Vicente Ángel Pérez - CORAZÓN DE LEÓN

Lydia y Manolo

Mientras Lydia y Manolo se hacían fuertes a base de garbanzos y botillos, así como con sesiones de seis o más horas diarias de entrenamiento, otros competidores tomaban el atajo del dopaje

VICENTE ÁNGEL PÉREZ - Actualizado: Guardado en: Castilla y León

Lydia Valentín y Manolo Martínez son dos de los mayores nombres en la historia del deporte español. Ella ha hecho fama este verano con la medalla en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, aunque sus méritos vengan de años atrás; él, ya «jubilado» de la competición, figurará, así pasen los años, en el cuadro de honor del atletismo mundial. Ambos coinciden en tantas vivencias y vicisitudes como si hermanos fuesen: unidos por sus raíces leonesas, él de la capital y ella de la localidad berciana de Camponaraya, el cordón umbilical los ha mantenido juntos en la pasión de sus respectivas vidas, que no es otra que el deporte entendido como ejercicio de superación, de fuente de valores y, por qué no, de disfrute pese al duro castigo de entrenamientos diarios en los que, en el silencio de las gradas, sólo se escuchan los tambores del corazón.

A Lydia y a Manolo los une también las especialidades deportivas en las que tantos triunfos han cosechado: ella, en el levantamiento de pesas; él en el lanzamiento del peso; especialidades que, a ojos del profano, sólo están al alcance de músculos brutos y cerebros débiles. Los une la fortaleza física, pero también la anímica, pues no es sencillo forjar piernas de plomo, en el caso de Lydia, o brazo de acero, en el caso de Manolo. No es sencillo, pues un campeón no se construye sólo con piernas o brazos, sino ejercitando todo el cuerpo, mente incluida. Y, cómo no, a ambos los une la gastronomía leonesa, la que desde la infancia los hicieron robustos y fuertotes sin necesidad de recurrir, años después, cuando la actividad deportiva, a extraños mejunjes para fortalecerse, ellos se alimentaron de botillo, peras, manzanas, cecina, castañas e incluso cocido maragato regado con los afamados vinos del Bierzo que se producen en Camponaraya.

Mientras Lydia y Manolo se hacían fuertes a base de garbanzos y botillos, así como con sesiones de seis o más horas diarias de entrenamiento, otros competidores tomaban el atajo del dopaje. Por fortuna, ambos han recuperado medallas olímpicas que en su momento les arrebataron los tramposos que se decían deportistas. Es un honor para el deporte español que estos dos leoneses sean un ejemplo de limpieza en la sangre y en el alma. Pues ellos, y ésta en la más feliz coincidencia, son personas a quienes el deporte no les ha atrofiado el cerebro, ni siquiera llegada la fama. Ante esos futbolistas que ganan en menos de un año lo que Lydia y Manolo en su vida y que sólo aciertan a decir «partido a partido» o «voy a hacerlo lo mejor posible», estos dos leoneses son un ejemplo, con sus declaraciones, sus ilusiones, sus quehaceres (Manolo es poeta, pintor, actor), de que hay vida más allá del fútbol. Muy grandes, Lydia y Manolo, fieles a su familia y a sus raíces.

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