José María Fresneda

Veneno para el campo José María Fresneda

La sociedad civil tiene que despertar y no debe admitir politizar ni mercantilizar la voluntad del agricultor

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¿Existe algo más tóxico que una plaga para el campo? Pues sí, hay un mal endémico mucho más frecuente de lo que parece en el sector agrario: la mala política. Una política cambiante que contamina la agricultura poniéndola en función de intereses que ni son agrarios ni sociales.

Sin remontarnos muy allá, en los últimos meses varios asuntos están en el debate político y, en todos los casos, lo que separa la realidad del discurso se mide en años luz. Por poner algunos ejemplos, citaremos la polémica abierta sobre cuándo se pagará el adelanto de la PAC, pues cuando parecía que las trabas burocráticas impedirían pagar en la fecha prevista, ahora el Gobierno central ha dejado el asunto en manos de las Comunidades Autónomas que serán las que decidan cuándo se abonan estas ayudas. ¿Cómo es posible que algo tan administrativo y técnico esté en el debate? El dinero que procede de la PAC está legitimado por muchos países. Sin embargo, aquellos que reciben sueldos públicos sin someterse a debate son los mismos que llevan el dinero de los agricultores al debate.

«La sociedad civil tiene que despertar y no debe admitir politizar ni mercantilizar la voluntad del agricultor»

Por otro lado, el eterno discurso del agua. Las intoxicaciones políticas en materia hidráulica revientan la paciencia a cualquiera, contaminan lo razonable y somete voluntades. Porque por mucho que se nombre, el Pacto Nacional no sirve más que para los titulares y los programas electorales, pues si realmente hubiese voluntad de ello, ya estaría en marcha. Todos dicen lo mismo pero nunca se han sentado juntos: No quieren un Pacto Nacional.

Y por último, hablaremos de la agricultura ecológica y el plan de gestión de las zonas ZEPA. Es curioso, cuanto menos, cómo alguien levanta una bandera con una propuesta de intoxicación, en vez de una propuesta técnica y viable y, vulnerando la voluntad de las personas se crea una gran crispación y un muy mal ambiente, un vicio que degrada la propia democracia.

Incluso, si los propios agricultores se movilizaran hoy sin colores, que no quede la menor duda de que mañana habría quienes cuestionaran esta actuación y utilizaran las pancartas para criticar.

La sociedad civil tiene que despertar y no debe admitir politizar ni mercantilizar la voluntad del agricultor.

Y es que en esta sociedad de la información cada vez es más fácil hacer públicos los ataques perversos e incluso maquiavélicos de nuestros representantes hacia otros políticos con los que comparten asiento en las instituciones, con la finalidad de dejarles en mal lugar ante la opinión pública.

Hemos llegado a un punto extremo en el que está a la orden del día las provocaciones verbales o las conductas cuando menos discutibles... y si para ello hay que intoxicar el campo, pues basta con echar un poquito de veneno. Pero la verdad es que la política hay que entenderla como un medio para gestionar con eficiencia, no como un fin en el que todo vale.

«¿Por qué se empeñan en ejercer una política dañina, en vez de una política democrática para los ciudadanos?»

Sorprende la falta de altruismo que representa una actitud en la que no importa si uno mismo contamina o no, porque como al final otros contaminan más, acaba asumiéndose como un argumento de legitimación para justificar los intereses partidistas en vez de mirar por el bien general. Cuando se crea un movimiento, se gasta más tiempo en descalificar que en alcanzar objetivos.

Al final se consigue que se palpe un desencanto del agricultor, porque no ve satisfechas sus reivindicaciones.

En el curso de la historia, desde que empieza la Democracia hasta ahora, cada vez que se ha sometido la agricultura al discurso y debate político, el único que ha salido perjudicado ha sido el propio campo y sus agricultores.

La falta de autocrítica y la anteposición de los intereses partidistas a la resolución de los problemas reales de la gente son las causas de esa desafección hacia la política y las instituciones

Más vale que la gente sea más respetuosa con el sector agrario, que en la crisis económica el sector agrario es el único que ha dado la talla para mantener el equilibrio económico de nuestro país

¿Por qué se empeñan en ejercer una política dañina, en vez de una política democrática para los ciudadanos que les han dado su confianza con el fin de mejorar nuestro país? Hacer política nociva con insultos, desprecios y daño al honor, cuesta menos esfuerzo que hacer una política de propuestas y de negociación.

Si realmente queremos una política de calidad, deberemos paliar estas actuaciones, más propias de una jauría de grillos, que de una política española contemporánea de calidad.

La credibilidad política se consigue a base de dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio incondicional a todos los ciudadanos y, sobre todo, trabajando.

La única ruta para retomar el camino que permita generar más riqueza y más desarrollo para todos, pasa por arreglar primero el desequilibrio que rige en el comportamiento de nuestra política y, particularmente en este sector, la puesta en marcha de un modelo de agricultura.

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