Puente de Chantre sobre el río Júcar
Puente de Chantre sobre el río Júcar

El puente de Chantre y otros puentes del Júcar

«La grata noticia de su restauración me ha puesto a recordar el río de mi infancia...»

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La grata noticia de la restauración/recuperación del viejo puente del Chantre sobre el Júcar, me ha puesto a recordar el río de mi infancia y mocedades pero también el de mis paseos de adulto hasta hoy mismo, acompañando ese verde espejo fugitivo jalonado de nazarenos chopos que es, como Heraclito propuso, espacio del tiempo y tiempo del espacio: instante, fugacidad, circularidad y eterno retorno,

El puente que ahora se recupera es una sobria fábrica de finales del XIX, alzada probablemente sobre otra más antigua, que quizá arrancara de ese chantre o canónigo fundacional de la iglesia conquense del siglo XV. Puente trajinante para la trashumancia, la arriería y el tráfico de personas y mercancías entre la Sierra y el Campichuelo hacia la capital y los caminos de La Mancha, de Madrid y de Levante, desde su pretil se vería hasta los años cincuenta del pasado siglo el orgulloso desfile de los pastores de troncos, los gancheros, verdaderos ejércitos que bajaban la madera desde los montes universales hasta su desembarco en el Tablón, actual playa artificial de Cuenca, o en el paraje del Castellar, donde se alza otro estratégico puente sobre el Júcar.

Lo que torna más valiosa esta iniciativa es que no se hace en función del automóvil, sino en base a la recuperación de la memoria en su dimensión más humana y ecológica. Pensando en las personas aficionadas a la pesca, al senderismo, al baño, al ciclismo rural, a una simple jornada de picnic en familia o con amigos.

Puente de hierro del ferrocarril sobre el Júcar
Puente de hierro del ferrocarril sobre el Júcar

Hoy, en Cuenca han proliferado nuevos puentes y pasarelas que permiten franquear el Júcar por diferentes puntos. Cuando yo era chico, había un solo puente para los vehículos (el de San Antón) y otro para el ferrocarril, metálico de aires eiffelianos. En torno a este y al puente de Palo o puente Cubells aguas abajo, se desplegaban las correrías de mi cuadrilla infantil. Fumábamos en artesanales cachimbas, sintiéndonos émulos de Tom Sawyer o Huckleberry Finn, y a veces inhalábamos unos troncos que denominábamos «fumaque». Aquel universo fluvial era propicio para toda clase de aventuras infantiles, que solíamos rematar en la inmediata reguera de Santa Ana (advocación cristianizada de Diana, la divinidad pagana de las aguas) pescando cabezotas que guardábamos en latas oxidadas. Cada año, en un paraje paródicamente denominado Benidorm, los peligrosos remolinos se cobraban su tributo de personas ahogadas. Una aventura de alto riesgo era internarse en la finca del Tesoro (donde hoy se alza la urbanización de la Fuente del Oro) a coger membrillos o almendras verdes (las populares «arzollas»). También por esta zona estuvo el Club Serranía, hoy demolido, complejo de cafetería, restaurante, gimnasio con sauna finlandesa, gran piscina y pistas de tenis, que había alzado ese gran emprendedor que fue Rafael Araque: con, nada menos, que la primera pista de tierra batida que hubo en Cuenca y en la que tuve el honor de medir mi Dunlop Maxpli con la de otros buenos amigos, como los legendarios hermanos Requena (que eran los maestros), Alfonso Gámir, Joaquín Tribes o José Manuel Martínez Cenzano, más tarde alcalde de Cuenca entre otros importantes cargos representativos.

En mi guía De hoz a hoz, le dediqué un soneto al Júcar, esmeraldino y bravo, apto para el coloquio amoroso pero también furioso y destructor cuando llegan los temporales y las vaguadas. «Suicida verde en el azul levante» era su último endecasílabo. En torno a él construyó el mayor clásico de Cuenca ciudad, el barroco Antonio Enríquez Gómez, sus Academias morales de las musas. Y lo han cantado no solo los buenos poetas de la tierra (Muelas, de la Rica, Torres, Cardete…) sino también vates como Gerardo Diego («agua verde, verde, verde,/agua encantada del Júcar») o García Lorca.

La recuperación de este emblemático puente parece que va a ser minuciosa y extremadamente respetuosa con la fábrica antigua. Ciertamente, en España ha habido un déficit de políticos ilustrados, verdaderamente atentos a la cultura y comprometidos con ella. He visto a Benjamín Prieto acudir a la reciente Jornada manriqueña y brindar todo su apoyo a una iniciativa que debe tener reconocimiento nacional y aun internacional. Su entusiasmo por este nuevo empeño que ha asumido desde la Diputación conquense, ratifica su implicación con los temas patrimoniales y culturales. Hora es de que sintonicemos con los países más avanzados de nuestro entorno, en los que la cultura y sus industrias no son solo sinónimo de gasto sino servicio público e inversión, parámetro de modernidad. Puente feraz por donde se cruzan el diálogo con el pasado y el diseño del futuro.