José Luis Jiménez - Pazguato y fino

La camisa de Xulio Ferreiro José Luis Jiménez

Es un síntoma de darle más importancia a la apariencia que a la sustancia

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Afirmar que Xulio Ferreiro daba la nota en la foto de familia del reciente Congreso de la Empresa familiar celebrado en La Coruña no es exagerar ni sobredimensionar la anécdota. Rogarle por caridad que se meta la camisa por dentro si, como ocurrió el lunes, debe coincidir con el Jefe del Estado y el presidente de la Xunta en una recepción oficial no es una exigencia estilística arrogante ni de clase. Es pedir ese mínimo de decoro al que el populismo se niega por motivos simplemente ideológicos. Como si la corbata o el traje fueran una imposición del capital, del IBEX 35 o de una élite social opresora del pueblo.

Que Ferreiro sea reacio a llevar la camisa como Dios manda no es sino un síntoma de que le concede más importancia a la apariencia que a la sustancia, al envoltorio que al contenido. El alcalde antepone una absurda concepción de la «rebeldía» contra el sistema a su indiscutible papel como representante civil de toda la ciudad —y no solo a la que minoritariamente le vota a él— en un evento de este nivel. Ahí tienen a Alexis Tsipras, cuya negativa a la corbata responde a la solidaridad con la emergencia social que vive su país, y hasta no erradicarla se juró no endosarse una al cuello.

Asumimos que el populismo está encastillado en la dialéctica de los descamisados e incluso en su estética, pero a estas alturas de la película, una camisa está lejos de ser un objeto de lujo. Y llevarla metidita dentro del pantalón no es un vicio de niño de catequesis o de colegio de curas, contra los que con tanto ahínco combaten nuestros alcaldes de la izquierda pintoresca.

Entre la camisa y la gestión, los tres alcaldes del cambio a peor eligieron la camisa. La utilizan como el espantajo que agitar frente a sus críticos, como si mientras rumian por su indumentaria fuesen a ignorar la falta de acción política en las ciudades. Deberíamos estarles agradecidos: nos dan alpiste barato para ponerles a caldo para así no caer en la cuenta de sus ciudades sucias, descuidadas, sin inversiones, paralizadas en la administración cotidiana, sectarizadas y correteando por el alambre de la inestabilidad. Con qué ramplona condescencencia tratan a quienes piensan distinto...

A Xulio Ferreiro, evidentemente, se le juzgarán por sus acciones al frente de la alcaldía de La Coruña. Por el momento no son muchas, digámoslo de paso, más allá de una renta para fidelizar voto clientelar en sus barrios afines. Pero mientras llega ese día del juicio, Ferreiro corre el riesgo de ser reconocido únicamente como el tipo que parece un desarrapado en las fotos oficiales. Probablemente le dé igual y crea que nuestra crítica fortalece su lucha. O quizás le falte algún asesor que le aconseje en esas pequeñas nimiedades.

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