MARIANO SAN FÉLIX

«Si seguimos así, los arqueólogos estudiarán el damasquinado como una antigualla»

La Junta le ha hecho entrega esta semana de la medalla al Mérito Artesano de Castilla-La Mancha

El maestro damasquinador Mariano San Félix, en su casa-taller del casco antiguo de Toledo
El maestro damasquinador Mariano San Félix, en su casa-taller del casco antiguo de Toledo - Luna Revenga
M. CEBRIÁN Toledo - Actualizado: Guardado en:

A pesar de que Mariano San Félix Martín fue quien recibió el pasado jueves la medalla al Mérito Artesano de Castilla-La Mancha, su perro, Tinto, le quiso robar el protagonismo durante la entrevista con ABC en su casa-taller del casco antiguo toledano, donde cuelgan los numerosos reconocimientos que ha obtenido a lo largo de su carrera. Allí, rodeado de sus herramientas, sus bocetos y sus últimos trabajos, este maestro damasquinador de 77 años de edad, que lleva desde los 13 años en el oficio, reflexiona sobre su obra y sobre el futuro del sector. Por eso, Mariano San Félix insiste en la creación de una fundación pública que evite la desaparición de este arte milenario. Mientras tanto, sigue trabajando sin parar y, entre sus últimas piezas, se encuentra un pequeño retablo con un apostalado y un reloj.

—En pocas palabras, ¿qué es y cómo se hace un buen damasquinado?

—Fundamentalmente, se trata de incrustar oro sobre acero. Se prepara un mordiente con una picadura, donde se incrusta el hilo de oro; a continuación se realizan las tareas de cincelado y empavonado hasta lograr los matices y efectos del oro o la plata. Es una labor que necesita mucho tiempo.

—Ahora que todo en el mundo se copia, incluso en el arte industrial, ¿qué tiene que tener un damasquinado para saber que es auténtico?

—La bella imperfección de la artesanía. Es decir, un damasquinado, como cualquier obra artesanal, siempre tiene algún defecto que la hace original y diferente con respecto a otras. Sin embargo, todas las copias son iguales.

—La medalla al mérito artesanal que el Gobierno de Castilla-La Mancha le entregó esta semana se suma a una larga lista de reconocimientos. Pero, ¿qué supone esta última para usted?

—No es un premio porque, si fuera así, iría acompañada de una asignación. Esto ha sido más un reconocimiento a mi trayectoria, ya que el premio ha sido más para Castilla-La Mancha al reconocer a un señor que en su oficio como damasquinador ha sido importante. Igual pasó cuando el Museo del Ejército y el Ministerio de Defensa reconocieron mi labor al donar un cuadro damasquinado valorado en 3.500 euros que pasan a las arcas del Estado y se convierte en patrimonio nacional.

—De todos estos reconocimientos, ¿de cuál se siente más orgulloso?

—Del nombramiento de Hijo Adoptivo de Toledo por parte del Ayuntamiento. Esto sucedió hace dos años y significó mucho para mí. El Greco tiene este mismo reconocimiento sin ser de la ciudad. Nací en Castellón como consecuencia de la Guerra Civil Española y la posguerra, pero vinimos pronto a Toledo y, aunque no soy de aquí, me hace ilusión que me llamen bolo.

—Y echando la vista atrás, ¿de qué obra suya siente más orgullo?

—Todas son importantes para mí, pero quizás recuerdo con orgullo una bandeja con la imagen del Entierro del Conde de Orgaz que hice en 1962, tan solo tres años de haber establecido mi negocio por mi cuenta. Sin embargo, luego vinieron otras muchas buenas obras y siempre he tenido numerosos objetivos en mi carrera.

—¿Qué otros objetivos y proyectos tiene en mente?

—Como damasquinador, cumplí las bodas de plata, he cumplido las de oro y ya solo restan diez años para cumplir las de platino, es decir, los 75 años en este oficio. Llevo 65 años trabajando y, con las obras que tengo proyectadas y Dios mediante, espero cumplirlos y que ustedes lo vean. Por lo tanto, me queda mucho por hacer, aunque es muy difícil alcanzar la perfección en este trabajo, ya que requiere de unos conocimientos muy grandes. Si no estoy damasquinando, me siento extraño.

—¿Cómo ha evolucionado el damasquinado a lo largo de su vida?

—El damasquinado ha cambiado en función de la demanda y de las exigencias del turismo. Se pasó de los motivos de toros y sevillanas en los años 60 al estilo árabe en los últimos años. No obstante, de un tiempo a esta parte tenemos más libertad para diseñar con las nuevas tecnologías, siempre teniendo en cuenta que hay que adaptarse a los tiempos y sobrevivir. Por lo que se refiere a mí, mucha gente dice que he sido el mayor revolucionario del damasquinado, porque he llegado a inventar una técnica nueva que incrusta el oro en polvo.

—Óscar Martín Garrido también ha recibido esta semana el reconocimiento como maestro damasquinador. ¿Puede considerarse su sucesor?

—Son muchos los años de lucha para que este arte no se pierda en Toledo. Si seguimos así, algún día los arqueólogos estudiarán el damasquinado como una antigualla porque, si no está condenado a desaparecer, este oficio está muy enfermo. Sin embargo, el reconocimiento de esta semana a Óscar Martín como maestro damasquinador supone un paso importante para intentar salvarlo, ya que estoy seguro de que tomará el relevo de la creación, la transmisión y la enseñanza del damasquinado.

—Entonces, ¿hay damasquinado para rato en Toledo?

—Eso son palabras mayores. Yo he pedido en varias ocasiones para Toledo una escuela taller permanente metida dentro de una fundación, para lo cual es necesaria la financiación con dinero público y una persona que lo sepa gestionar.

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