Cataluña - Política

El independentismo llega fracturado a una Diada a la baja

La presencia de Ada Colau irrita a los secesionistas más radicales

Simpatizantes de Esquerra Republicana de Catalunya se dirigen esta noche con antorchas a la Fossar de les Moreres, en Barcelona, para participar en la Vigilia de la Diada organizada por ERC-Barcelona Vella
Simpatizantes de Esquerra Republicana de Catalunya se dirigen esta noche con antorchas a la Fossar de les Moreres, en Barcelona, para participar en la Vigilia de la Diada organizada por ERC-Barcelona Vella - EFE

El lema escogido por el secesionismo para la Diada de 2016 es «A punt» (A punto), una manera nada sutil de autoconvencerse -la realidad es otra cosa- de que la independencia de Cataluña está a la vuelta de la esquina. Paradójicamente, este optimismo coincide con un evidente decaimiento entre los partidarios de la independencia, notorio desde que en las elecciones del 27 de septiembre el soberanismo no logró la mayoría absoluta de votos que anhelaba cuando Artur Mas convocó las autonómicas en clave plebiscitaria.

El agotamiento entre el independentismo es reconocido por partidos y asociaciones, lo que este año, ante el temor a no superar las cifras de movilización de ediciones anteriores, ha llevado a la ANC y a Òmnium a organizar una Diada descentralizada. Ciertamente, el entusiasmo de los anteriores 11-S va a la baja, y el número de inscritos para 2016 en las cinco manifestaciones convocadas en la comunidad ha sido notablemente inferior a otros años. A todo ello se suma el hecho de que en 2016 no hay una reivindicación clara, dividido el secesionismo entre quienes siguen creyendo en la «hoja de ruta» del Ejecutivo de Carles Puigdemont, los que ahora proponen el referéndum unilateral (rui) y los que, directamente, comienzan a entender que sin tener la mayoría social de la que presumen no hay desconexión posible.

Desorientación

En este contexto de desorientación, únicamente hechos como la supuesta «persecución judicial» que denuncia el soberanismo actúa como aglutinante. La actuación del TC contra la Mesa del Parlament y su presidenta, Carme Forcadell, la advertencia de la fiscal general del Estado, Consuelo Madrigal, o incluso las dificultades de la antigua CDC con su nuevo nombre son ahora las nuevas banderas.

De hecho, y aún discrepando de la vía unilateral pactada entre Junts pel Sí y la CUP, el «ataque judicial» a las instituciones catalanas, y la reivindicación genérica del derecho a decidir es el principal argumento con el que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, justifica su participación en la marcha de la ANC y Òmnium. Son los mismos motivos que esgrime Podem para sumarse también, en una decisión que causa división en el seno del partido morado en Cataluña. La foto de su líder, Albano Dante Fachín, en un mitin junto a ERC y la CUP sujetando una estelada es elocuente.

Aunque ANC y Òmnium venden la presencia de Ada Colau en su manifestación como un triunfo, la decisión de la alcaldesa no ha gustado entre el independentismo más exaltado, y algunos ya animaban a abuchearla, como le sucedió a Josep Duran (UDC) en la Diada de 2012.

La participación de Ada Colau en la marcha de hoy debe leerse en clave electoral, una manera de comenzar a trabajarse la irrupción en la política catalana de la confluencia de izquierdas que ella lidera. Si su oportunista presencia irrita al independentismo más intransigente, tampoco ha gustado a sus socios de ICV, que no participarán en la concentración de esta tarde.

Aunque presumiendo de movilización transversal, la realidad es que, más que nunca, el recelo y la división se extiende entre los partidos. La vieja CDC acusa a ERC de estar preparando el terreno a un nuevo tripartito de izquierdas, la CUP sigue tutelando a JpS y unos y otros acusan a Colau de apropiarse de la movilización en su provecho y de ser un freno para la secesión. «A punto» para una desconexión imposible, el independentismo se fractura.

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