Debate de Investidura de Núñez Feijóo

«Aspiro a que Galicia se quiera más a sí misma»

El candidato a la presidencia se alejó de otras intervenciones en las que dominó su perfil gestor y optó por dar más relato a su proyecto de Gobierno

Núñez Feijóo, instantes antes de arrancar la sesión de investidura
Núñez Feijóo, instantes antes de arrancar la sesión de investidura - M. Muñiz
DARÍO DOMÍNGUEZ - @abcengalicia Santiago - Actualizado: Guardado en: Galicia

«Galicia, Galicia, Galicia». Alberto Núñez Feijóo terminó ayer sus 100 minutos de discurso de investidura con la misma frase que popularizó, poseído por la emoción, en el congreso de mayo en el que fue reelegido presidente del PP gallego. Desde ese momento, el popular se abrazó de forma apasionada al lema, tanto que lo colocó —y ahí sigue— como carcasa de su teléfono móvil, y lo repitió en cada una de las fechas señaladas que sucedieron en su vida política desde entonces. En su continua travesía desde la imagen de contable llegado a Monte Pío al líder que es hoy en día, en su tercera petición de confianza al Parlamento el de Os Peares se permitió el lujo de abandonar la tiranía de la gestión y profundizar en el relato de lo que quiere que sea la Galicia que dejará a su sucesor.

Rondó la treintena el número de veces que, con escaso entusiasmo, la bancada popular interrumpió a su jefe de filas para aplaudirle. Apenas subieron los decibelios en contadas ocasiones, y una de ellas fue en la que el presidente brindó la clave de bóveda de toda su alocución: «Aspiro a contribuir a una Galicia que crea más en sus posibilidades y, sobre todo, una Galicia que se quiera más a sí misma». Y de ahí pendió el relato. Sobre las bases de la consolidación de la recuperación económica se construye la intención de que la Comunidad sea «el mejor lugar para nacer y ser niño», que los problemas hay que abordarlos desde una «perspectiva intergeneracional», o que esta debe ser «la legislatura del rural».

Perfil conciliador

Apareció en la tribuna el Feijóo más institucional. Lejos del orador agresivo al que tiene acostumbrado al respetable en las sesiones de control y los Debates del Estado de la Autonomía, el presidente se mostró abierto al diálogo con la oposición en los temas que sean clave para la Comunidad, en aras a afrontar reformas estructurales y acudir a los debates estatales «con una posición de país» pactada de antemano. Sobre dos ejes pivotó esta petición. El primero de ellos, la negociación del modelo de financiación autonómica, en el que pidió a los grupos izquierdistas que no desvíen el foco de las necesidades de Galicia en favor de las reivindicaciones soberanistas de otros territorios. El segundo, el desafío demográfico que se le presenta a la Comunidad para las próximas décadas. El candidato a la investidura pidió que las formaciones realicen «una reflexión colectiva» sobre un problema «que no entiende de colores políticos y que nos afecta a todos».

Con todo, en algún momento de su presentación, parecía que el candidato iba a sacar a relucir al parlamentario aguerrido. Mandó algún recado a la oposición, y leyó su nueva mayoría absoluta como una apuesta de los gallegos por un proyecto asentado sobre la moderación y la estabilidad. Lanzó una ristra de ataques más o menos velados contra el populismo que defiende «un paraíso ficticio», y pidió a los diputados que no caigan en la ofensa —constante durante la pasada legislatura—, porque «el que desprecia a un representante del pueblo, se desprecia a sí mismo, pero sobre todo desprecia al pueblo».

Incluso se atrevió a aconsejarlos a aprender de la derrota, y aludió a las palabras del diputado en Cortes de En Marea, Miguel Anxo Fernán Vello, al apuntar que «frente a los que todavía piensan que Galicia es una sociedad inmadura, ignorante o alienada en manos de algunafuerza ajena, nosotros vemos con admiración como nuestro pueblo decide por sí y para sí».

El aplauso de la oposición

Además de repasar buena parte de su programa electoral, Núñez Feijóo insistió en recordar alguna de las frases que lo llevaron a esta tercera sesión de investidura. De este modo, volvió a presentarse como un «militante de Galicia», un apelativo que concedió también al resto de diputados que componen la Cámara y al conjunto de los habitantes de la Comunidad. Sentados frente al candidato, aguantaron estoicos los miembros de los tres grupos restantes de O Hórreo. Ni una sola interrupción. Como mucho, alguna negativa con la cabeza ante lo expuesto por el líder popular, algún murmullo ante una frase entendida como una alusión personal, o algún diputado retorcido en su escaño cuando se nombró a Venezuela como país donde quedan gallegos sufriendo.

Sin más, y quebrándosele la voz hacia el final, como vino el presidente se fue. Recogió su guión, cuya portada volvía a ser una foto abrazado a su padre recientemente fallecido, y vio a sus compañeros de grupo ovacionarle puestos en pie. Minutos más tarde, en la cafetería del Parlamento, un diputado primerizo se extrañaba de que la oposición no hubiese aplaudido al presidente «por respeto institucional». «¿No es enternecedor lo verdes que llegan algunos?», bromeó un veterano.

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