Antonio Piedra - No somos nadie

Por si acaso

«Antolín es la misma persona que yo conocí y edité por primera vez: un chaval perseguido a conciencia por la lucidez del arte»

Antonio Piedra
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Gomo la política nacional va de derribo en derribo y los políticos tiran de moqueta como urogallos en celo, pues ocurre que algunas periferias hispanas se desmadran con ocurrencias increíbles: investiduras telemáticas, libertades sospechosas, equiparan al piropo con acoso, y prohíben las cuchillas de afeitar o el tóner de las fotocopiadoras porque contaminan la belleza de una piel o la barba de una hoja en blanco. Como suena. Otras periferias internacionales, en cambio, se universalizan más y mejor. En este tipo de periferias pensaba yo el miércoles pasado al escuchar a mi ex alumno José María Antolín en el paraninfo de la Universidad.

Como a la ocasión la pintan calva, y por si acaso al periférico de turno se le ocurre ponerle rulos a la libertad de expresión, aprovecharé el descuido. Qué maravilla escuchar a alguien que diserta, cual un extraterrestre, sobre el arte como derecho inalienable «de los seres vivientes». Que además lo haga un vallisoletano, que hace más de 20 años se marchó de aquí porque no quería emitir más voces en el desierto o dar trompicones de bar en bar, demuestra dos realidades. Primera, hasta qué punto en las Españas autonómicas hemos perdido el Norte. Y segunda, que por mucho político amateur que se erija en árbitro de la elegancia como encarnación de lo políticamente correcto, siempre llegará alguien, incluso desde Nueva York, que nos cuente las verdades del barquero porque ya advertían los clásicos a este respeto que el arte no tiene más enemigo que el ignorante.

Antolín -que antes de irse para siempre me prometió unos angelitos rafaelescos al óleo y la autentificación de un cuadro de Goya en el que su intuición artística se gastó el dinero que entonces no tenía-, ha vuelto por Navidad a Valladolid para regresar hoy domingo a su estudio americano. Esencialmente es la misma persona que yo conocí y edité por primera vez: un chaval perseguido a conciencia por la lucidez del arte. Pero con una diferencia, claro. Ahora en su madurez está cargado de experiencia al modo de Bacon, el filósofo, quien pensaba que el arte es una especie de invento que sólo se consolida como realidad del viviente si crece más y más con los inventos del mismo arte.

Y éste, desde la periferia americana, ha sido el gran resultado o crecimiento del que nos dio cuenta Antolín el otro día. O sea, el de un poeta que pinta, el de un pintor que rompe moldes, el de un pensador que criba de modo natural las adherencias impuras del arte, y la de un entusiasta de ese arte que, a pesar de los reconocimientos, como escribía Petronio en el Satyricón, «no se ha hecho rico» ni en dólares ni en euros. Y es que hacer del arte la medida del hombre supone una humildad pasmosa: «No me considero lo suficientemente inteligente -dice Antolín- como para concebir en un mes algo que refleja un conflicto de profundas implicaciones». Exacto.

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