Enrique Sánchez Lubián - ESBOZOS PARA UNA CRÓNICA NEGRA DE ANTAÑO(III)

Puñetazo mortal entre clérigos por cosas de naipes Enrique Sánchez Lubián

A finales de 1913, una pelea en una sedería de la calle Comercio de Toledo acabó en tragedia; Luis García Neyra, beneficiado de la Catedral Primada y capellán de las Hermanas Terciarias falleció por el fuerte puñetazo que le propinó otro sacerdote, Cayo López Caro

Recreación del suceso entre los beneficiados de la Catedral Primada publicada en el semanario ilustrado «Las Ocurrencias» de Madrid
Recreación del suceso entre los beneficiados de la Catedral Primada publicada en el semanario ilustrado «Las Ocurrencias» de Madrid
ENRIQUE SÁNCHEZ LUBIÁN - @eslubian Toledo - Actualizado: Guardado en:

Desde que el papa Urbano II, mediante la bula «Cunctis Sanctorum», reconociese a la diócesis de Toledo su condición de primada, el peso social de la Iglesia en la ciudad ha sido considerable. Arzobispos como Cisneros, Tavera, Mendoza, Siliceo Lorenzana, Sancha, Segura, Pla y Deniel, Tarancón o González Martín han sido figuras destacadas de la historia de España. El universo clerical de la ciudad ha inspirado a numerosos escritores, trazando extraordinarios retratos de clérigos toledanos, poniendo en relieve sus virtudes, obras, pasiones, defectos, pretensiones, anhelos y, también, mezquindades. Como ya es sabido que en numerosas ocasiones la realidad supera a la ficción, traemos hoy a estos esbozos un dramático suceso protagonizado por dos sacerdotes, que bien podría haber sido recreado por autores como Caldos, Blasco Ibáñez o Urabayen en sus mordaces textos sobre servidores de la iglesia toledana.

Desfile procesional en la Calle del Comercio de Toledo a principios de siglo XX (Foto, Casiano Alguacil, Archivo Municipal de Toledo)
Desfile procesional en la Calle del Comercio de Toledo a principios de siglo XX (Foto, Casiano Alguacil, Archivo Municipal de Toledo)

A finales de noviembre de 1913, los vecinos de la ciudad de Toledo esperaban la toma de posesión de Félix Conde Arroyo como nuevo alcalde tras la dimisión de Félix Ledesma. El acto estaba previsto para el viernes 28 en las Casas Consistoriales. Sin embargo, unos días antes el pulso de la ciudad se vio alterado por una noticia sorprendente: una pelea mortal entre dos sacerdotes.

A las ocho de la tarde del día 25, en el interior de la sedería que Benigno Aramendi tenía en la calle del Comercio, Luis García Neyra, beneficiado de la Catedral Primada y capellán de las Hermanas Terciarias, relataba al mismo los resentimientos que tenía con otro sacerdote, Cayo López Claro, por motivo de una partida de cartas (al popular juego de las siete y media) que habían tenido días atrás. De improviso entró éste en la tienda, sujetando a Neyra por el brazo y preguntándole que qué era lo que por todas partes iba diciendo de él. Sin darle tiempo a responder, le propinó un fuerte puñetazo en la cabeza, derribándolo sin sentido al suelo.

Escaparates de la sedería y mercería de Benigno Aramendi, en cuyo interior se produjo la mortal pelea (Foto, Rodríguez, AHPT)
Escaparates de la sedería y mercería de Benigno Aramendi, en cuyo interior se produjo la mortal pelea (Foto, Rodríguez, AHPT)

El agresor abandonó raudo el comercio. Neyra, una vez recuperado, emprendió camino a su domicilio, una casa de huéspedes en la Cuesta del Águila, regentada por Joaquín Arcega. Sintiéndose indispuesto, hizo parada en la alpargataría de Eleuterio Hernáez, en la misma calle del Comercio, y allí, ante los fuertes dolores de cabeza que sentía, pidió auxilio médico, rogando que le acompañaran hasta su casa por miedo a que su agresor estuviera esperándole. Reconocido en su habitación, el doctor Marcelo García no advirtió gran importancia a la lesión, pero a los pocos minutos Neyra comenzó a agravarse y falleció. Tenía cuarenta y un años de edad y era natural de Santiago de Compostela. Pasadas las doce de la noche, Cayo López Claro, quien además de beneficiado de la Catedral era capellán de los marqueses de Urquijo, fue detenido en la casa del Pozo Amargo donde vivía con unos parientes.

Reclamo publicitario del comercio de Benigno Aramendi en la prensa de la época
Reclamo publicitario del comercio de Benigno Aramendi en la prensa de la época

Tras prestar declaración ante el juez de instrucción, López Claro, de treinta y seis años de edad y natural de Moradilla de Roa (Burgos), quedó ingresado en la cárcel provincial, en el antiguo Convento de Gilitos, mientras que la autopsia practicada a la víctima evidenciaba las truculentas consecuencias de su agresión: «fractura en la porción escamosa del temporal derecho, con hundimiento, coincidiendo con la arteria meníngea media que se cortó con la esquirla, ocasionando abundante hemorragia entre la dura madre y el hueso». Debido a ello se formó un voluminoso coágulo que por comprensión sobre el lóbulo del lado derecho ocasionó la muerte.

Las exequias por el beneficiado fallecido se celebraron en la Catedral Primada, con asistencia del Cabildo íntegro, otros muchos sacerdotes y... «también algún público», según informaba «El Eco Toledano». Un hermano suyo, residente en Barcelona, vino hasta Toledo, requerido por el juez, para hacerse cargo de los bienes que el fallecido conservaba en su habitación: varios muebles, unas pocas alhajas, ropas y poco más de nueve pesetas.

El estupor causado por el suceso quedó reflejado en las crónicas del momento. En las páginas de «El Centinela» se afirmaba que les costaba «pavor» coger la pluma para describir el incidente entre los dos beneficiados catedralicios, sintiendo el percance «por que va en desdoro de la clase sacerdotal». En «El Porvenir», semanario tradicionalista, se tildaba el suceso de lamentable, resaltando la difícil situación que suponía para un periodista católico ocuparse de hechos criminosos como el acaecido, agravado «cuando los actores son personas de cierta significación social». En «El Eco Toledano» se confesaba que en un primer momento, y a petición del señor Aramendi, estaban dispuestos a no hacer referencia alguna a la agresión, pero que el desgraciado desenlace del suceso les hizo cambiar de opinión, dedicando buenos espacios al hecho en días siguientes. Más radical en su recato era la nota insertada en «Patria Chica»: «Enemigos de reseñar hechos de cierta naturaleza, por no encajar en los fines de esta revista, nos abstenemos de reseñar el triste y lamentable suceso ocurrido en la noche del martes en el comercio del señor Aramendi, entre los sacerdotes señores García Neyra y López, que trajo aparejada la muerte violenta del primero, según se desprende del resultado de la autopsia».

Dada la condición eclesial de los protagonistas de esta historia, la misma llegó a las páginas de algunas publicaciones nacionales. En el semanario «Las Ocurrencias», de Madrid, la noticia se ilustró con un dibujo recreando la agresión. Y en «El Socialista» se dio cuenta del suceso bajo el titular de «Un cura mata a otro cura», indicándose que el mismo «ha producido gran indignación, comentándose su brutalidad y la intemperancia de los pastores de almas, que ni siquiera pudieron esperar a dirimir sus contiendas cuando no se hallasen en el sitio y hora más concurridos de la población». En el diario socialista también se publicó una viñeta gráfica alusiva al incidente.

Desde la soledad de su celda de pago, detalle dado a conocer por «El Eco Toledano», el 2 de diciembre el capellán Cayo López Clavo escribió una carta que entregó a sus hermanos para que fuese llevada al director de ese periódico. En la misiva, publicada al día siguiente, lejos de mostrar arrepentimiento por la muerte causada, el sacerdote exponía argumentos para justificar su actitud: «Está probado hasta la saciedad -decía-, y es público y notorio, no sólo entre la gente predispuesta a adelantar sus juicios más o menos fundados, sino entre la opinión ilustrada y sensata, que días anteriores y en el mismo día de autos, mejor dicho, en el mismo preciso momento de nuestra entrevista, y antes y en ese instante, ante personas autorizadas, se vulneraba, se agredía, mejor dicho se asesinaba, por el malogrado interfecto (q. e. p. d.) aquello que todo hombre y toda persona sensata, debe tener en más estima y aprecio, esto es, su honor y dignidad. Se ultrajaba, se vilipendiaba, a mis espaldas, aquello que hasta la fecha nadie ha tenido derecho a discutir ni poner en duda, y lo que es más, se me despojaba villanamente, ante mis buenos amigos y ante la sociedad en general, de lo que siempre consideré como prenda del más alto valor, esto es, mi honradez».

Viñeta publicada en “El Socialista” alusiva al trágico suceso
Viñeta publicada en “El Socialista” alusiva al trágico suceso

Se quejaba Cayo López, además, de la actitud del sacerdote García Neyra quien, según su carta, había ido con sus chismes por las dependencias del Palacio Arzobispal, la totalidad de comercios de la ciudad y a numerosos domicilios particulares. Ante ello, «decidí -continúa su relato- poner coto amistoso y terminar en paz el desgraciado proceder, pidiendo lo que todo hombre honrado está en obligación de pedir y exigir; esto es, explicaciones claras y terminantes, obteniendo por contestación inmediata y brusca el más solemne desprecio, junto con la actitud hostil y agresiva hacia mi persona; en vista de la cual y defendiendo con el medio más adecuado (las manos) lo único sano que en mí quedaba libre de las atrocidades del adversario (mi cuerpo), respondí a su hostilidad con un pequeño empujón que envuelto en mi manteo proporcioné en recompensa y como contestación noble a tanta y tan grandes ofensas recibidas».

Antes de concluir su escrito, Cayo López agradecía las numerosas muestras de atención, afecto y cariño que, según decía, estaba recibiendo de sus compañeros del clero y del Cabildo, así como de autoridades y vecinos en general. «He de dirigir al pueblo toledano -despedía su carta- un cariñoso saludo por las pruebas que me dan de condolerse de ambas desgracias, y sobre todo a aquellos mis muchos y caros amigos de todas clases y condiciones, que constantemente me visitan y animan ante mi situación lastimosa; y para terminar, os pido a unos y a otros unáis vuestras oraciones con las mías, a fin de que Dios nuestro Señor reciba en su seno aquella alma del infortunado compañero y me conceda en estos tristes momentos la resignación cristiana para sufrir con paciencia y resistir con ánimo sereno la difícil situación que me rodea». Y en estas páginas queda, también, el testimonio de tan peculiar acto de contrición.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios