CRÍTICA DE ROCK

Culturismo sin picante

Red Hot Chili Peppers / Palau Sant Jordi, Barcelona / 1 de octubre

Red Hot Chili Peppers, durante una de sus actuaciones en Madrid
Red Hot Chili Peppers, durante una de sus actuaciones en Madrid - ÁNGEL DE ANTONIO
DAVID MORÁN Barcelona - Actualizado: Guardado en: Cataluña

El picante desapareció hace tiempo, diluido en trabajos cada vez más planos y sacrificado en aras de una nueva transversalidad pop, pero algún ingrediente secreto deben conservar los Red Hot Chili Peppers para mantener intacto su poder de convocatoria y llenar dos noches consecutivas el Palau Sant Jordi. Podría ser el azúcar, tan adictivo como omnipresente en sus últimas grabaciones, o será (sí, será) ese músculo que, a pesar de todo, sigue tensando en directo unas canciones que, más que tocar, los californianos ponen a hacer flexiones y a levantar pesas sobre el escenario.

Así que sus discos serán cada vez más blanditos -“The Gateway”, el que venían a presentar el sábado, se lleva la palma-, pero sus directos son todo venas marcadas, bíceps y tríceps perfectamente definidos y testosterona a paletadas. Un apisonadora de sonido apelmazado y grumoso que arrancó derrapando con “Can’t Stop”, se llevó por delante “Dani California” y “Scar Tissue” y, a la altura de “Hard To Concentrate”, ya había arrollado al público.

El diseño de luces, un elegante y sofisticado techo de lámparas móviles que subían y bajaban sobre la cabeza del público, contrastaba poderosamente con lo que se veía sobre el escenario. A saber: bajo y batería en alianza marcial, jams de hormigón armado repartidas aquí y allá, piruetas de acróbata soviético -el guitarrista Josh Klinghoffer, eterno sustituto de John Frusciante, parecía que se fuese a desnucar en cualquier momento- y canciones que, pese a nacer anémicas y debiluchas, se transforman en fornidos culturistas en cuanto Flea empieza a golpearlas con el bajo y Klinghoffer aniquila todos los matices a los que nos tenía acostumbrados Frusciante.

Se diría incluso que para estos Red Hot Chili Peppers no son tan importantes las canciones como lo que son capaces de hacer con ellas. Sólo así se entiende que se guardasen tantos ases en la manga, consagrasen el tramo central de la noche a medianías como “Sick Love”, “Did I Let You Know”, “Go Robot” y “Feasting In The Flowers” y sustituyesen el groove del funk por el martillo pilón. El brío efervescente de “Blood Sugar Sex Magik” reapareció con “Suck My Kiss” y una “Give It Away” servida como pletórica despedida, pero no fue más que un espejismo: los californianos son ahora todo sonido y volumen; músculo y fibra para transformar el Sant Jordi en un gigantesco gimnasio y sus conciertos en una competición de culturismo sin picante.

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