Las empresas Ateinsa y Macosa fabricaron los primeros «camellos», pero los entregados a Portugal —Renfe afirma que en régimen de alquiler, pero Comboios lo niega— pasaron antes por los talleres de Integria, la empresa pública de mantenimiento. Tanto la operadora lusa como el ministro en funciones Catalá aseguraron ayer que los trenes cumplían todos los requisitos de seguridad e iban equipados con el sistema ASFA. Es más, según el titular de Fomento, pasó una «profundísima» revisión el pasado mayo y otra ordinaria un día antes de colisionar.

Cruzando la «raia»

La hermandad ferrocarril entre Galicia y Portugal se remonta a finales del siglo XIX, con el trayecto entre Lisboa y Vigo. Tras sucesivos recortes en los tramos y las paradas, el tren que atraviesa la frontera —la «raia»— comenzó a ser un problema político más de un siglo después. Ya en 2005, Comboios de Portugal planteó el cierre de la línea pero no prosperó. Seis años más tarde, lo intentó, ahora sí con el apoyo de Renfe, y aduciendo que en los vagones iba solo una media de once viajeros por frecuencia. Según el diario luso Público, causaba pérdidas por valor de 218.000 euros al año.

La oposición se echó encima y las intenciones de CP y Renfe llegaron hasta Bruselas. En Galicia, el entonces líder socialista Pachi Vázquez preguntaba con acidez al Gobierno gallego por el lugar que ocupaba en su agenda la Eurorregión y las infraestructuras entre dos tierras tantas veces hermanas como proclives a darse la espalda. El alcalde de Oporto, Rui Rio, lo dejó claro en un foro con empresarios vigueses: «La conexión de tren entre Galicia y Portugal es una mierda». La crisis hacía mella sobre una economía portuguesa rescatada y su capacidad para hacer frente a nuevas inversiones.

Con esos antecedentes, tenía motivos Santos Pereira para afirmar que la atención dedicada a la línea era deficitaria. La propuesta de rebautizarlo como Tren Celta, la bajada de las tarifas –por 14,75 euros se puede comprar un billete– y la reducción de las paradas, de quince a tres, trató de darle un impulso renovado. El viaje actual dura dos horas y quince minutos pero los alcaldes de la Eurorregión ya han propuesto reducirla a 90 minutos en el futuro cercano. A comienzos de año, el gobierno de Portugal anunció su intención de electrificar el tramo Nine-Viana con una inversión de 117 millones de euros.

Las consencuencias de un tren competitivo serían imprevisibles para los tres aeropuertos gallegos, a sabiendas de que casi 800.000 gallegos embarcan cada año desde la terminal portuense de Sá Carneiro. Sin embargo, ese horizonte no parece cercano. Con el estancamiento de la gobernabilidad en España y los tramos de AVE hacia Orense y Vigo por ejecutar hasta 2018, no entra dentro de la lógica pensar que España y Portugal colaborarán para levantar una línea de altavelocidad. Si cabe, después del accidente, los «camellos» que surcan la «raia» sí tienen los días contados.

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