Rafael del Cerro Malagón - VIVIR TOLEDO

La Fábrica de Armas y sus fortificaciones en la tercera Guerra Carlista (1874) Rafael del Cerro Malagón

A finales del XIX, ante el temor en la provincia por la partida del «cabecilla Santés», el gobernador civil urgió al Ayuntamiento de Toledo a proteger «los establecimientos de importancia»

Vistas interior y exterior del muro defensivo en el costado derecho de la Fábrica
Vistas interior y exterior del muro defensivo en el costado derecho de la Fábrica - FOTOS: RAFAEL DEL CERRO
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En el edificio principal de la histórica Fábrica de Armas de Toledo, erigida para elaborar las espadas de las tropas reales, campea el año de 1780 que recuerda el final de su construcción, proyectada por Francesco Sabatini. Este enclave en la Vega Baja sucedía a la su primitiva sede en pleno centro urbano (en la actual calle de Núñez de Arce), un lugar inadecuado para el acarreo de materiales y el laboreo de las fraguas. La nueva casa era pues un conjunto fabril, de aire palaciego, exento, alzado en un espacioso paraje e inmediato a las aguas y la energía que aportaba el cercano Tajo.

La construcción ofrecía una imagen compacta y casi fortificada en sí misma. Las tareas productivas y administrativas ─incluyendo los preceptos religiosos─ giraban regularmente en torno a los patios interiores. Allí confluían los talleres, los despachos, la capilla y las viviendas para jefes, administradores y obreros. También contaba con un cuerpo de guardia pues, a fin de cuentas, era una factoría de carácter estratégico. Hasta los umbrales del XIX la Fábrica tan sólo ocupaba el primer edificio trazado por Sabatini. Fuera de sus muros se repartían huertas, granjas y plantíos particulares con alguna humilde casa de las familias que allí trabajaban. Tal aislamiento, si bien favorecía los obrajes sin causar molestias a nadie, también era su gran debilidad ante posibles golpes de mano como sucedería en tres ocasiones a lo largo del ochocientos.

La primera crisis tuvo lugar en 1808 cuando las tropas napoleónicas llegaban a la ciudad dispuestas a tomarla, lo que determinó el traslado urgente de obreros y efectos para continuar la fabricación en Cádiz. La segunda ocasión acaeció, en 1823, cuando entró en España un contingente francés ─conocido como los Cien Ml Hijos de San Luis─, para apoyar la política absolutista de Fernando VII, lo que motivó otro cambio preventivo, en esta ocasión, a Badajoz. A partir de 1831 volvería la normalidad a la Fábrica. En la década siguiente se erigió un primer pabellón auxiliar junto al edificio principal. En 1862 se instauraba la energía a vapor en detrimento de la hidráulica y, en 1870, se inició la fabricación de la cartuchería de vaina metálica. Sin embargo, muy pronto, volvería el peligro ante la tercera Guerra Carlista (1872-1876).

El 17 de febrero de 1874, pocas semanas después del pronunciamiento de Martínez Campos a favor de Alfonso XII y, ante el temor en la provincia por la partida del «cabecilla Santés», el Gobernador Civil urgía al Ayuntamiento de Toledo a proteger «los establecimientos de importancia». Entre ellos estaba la Fábrica y su valiosa producción cartuchera. Expuso que para las obras de su fortificación serían precisos de «ocho a doce mil reales». La petición fue aceptada como «prueba de patriotismo y adhesión al Gobierno», aunque se carecía de fondos para este imprevisto. Después serían necesarios más recursos para poder afrontar la expropiación de otros terrenos adjuntos, propiedad de Manuel María Herreros (1812-1873). Por cierto, este diputado a Cortes y prohombre de la provincia, había adquirido al otro lado del río la ermita del Ángel, en 1869, como panteón familiar donde estuvo sepultado un tiempo.

El plan atravesó primero una fase de discusión para dirimir si su ejecución correspondía al Arma de Artillería o bien al de Ingenieros. Finalmente recayó en el segundo, confiándose el proyecto al «comandante capitán» Felipe Martín del Yerro que lo firmó el 21 de agosto de 1874. La falta de las 25.000 pesetas comprometidas por la ciudad obligó a simplificar varios detalles. En las trazas aprobadas se perciben las bases de la arquitectura militar del XVI replanteada ante el auge de la artillería por muchos tratadistas (Pietro Cataneo, De Marchi, Filarete, Durero, etc.), que concibieron racionales sistemas defensivos para ciudades y recintos. En España uno de aquellos teóricos fue Cristóbal de Rojas (ca. 1551-1614), ingeniero militar de origen toledano que, en 1598, editó la Teórica y práctica de fortificación, dedicada al príncipe Felipe III.

Martín del Yerro situó un muro paralelo al costado derecho del edificio principal con aspilleras y el adarve para posicionar a los fusileros. Ante la fachada principal, la línea defensiva ceñía un amplio espacio delantero, hoy arbolado y ajardinado. En el costado izquierdo, la cerca abrazaría unos almacenes y talleres situados donde, en el siglo XX, se erigiría el monumento al Corazón de Jesús. En las dos esquinas delanteras se planteaban sendos castilletes circulares, de dos alturas, con baluartes (torreones de planta pentagonal salientes al exterior), hoy rehabilitados y techados. Según la teoría militar, la muralla frontal no podía ser paralela el edificio de Sabatini pues así, ante los posibles ataques artilleros, los proyectiles no caerían perpendicularmente sobre los patios y talleres interiores. El conjunto, ya concluido en 1875, aparece detallado en el plano del Instituto Geográfico y Estadístico de 1881.

Se sabe que, en marzo de 1876, se intentó incendiar por sorpresa un polvorín que no pasó a mayores, sin que se reprodujesen más incidentes. A partir de 1910, con la progresiva ampliación hacia la presa de Azumel, se eliminó toda la línea defensiva izquierda. Hoy, tan solo, permanecen visibles los tres baluartes en la esquina derecha y el tramo contiguo a los terrenos del Vivero Forestal con sus estrechas aspilleras.

En la segunda mitad del XX estas fortificaciones aportarían su último cometido a algo más prosaico: evitar que nadie se colase en el cine de invierno habilitado en una nave interior. Para ello, en uno de los baluartes, se abrieron una puerta y dos taquillas cuyas huellas aún persisten. Porteros y «rondines» tamizaban aquí el acceso del público para ver «El Gordo y el Flaco» y una del Oeste. Por motivos de seguridad también quedaba fuera del recinto fabril la modesta industria del puesto de pipas.

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