Luís Villares
Luís Villares - MIGUEL MUÑIZ

El «annus horribilis» de Luís Villares

El responsable de En Marea ha pasado de ser un líder deseado a un obstáculo para la mitad del partido

SantiagoActualizado:

La carrera política de Luís Villares Naveira (Lugo, 1978) se sitúa en la distancia entre lo que prometía ser, especialmente para los suyos, y lo que finalmente acabó siendo, dados los continuos obstáculos que sus compañeros le han sembrado en el camino. Villares, el deseado, es justo un año después de que En Marea lo eligiera para presentarse a las autonómicas Villares, el errático. Al menos, a ojos de la mitad de la confluencia. Sus críticos le imputan hoy la desnortada trayectoria del partido, principalmente porque el magistrado en excedencia no se ha plegado a sus deseos: fueran cuales fueran según el momento. Los que en verano de 2016 le dedicaban al magistrado toda clase de lisonjas y peleaban por apadrinar su salto a la política son ahora sus adversarios más peligrosos. Como el cuadro goyesco de Saturno devorando a sus hijos, más de una vez han conspirado para deshacerse de su liderazgo.

Nada de eso existía cuando al lucense se le sondeó para colgar la toga. Tenía una carrera acomodada. Magistrado en el TSXG, después de haber pasado tres años como juez en A Fonsagrada y haber aterrizado en destinos como el País Vasco o la Audiencia Nacional. Pero la política llamó a su puerta. De una forma u otra, siempre estuvo presente. De joven estudiante en Santiago, orbitó alrededor del nacionalismo, cuya gravitación entonces estaba adscrita casi en exclusiva al BNG, y por extensión a Beiras, al que escuchó en directo en algún mitin. Dos décadas más tarde, iba a ser su valedor.

El magistrado, coordinador en Galicia de Jueces para la Democracia, mantuvo contactos con el alcalde de La Coruña, Xulio Ferreiro, y con el regidor de Santiago, Martiño Noriega. Era el candidato idóneo –preparado, progresista y sin carnet— para emular el relato de Manuela Carmena en Madrid o de Ada Colau en Barcelona. Yolanda Díaz llegó a decir que el de Villares era un perfil «muy lindo». Así lo creyeron todos. Con esos ases en la mano, se postuló. En Marea lo eligió en primarias con el 86% de los votos –y una participación de 10.000 afiliados—, en las jornadas previas a que Podemos decidiera integrarse en la confluencia. Pasara lo que pasara, Villares iba a jugárselas con Feijóo.

Primeros problemas

En la campaña, las cosas empezaron a torcerse por La Coruña. Villares se sintió mal asesorado por, entre otros, personas muy próximas a Ferreiro y Marea Atlántica. Entonces, como publicó ABC, su círculo de confianza tomó la iniciativa para formar un equipo paralelo y ayudarle, entre otras cosas, para un debate electoral de la TVG al que acudió, como él mismo reconoció después, atenazado por los nervios. Apenas llevaba un mes fajándose en la arena de la política y solo tres de cada diez gallegos —datos del CIS— declaraban conocerlo. El rumbo no fue el esperado. A la campaña le faltó brillo y el resultado fue, en comparación con el de las municipales de 2015, escaso. Empate con un PSdeG a la deriva y primer revés.

Después de tomar posesión como diputado y portavoz, le tocó la papeleta de gestionar un grupo de catorce parlamentarios en el que la mitad responden a los colores de Podemos. Solo le salva que no todos atienden a las órdenes de la secretaria general de Galicia, Carmen Santos. Y enseguida llega la primera zancadilla. El partido filtra a los medios una carta en la que Villares solicita a la dirección un chófer y un secretario para recorrer Galicia y dejarse ver con En Marea. Eso, y una «compensación económica» que equilibre la pérdida de poder adquisitivo que tenía cuando era magistrado. La cúpula de la confluencia solo le concedió la prerrogativa del asistente.

Hasta final de año, las cuitas internas no cesaron: por la conformación de la coordinadora, por la carta financiera... Así, hasta el plenario de diciembre, en el que Beiras tuvo que salir al rescate del primer intento de la Marea Atlántica de vetarlo para el puesto de líder orgánico. El asalto lo ganó Villares, pero el alcalde herculino solo postergó la embestida.

Un mes después, enero de 2017, En Marea organizó las elecciones internas para configurar sus aparatos de dirección. Villares encabezó la lista que aspiraba a ser de consenso, apoyada por las cúpulas de todos los partidos integrados y las mareas municipales. Sin embargo, esa misma lista le prohibía llegar a la cúspide de En Marea, amparándose en una presunta incompatibilidad entre los cargos institucionales y de partido. Lo que vino a continuación rememoró algunos de los mejores episodios de intriga política. Paradójicamente, las candidaturas que rivalizaban con la de Villares sí apostaron por el magistrado para encabezar En Marea; por lo que la pugna en primarias se desdibujó por completo. Los equilibrios de poder, desde aquel momento, dieron un giro copernicano. «Hubo una evolución que provoca intercambios», revelan a este periódico fuentes del bloque de críticos, que tratan de encuadrar el debate dentro de una «cierta normalidad» y alejarlo de la confrontación personal.

Asalto a la cúspide

Villares se catapultó, ya en abril, en quienes sí lo querían nombrar líder. El dirigente dio por fin un golpe encima de la mesa. Sabedor de que los números le avalaban, abrió una votación en la ejecutiva para que fuera designado portavoz. Lo consiguió, aunque a costa de enfrentarse a puerta gayola al sector de Ferreiro, a la dirección de Anova y sectores de Podemos e Izquierda Unida. En Marea comenzó sin remedio a partirse en dos. El último plenario de junio fue la constatación pública de la división. Villares trató de fagocitar las tesis políticas de sus críticos, entre los que ya se encontraba Beiras y todos los grandes referentes del populismo, pero la maniobra no surtió efecto. La asamblea fue tensa. Beiras pidió intervenir, la organización no se lo permitió –con el simbolismo que ello implica– y el oficialismo destruyó algunas de las restricciones impuestas desde entonces en materia salarial.

Villares consumó su ascenso con la ayuda, entre otros, de antiguos fontaneros del BNG y con la participación escasa de un millar de afiliados y un aval del 53%. En once meses, la Marea había perdido el 90% de su capacidad de movilización para sus cónclaves y el ya líder había diluido un tercio de su rédito. Ya sin el patrocinio de sus antiguos padrinos, Villares enfila su segundo año en política con otro horizonte. Ahora, en tanto que máximo responsable de En Marea, tiene la obligación de restaurar heridas, hacerse con un liderazgo estable y despejar las tinieblas de una posible ruptura del proyecto.