Montse, ayer en la cafetería donde desayuna los sábados, cuando las fuerzas se lo permiten
Montse, ayer en la cafetería donde desayuna los sábados, cuando las fuerzas se lo permiten - Ana Pérez Herrera

La última ruta de Montse

Una informadora turística de Toledo con un tumor cerebral incurable cuenta su experiencia vital mientras conoce una ruta de homicidios y asesinatos en el salón de su casa

ToledoActualizado:

El viernes Montse cumplió 51 años. Solo dio las gracias a secas a las numerosas felicitaciones que recibió. Sufre un tumor cerebral mortal, pero no quiere que nadie tenga lástima de ella. «Me tenía que tocar y me ha tocado». Que ese sentimiento de lástima se quede en la calle es lo primero que deja claro a las personas que la visitan en casa. «A la gente que se pone a llorar la echo», afirma, abrigada con una bata y sentada en el sofá de su salón.

Montserrat Barbado García (Toledo, 1967) transmite felicidad cuando habla, a pesar de su deterioro físico. Dice que se le ha soltado un poco la lengua desde que está en la recta final de su vida, aunque utiliza el «castellano de Cervantes» sin sobresaltos durante la charla. «Intento no maltratarlo mucho», asegura.

Antes de que el cáncer invadiera su cerebro, hablaba tres idiomas (alemán, inglés e italiano) y entendía perfectamente el francés, si bien nunca se lanzó a conversar.

Se pasó media vida en la Escuela Oficial de Idiomas de Toledo, donde un profesor, del que solo recuerda su nombre (Miguel), logró que Montse se enganchara a la lengua germana. «Era un hacha», le describe con tres palabras. «El inglés lo aprendí porque todo el mundo necesita saberlo, y más si te dedicas al turismo. ¿Italiano? Para descongestionarme del alemán; necesitaba relajarme», se justifica, en un tono socarrón, una mujer que a los 12 años dejó de recibir la paguita de los domingos porque tenía su dinerito cuidando niños o vendiendo bisutería.

«El turismo, muy quemado»

Conoce bien el turismo que llega a la ciudad, después de años dedicándose a ello en el acogedor Museo Victorio Macho, de donde guarda gratos recuerdos;en la Casa del Mapa, en la oficina situada en los bajos del Ayuntamiento o en la de la estación del AVE, donde tuvo como compañeros a unos adorables ratoncitos un tiempo.

«Veo el turismo en Toledo muy quemado. No han sabido cuidarlo, ni mimarlo, ni han sabido sacar partido con las cosas que se podrían hacer en esta ciudad», opina. «Dicen que Toledo se vende solo, y una ‘m’ con mayúsculas. Nada se vende solo. Tú no puedes poner un puesto de nueces e intentar vender avellanas. Toledo es lo que se conoce en el argot como ‘turismo maduro’; esto es, cuando la gente se empieza a cansar de un destino y busca otros menos saturados», reflexiona.

Montse comenzó a estudiar ruso por su cuenta y notó que no avanzaba como debía. El tumor empezaba a hacer estragos en su cabeza, pero ella no lo sabía. Finalmente, tuvo que dejar de trabajar en marzo de 2014 debido a su cáncer incurable. «Tengo alucinados a los médicos, porque me dieron un máximo de 18 meses de vida y llevo brincando cuatro años. Estoy muy serena, porque es algo con lo que contaba desde el principio, y eternamente agradecida a mi doctora de cabecera, Mercedes Segovia, y a mi neurocirujana, María José Herguido, un bellezón de mujer», proclama Montse.

Madre de una hija, está felizmente casada con Jesús. Desde que el cáncer se aferró a la cabeza de su mujer, hace cuatro años, este oriundo de Talavera de la Reina ha tenido el beneplácito de su empresa, Fierros del Tajo, para no ir a trabajar cuando quisiera y cuidar de Montse. Lleva desde Semana Santa sin acudir a su empleo, ahora que se acerca el trance postrero.

Pero antes de que llegue, la formación de Montse como informadora y guía turístico le animó a proponer a su amiga Ana, guía como ella e impulsora de la ruta «El Toledo de los asesinatos», que le contara crímenes ocurridos en el casco viejo. Pero Montse no puede pisar la calle porque ya está débil (salvo los sábados, cuando las fuerzas se lo permiten, desayuna en su cafetería preferida de Toledo, Chocolate con Cecilia, como ayer).

Dado su estado físico, a las reporteras gráficas de ABC Luna Revenga y Ana Pérez Herrera se les ocurrió grabar y editar en vídeo imágenes del recorrido. Así, el día antes de su cumpleaños, Montse pudo seguir el itinerario en el televisor de su casa mientras le relataban los sucesos. «Esta ruta me encanta porque es distinta a lo que hay en Toledo. Si hubiese sangre de verdad, me gustaría más. Aunque me pone más el fuego, un quemado sería...», se guaseaba.

Soltó otra expresión burlona cuando le contaron el caso de una mujer que quiso envenenar a su marido en un hospital de la ciudad, ya con una póliza de seguro lista para cobrarla cuando el hombre muriese y la mortaja preparada también en el dormitorio marital. «¡Pero si yo no he elegido la mía todavía!», exclamaba delante de sus padres, Joaquín (81 años) y Pilar (79), a los que desde niña ha llamado por sus nombres y considera «mis adolescentes».

El gusanillo en el cuerpo

Precisamente su padre, del que Montse ha heredado su buen sentido del humor, fue quien le metió el gusanillo del turismo en el cuerpo a los tres años, cuando colaba a su hija en la catedral los sábados por las mañanas.

De sus años como profesional del turismo, recuerda cómo no articuló palabra al encontrarse con el presentador Guillermo Summers en el Museo Victorio Macho, donde vio también a duques, condes, marqueses y hasta al Rey Juan Carlos. Guarda con mucho afecto el dibujo que le dedicó Guillermo Summers, el escarabajo egipcio que le regaló un turista o las tijeritas de oso panda con las que le obsequió un japonés por haberle ayudado a encontrar el lugar donde se había hecho una fotografía muchos años atrás.

Sin embargo, Montse lamenta que la palabra «gracias» está en desuso en la sociedad. «Una palmadita nunca viene mal», sugiere, aunque algunos políticos que pasaron por el Ayuntamiento de Toledo llegan tarde. «Como vengan a mi funeral, me levanto de la caja», sorprende otra vez con su carácter desenfadado. Genio y figura siempre.