Juan Sánchez

Vigencia del mensaje de san Juan Pablo II en Toledo en 1982

Se cumplen 35 años de la histórica visita del Santo Padre a la capital de Castilla-La Mancha

Juan Sánchez
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El 4 de noviembre se acaban de cumplir 35 años de la histórica visita del papa san Juan Pablo II a Toledo. Tenía yo entonces 30 años y recuerdo con emoción esa jornada. El papamóvil subió por el arrabal, y en los ábsides del maravilloso templo mudéjar la parroquia había instalado una pancarta de saludo. En realidad todo el recorrido generaba muestras de cariño hacia el primer Papa que había venido a Toledo, conocida por muchos como «la segunda Roma».

Además de sus visitas al seminario conciliar y a la catedral, el acto central fue en el barrio de Santa María de Benquerencia, con una eucaristía y un mensaje especial para el laicado en España. Era mi barrio, donde residía desde agosto de 1978. En mi casa, en una de las altas torres blancas que sorprendían a propios y extraños, pasamos toda la noche mi esposa y yo con bastantes amigos y hermanos de la parroquia de Santiago el Mayor, esperando la llegada al polígono del Santo Padre. Queríamos estar en la explanada en cuanto se hiciera de día. Habíamos preparado una gran pancarta con el texto: «Bendito el mensajero que anuncia la paz. Comunidades Neocatecumenales de Toledo». Fue una noche de vigilia esperando la presencia y las palabras del Papa. Y, al contrario que en otras ciudades, para la multitudinaria eucaristía se eligió un barrio joven, obrero, con grandes espacios que resultaban muy funcionales, con el edificio dedicado a biblioteca y centro sociocultural como base para el gran altar.

Releyendo el mensaje, disponible en https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1982/documents/hf_jp-ii_hom_19821104_laici-toledo.html, me admira la total vigencia de sus palabras.

Comenzó recordando la importancia de la Sede de Toledo y de su historia: «Toledo fue un centro de diálogo y de convivencia entre gentes de raza y religión distintas… encrucijada de culturas que desbordaron las fronteras de España, para influir poderosamente en la cultura del Occidente europeo. Es ciudad de gran tradición cristiana, reflejada en sus monumentos artísticos y en la expresión pictórica de artistas de talla universal como el Greco».

Pero inmediatamente entró en el fondo de su homilía: «…somos testigos de Dios en Jesucristo, y éste 'crucificado'. Quien lo reconoce y confiesa como Señor, está bajo la manifestación y el poder del Espíritu. Y a esto estamos llamados todos los cristianos, que debemos renovar constantemente nuestra profesión de fe, con la palabra y con la vida, como una adhesión plena a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado para nuestra salvación y resucitado por el poder de Dios».

Recordó el Papa que somos testigos de Dios, pero no «…propietarios discrecionales del anuncio que recibimos; somos responsables de un don que hay que transmitir con fidelidad». Comunicaremos el tesoro recibido con temor y temblor, con fragilidad, confiando en la manifestación del Espíritu, en la fuerza persuasiva del poder de Dios».

Recordó el Papa que no se trata de «…amoldar el Evangelio a la sabiduría del mundo», sino que, poniendo a Cristo en el centro de nuestra vida, podamos «proclamar, celebrar, comunicar y vivir el Amor infinito de la Sabiduría divina». Y a continuación resaltó algunos de los ámbitos específicos para los seglares: «…el testimonio de vida y…el esfuerzo evangelizador que requiere la familia cristiana; que los cónyuges cristianos vivan el sacramento del matrimonio como una participación de la unión fecunda e indisoluble entre Cristo y la Iglesia». Con un recuerdo especial para los jóvenes: «…los horizontes de las diversas vocaciones cristianas, como un desafío de plenitud a las alternativas del consumismo hedonista o del materialismo ateo». El Papa no olvidó la misión de los laicos en el mundo del trabajo, «…sacudido por fuertes crisis y movido noblemente por aspiraciones de dignidad, de solidaridad, de fraternidad, que están llamadas, desde sus innegables y tal vez inconscientes raíces cristianas, a dar frutos de justicia y de desarrollo auténticamente humanos…». E insistió en la necesidad de participar en el campo de la política, «en el que con frecuencia se toman las decisiones más delicadas que afectan a los problemas de la vida, de la educación, de la economía; y por lo tanto, de la dignidad y de los derechos del hombre, de la justicia y de la convivencia pacífica en la sociedad. El cristiano sabe que desde las enseñanzas luminosas de la Iglesia, y sin necesidad de seguir una fórmula política unívoca o partidista, debe contribuir a la formación de una sociedad más digna y respetuosa de los derechos humanos, asentada en los principios de justicia y de paz». Hizo finalmente una alusión a la participación en el mundo de la cultura: «Los laicos católicos, en sus tareas de intelectuales y de científicos, de educadores y de artistas, están llamados a crear de nuevo, desde la inmensa riqueza cultural de los pueblos de España, una auténtica cultura de la verdad y del bien, de la belleza y del progreso, que pueda contribuir al diálogo fecundo entre ciencia y fe, cultura cristiana y civilización universal».

Esta misión evangelizadora es para todos los cristianos, que al mismo tiempo estamos llamados a la santidad, no como un privilegio sino como un don por el simple hecho de ser discípulos de Cristo. Lo expresó con contundencia: «¡Sois Iglesia!» Y terminó, pidiendo, con la intercesión de la Virgen, que los cristianos seamos en el mundo «constructores de la paz de Cristo». Y dos ideas, poderosas, más: «Vosotros sois la sal de la tierra!, ¡Vosotros sois la luz del mundo!».

Me maravilla que todas estas ideas sigan siendo el camino a seguir para quienes nos sentimos hijos de Dios y de la Iglesia.

POR JUAN SÁNCHEZ