Rafael del Cerro Malagón - VIVIR TOLEDO

Vestigios de la Guerra Civil en el entorno de Toledo en 2016 Rafael del Cerro Malagón

Rastros de trincheras, nidos de ametralladoras o búnkeres de la contienda aún subsisten por la provincia y los alrededores de la ciudad

Posición republicana sobre Toledo desde los Cigarrales publicada por la prensa en febrero de 1937
Posición republicana sobre Toledo desde los Cigarrales publicada por la prensa en febrero de 1937
RAFAEL DEL CERRO MALAGÓN - @abc_toledo Toledo - Actualizado: Guardado en:

El 28 de septiembre de 1936 las tropas del general Varela integraban la ciudad de Toledo en «zona nacional» para continuar luego a Madrid cruzando La Sagra, además de rodearla por la orilla derecha del Tajo. Esta última línea, con leves retoques, sería la divisoria natural de los contendientes en el centro peninsular hasta acabar la guerra. A partir de 1937, para dominar tan amplio valle fluvial, ambos bandos aseguraron sus posiciones entre Añover y el entorno de El Puente del Arzobispo. En ocasiones, investigadores, estudiosos de la guerra e, incluso, senderistas informan en publicaciones o internet sobre rastros de trincheras, nidos de ametralladora o búnkeres -a veces arruinados, ocultos por la vegetación o colmatados de tierra-, que conforman una parte de la arqueología de la Guerra Civil en la provincia de Toledo.

En los alrededores de la capital, en el otoño de 1936, las posiciones franquistas afianzaron la zona más inmediata al puente de San Martín, mientras que las líneas republicanas dominaban la cresta cigarralera, desde la Bastida hasta el palacio de La Sisla. Más allá de San Servando, legionarios, regulares y el Batallón de Voluntarios de Toledo guarnecían la barriada de la Estación, con puntos de vigilancia en La Guía, Cerro Cortado y Alijares. En el Valle y en las orillas del río quedó un frente, casi parado, que fue aprovechado ocasionalmente para cruzar las líneas o hacer puntuales intercambios -nunca autorizados- de productos entre los combatientes allí situados.

En los primeros meses de 1937 hubo incursiones de la aviación gubernamental sobre la ciudad y hostigamientos desde la orilla izquierda del Tajo. El 7 de mayo, Yagüe, recién habilitado como general de brigada, atacó por sorpresa desde el puente de San Martín hacia el Cerro de los Palos lo que desencadenó una enconada lucha a la que acudiría Enrique Líster con milicias bien entrenadas auxiliadas por blindados. Hasta el día 13 se vivió un continuo cambio de posiciones en toda la zona cigarralera con fuego artillero, acciones aéreas y asaltos a bayoneta calada. Aunque las tropas franquistas alcanzaron Argés, el frente quedó establecido desde La Bastida al vértice de Pozuela y La Sisla con varias trincheras entremezcladas entre sí. El objetivo de Yagüe para unir los puentes de San Martín y de Alcántara a través del anfiteatro natural del Valle no pudo lograrse. Es más, a finales de agosto, una ofensiva republicana intentaría avanzar desde Las Nieves hacía el arroyo de la Rosa, produciéndose una intensa respuesta de la infantería y la artillería nacional. Poco a poco, las incursiones de ambos bandos irían espaciándose. Aún, en marzo de 1938, habría una fallida irrupción franquista más desde Toledo a la atalaya de Las Nieves que no logró cambiar nada hasta los últimos días de la guerra. Y es que, entonces, el interés estratégico de ambos bandos estaba ya en las campañas de Aragón y Levante.

De aquel secundario Frente Sur del Tajo emergen aún huellas de las defensas republicanas en la Fuente del Moro, en el barrio de Santa María de Benquerencia. La forestación de pinos hecha aquí a finales de los años setenta del siglo pasado y los desmontes obrados en 2002 para crear el actual centro comercial, borraron fortines, depósitos y búnkeres, como los tres que examinamos en 1984 en una cota, ahora truncada, dirigidos visualmente hacia la carretera de Ocaña, la de Azucaica y la ciudad de Toledo. Aún hoy perviven un nido de ametralladora -casi entero-, orientado al sur, restos de otras defensas ya deshechas y pozos de tirador colmatados de tierra.

Pozuela y Cerro de los Palos

En el área de Pozuela y los terrenos que rodean el Cerro de los Palos también retienen huellas de posiciones nacionales y republicanas que, en el caso del Cigarral de Menores, fueron excavadas a partir de 2009 para conocer su estructura, hallándose municiones y efectos varios de los combatientes allí fortificados. El resultado de esta investigación puede consultarse en un artículo firmado por varios autores, con el título «Arqueología de la Guerra Civil en Toledo», en el nº 5 de la revista Archivo Secreto.

Hacia el oeste de la ciudad, a pocos metros de la ermita de la Virgen de la Bastida, entre los pinos, apenas son ya reconocibles las zigzagueantes trincheras desde las que se hostigaba con tiro directo a la Fábrica de Armas. Bajo las laderas de este cerro, por la carretera hacia La Puebla de Montalbán, entre una espesa arboleda, se sitúa el convento cisterciense de Monte Sión, más conocido como San Bernardo, fundado en el siglo XV y repleto de cambios hasta hoy en cuanto a sus moradores, su patrimonio y sus usos. Este histórico lugar, con su legendaria y salutífera fuente de los Jacintos, en el verano de 1936 fue elegido como hospital de sangre para acoger a los heridos del Ejercito Popular. Una vez que los nacionales alejaron en 1937 las líneas republicanas más allá del Cerro de los Palos, todo este tupido paraje, inmediato al río, fue reforzado por ser igualmente una zona propicia para pasarse de una zona a otra.

Desde 1938 San Bernardo se convertiría en un campo de clasificación y concentración de la zona nacional dependiente de la Inspección de Cáceres con algunos batallones de trabajo, siendo parejo a los creados en Talavera de la Reina y otros puntos de la provincia. Para tal fin, antiguas dependencias del caserón principal fueron convertidas en celdas de reclusión, al menos, hasta 1942. Desconocemos si aún hoy perduran las inscripciones (a lapicero y carbón), hechas por los allí internados que aún, en 1976, pudimos ver, en las paredes de aquellas herméticas estancias que contrastaban con la frondosa vegetación, los estanques y los jardines decorados con vistosas cerámicas de temas toledanos hechos por Daniel Zuloaga hacia 1919.

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