Ignacio Miranda - Por mi vereda

Despoblación monástica

«En la última década se marcharon las carmelitas vendiendo su monasterio, se cerró la residencia de ancianos de las hijas de la caridad y desaparecieron también los claretianos»

Ignacio Miranda
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Casi ha pasado inadvertido esta semana el quinientos aniversario de la muerte del cardenal Cisneros en Roa, cuando ya octogenario tuvo redaños para subirse a lomos de una mula e ir hacia Valladolid en busca de un imberbe Carlos I, recién desembarcado en Tazones y dominado por consejeros flamencos, para ponerle al día en los asuntos del reino. Fue franciscano antes que mitrado, humanista antes que regente, hombre con verdadera visión de estado y carente de toda ambición, merced al desapego a lo material propio de la orden que fundara el santo de Asís. Quizá por esa mezcla de pobreza y humildad tengamos tan poco presente su colosal figura histórica.

El mismo espíritu austero de las clarisas, que abandonan su convento de Medina de Rioseco. Condicionadas por la edad y la salud, las tres hermanas que habitan el cenobio extramuros a la vera del Sequillo, donde han permanecido de forma ininterrumpida desde 1492, reconocen que el fallecimiento hace dos semanas de sor Piedad, la célebre hospitalera que se ocupaba del albergue de peregrinos, hace inviable su continuidad. Las religiosas, enfrascadas ahora de lleno en el inventario de su modesto patrimonio, se mudarán al convento de Santa Isabel de Valladolid.

La ciudad de los almirantes perdió primero a estos y, poco después, a los franciscanos. En la última década se marcharon las carmelitas vendiendo su monasterio, se cerró la residencia de ancianos de las hijas de la caridad y desaparecieron también los claretianos. Para colmo, dejó de celebrarse el famoso festival taurino que organizaba Ángel Peralta. Perdimos fábricas, cuarteles, puestos de la Guardia Civil y líneas férreas. Cerramos escuelas, servicios, explotaciones ganaderas y ahora, también, conventos. En definitiva, una pura metáfora de la despoblación de nuestra tierra que va de lo humano a lo divino, de lo civil y seglar a lo monástico, sin aparentes visos de arreglo.

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