José Rosiñol - TRIBUNA ABIERTA

La acción-reacción nacionalista José Rosiñol

La manifestación del 11 de septiembre ha vuelto a ser utilizada como acto de exaltación nacionalista, deformada y utilizada hasta la náusea por los medios de comunicación públicos catalanes

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Los catalanes vivimos en una realidad social y política difusa. Tras más de treinta años de ingeniería social se ha forjado una sociedad en la que la percepción de la cotidianeidad está profundamente marcada por el artificial imaginario colectivo nacionalista y, cómo no podía ser de otra manera, por la ingente cantidad de propaganda que nos regala la Generalitat. Naturalmente, el objetivo no es otro que dibujar en las mentes de la ciudadanía un escenario irreal en el que el debate político está amañado, dónde se invierte la realidad.

Esta irrealidad la podemos ver en dos episodios sucedidos este mes de septiembre. La manifestación del 11 de septiembre ha vuelto a ser utilizada como acto de exaltación nacionalista, deformada y utilizada hasta la náusea por los medios de comunicación públicos catalanes, se ha vuelto a inflar la cifra de asistentes sin ningún tipo de rubor, haciendo creer que el encuadramiento voluntario de menos de trescientos mil catalanes son la «voluntad de un pueblo». Naturalmente, esta teatralización sirve para evitar el debate racional y auténticamente democrático, impidiendo a la población el acceso a datos reales con los que poder tomar decisiones políticas no condicionadas por la arbitrariedad de los próceres del nacionalismo. Afortunadamente, existen organizaciones como el OEC (Observatorio Electoral de Cataluña, al cual tengo el orgullo de pertenecer) que tratan de ofrecer elementos veraces al debate político, aunque sus estudios son sistemáticamente silenciados por el cordón sanitario informativo creado desde las instituciones públicas catalanas.

Pero ¿realmente estamos ante un proceso político tan pacífico y democrático?; ¿qué lógica subyace tras esa elaborada puesta en escena nacionalista? Hay respuestas implícitas pero evidentes que deben ser argumentadas. hablo de datos incontestables como la paupérrima participación en la esperpéntica consulta del 9N o el resultado de las elecciones autonómicas seudoplebiscitarias del 27S, pero aun así, se sigue insistiendo en que hay un mandato democrático.

Estos argumentos destapan un plan cuyos fundamentos son preilustrados, basados en creencias y prenociones culturalistas y etnicistas, que un segundo episodio es tan ilustrativo que hasta hizo saltar las alarmas en el Govern, que intentó que fuese obviado por la sociedad catalana. Me refiero a las declaraciones del exdiputado de las CUP Quim Arrufat en la que afirmaba: «Proponemos la convocatoria del referéndum unilateral de independencia, sí o no, con todas las de la ley, hasta el final, como mínimo para hacer entrar en contradicción antidemocrática al Estado español y que tena que recorrer a algún tipo de fuerza legal o incluso de fuerza bruta». Estamos ante el sinceramiento de uno de los principales actores del plan secesionista; vemos que se explicita el esquema y la lógica del 9N, una lógica de la acción-reacción con la que aumentar la sensación de anomia y hacer creer a la opinión pública que, efectivamente, existe un «pueblo» oprimido por un Estado...

La gran diferencia es que España es una democracia consolidada en la que pueden prosperar hasta los que quieren acabar con la democracia y el país mismo. Ante la provocación como herramienta política, el Estado debe actuar con inteligencia, con la proporcionalidad debida, defendiendo los derechos y libertades de la ciudadanía. Ahora bien, el Gobierno debe hacer un diagnóstico certero de lo que ocurre. La paradoja es que el peligro de movimientos rupturistas aumenta a medida que el apoyo social al independentismo disminuye y la ventana de oportunidad será aprovechada por una casta nacionalista cada vez más radicalizada. Esto no acabará con una reedición de la entente política de los años ochenta y noventa del siglo pasado; tenemos que afrontar la situación, elaborar un plan que revierta los estragos democráticos, emocionales y simbólicos provocados por el nacionalismo, y lograr una perdurable isonomia, donde la convivencia y la unión en la diversidad sean el lema y la meta de todos los españoles.

José Rosiñol Lorenzo es FUNDADOR DE SOCIEDAD CIVIL CATALANA

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