Cataluña - Barcelona

La conversión de San Pablo

La calle Sant Pau ha experimentado una gran transformación: un reto para la convivencia y un síntoma de la deriva de la ciudad

Un vista de la calle Sant Pau, en el barrio del Raval de Barcelona
Un vista de la calle Sant Pau, en el barrio del Raval de Barcelona - PEP DALMAU

La ventaja de una polémica como la de los anillos cerámicos del artista Frederic Amat para la fachada del Liceu es que el escándalo movió las líneas rojas de lo concebible y lo tolerable. Para bien o para mal, el arte también sirve para esto. Si la fachada austera y sencilla del teatro debía pasar por el aro y el piercing, y se quería tuneada con esa especie de Dunkin Donuts Nibelungos, ahora han sido los simpáticos hermanos Roca los que, sin comerlo ni beberlo, han ideado el espacio gastronómico de la Ópera Samfaina, ubicando en la fachada principal del teatro la heladería Rocambolesc y desplegando las formas oníricas del artista Franc Aleu, a lo largo de un sótano que sale al lateral del edificio, en la calle Sant Pau. Se ha dicho que el invento va de cocina prêt-à-porter, pero lo cierto es que este divertimento pone la guinda premium al cutrerío de los quioscos de souvenirs y helados de Las Ramblas.

En la otra esquina con Sant Pau, el American Soda (1902) reconvertido en el restaurante Aromas de Istanbul es otro ejemplo de transformación a través del travestismo y la convivencia rara de estilos, y adentrándonos hacia el Raval por esta misma calle la modernista Fonda España también acudió al cirujano, en este caso para salir hecha todo un Hotel cuatro estrellas. Otros locales no corrieron la misma suerte, como la histórica Librería Millà (1901), que funcionó durante más de un siglo como sede editorial y tienda de referencia especializada en teatro. El edificio espera una reforma, y mientras tanto el responsable del negocio librero (la cuarta generación familiar) ha decidido bajar la persiana y dedicarse a la venta por internet y en ferias y stands. No es barrio para viejos: aquí se van ganando visitantes y vistosidad a medida que se van perdiendo vecinos y fundamento.

Los bares que había ahí siguen, y la hostelería ha ido expandiendo su presencia, como ocurre con los supermercados «de conveniencia». Muchas otros comercios han ido cerrando o cambiando a lo largo de los últimos quince o veinte años, camiserías familiares y tiendas de moda, estancos y tiendas de discos, comercios «de toda la vida», cediendo su espacio a la multitud de negocios dedicados al «fast food» y el «take away», que convierten el espacio público en el salón de un restaurante al aire libre y sobre la marcha.

Pero el comercio dedicado al teléfono móvil y otros complementos tecnológicos es el más dinámico y mayoritario, y el que fraguó la verdadera conversión de esta calle que, como el santo, cayó del caballo y vio la luz. Los rótulos y anuncios deslumbrantes señalan con desparpajo la arteria del nuevo gremio, con un final coherente en el horizonte luminoso de la fachada de El Molino al otro lado del Paralelo. Al lado, en la calle Unió la tradición de comercios editoriales y de papelería al por mayor pierde fuelle ante el alquiler de bicicletas y otros servicios para guiris. De los balcones de por aquí cuelgan muchas toallas playeras, como las banderas de los nómadas de vacaciones.

Calle estresada

Sant Pau es una arteria larga y estrecha, que une Las Ramblas y el Paralelo y desde siempre ha estructurado esta parte de la ciudad. Es una calle que en los últimos años sufre de estrés, debido a su tráfico peatonal intensísimo, a la mutación de sus plantas bajas, al sinfín de apartamentos turísticos, al incremento de los alquileres. También debido a que, pese a su estrechez, a lo largo de su recorrido hay equipamientos, espacios y elementos urbanos de gran tamaño y calibre, como la Rambla del Raval, el Gimnasio de Can Ricart, la plaza Salvador Seguí y la Illa Robadors, la Filmoteca, el parque y la parroquia románica de Sant Pau del Camp o el colegio Collaso i Gil. Cuando se ha tenido ocasión de intervenir con nuevos proyectos de urbanismo y arquitectura que apaciguaran el panorama, los resultados han sido més que discutibles. Por ejemplo, en la esquina con Espalter y San Ramon el testero en ménsula de hormigón de la Filmoteca se abalanza sobre el bar Marsella, en una solución brutalista y desproporcionada que pretende emular esa foto que Joan Colom hizo del pecho prominente de una puta callejera sobresaliendo de un portal. Una broma pesada.

Por no hablar de los Jardins dels Horts de Sant Pau, que inexplicablemente dan la espalda al recinto monumental y crean una serie de plataformas y muros rotundos. Lo que en su momento se pensó como un apacible vergel orientado hacia un bello estanque ha acabado en un rincón que evoca el lado oscuro del antiguo Barrio Chino. José Agustín Goytisolo, quien deseaba una Barcelona convertida en «albergue de extranjeros» y «hospital de los pobres», se habría entristecido con las escenas crudas, escatológicas y marginales del parque, un verdadero desagüe de desventuras, tan cerca y tan lejos de la experiencia gastronómica y operística sublime, aterciopelada y dorada del Liceu. En otro de sus versos, el poeta se imaginó bebiendo vino y cantando por las calles hasta quedarse sin voz. Y bien, esto es exactamente lo que tantas y tantas noches hacen decenas y decenas de transeúntes borrachos y desafinados, a lo largo de la calle Sant Pau..

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