Pedro A. González Moreno - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

La turbia sombra del poder Pedro A. González Moreno

«Tres libros sin amor«, de Raul Carbonell, relata la descomposición de la familia valdepeñera de los Elola

POR PEDRO A. GONZÁLEZ MORENO - Actualizado: Guardado en:
Raúl Carbonell (Cárcer, Valencia, 1950) es un autor que presenta una ya larga trayectoria como poeta y como narrador, faceta esta última en la que sobresalen novelas como Bibelot (1992) o El siglo de los artistas (1997), a las que hay que añadir ahora Tres libros sin amor, su novela más reciente, que es «más que una novela», según el título que Rafael Álvarez Taberner propone para su prólogo.

La obra relata la paulatina descomposición de una de las grandes familias burguesas valdepeñeras, la de los Elola, centrada en torno a la figura del General Enrique Elola, un personaje mujeriego y de vida licenciosa al que se le atribuyen 72 hijos, de los cuales sólo tres de ellos aparecen como legítimos. El relato está armado estructuralmente en torno al testimonio escrito de esos tres hijos, de ahí que sean tres los libros a los que se refiere el título general de la obra: «El libro de la sombra robada», «El libro de los locos y de los ultramundanos» y «El libro de los caprichos».

Este multiperspectivismo es un adecuado recurso técnico mediante el cual se contempla, desde distintos ángulos, la figura del general Enrique Elola, cuyas maldades –según la opinión de uno de sus hijos-, «llegaban a ser escatológicas». Pero no sólo la figura central del padre es abordada desde perspectivas diversas, sino que mediante dicha técnica unos personajes remiten a otros, se encadenan y se complementan, o se contradicen, en un universo de múltiples referencias.

Tres libros sin amor, Ediciones Almud, Biblioteca Añil Literaria, 2016
Tres libros sin amor, Ediciones Almud, Biblioteca Añil Literaria, 2016

Con ese tripe punto de vista ofrecido por cada uno de los hijos, Luis Fernando, Mariquita y Pedro Francisco (aportados todos en primera persona salvo el primero de ellos que utiliza la tercera), se construye un tríptico cuyas voces no aparecen diferenciadas en cuanto a su estilo narrativo, aunque sí en cuanto a los rasgos psicológicos de sus respectivos narradores. De tal manera, se ahonda en la personalidad de los tres herederos, en algunos casos implacablemente y con sutileza psicoanalítica, como sucede con el menor de los hijos, cuya afición a los prostíbulos – según se argumenta- se debe a que buscaba en los calostros de las prostitutas el frustrado y obsesivo afecto materno.

Además de los protagonistas, se muestra una imagen contrastada de algunos otros personajes secundarios que adquieren un extraordinario relieve, como el mayordomo Rosario, de condición homosexual, enamorado del libertino general, y que paradójicamente ejercía como alcahuete suyo encargado de conseguirle las mujeres. Reseñable es también la presencia del mundo prostibulario, en torno al cual se mueven otros personajes notables como don Marceliano o prostitutas como la Malagana, la Babas o la Constanza, cuyos hijos sin padre eran abandonados en el hospicio de Ciudad Real y de cuyos generosos pechos – según se dice- «bebieron las bocas más secretas de la ciudad».

Reflejo todo ello de una clase social depravada en la que, sin embargo, se abre como una rendija de redención la figura de la hija, Mariquita, llamada la Comunera, sin duda el personaje novelescamente más interesante: una mujer psicológicamente perturbada, afectada por cierto «desvío mental», que vive su viudedad rodeada de gatos pero animada por una lúcida e insobornable conciencia social y por un extraño espíritu justiciero, ya que se dedica a resarcir los antiguos desmanes familiares regalando su hacienda y su fortuna entre la servidumbre y el pueblo, «porque salieron del sudor del pueblo y a él deben regresar».

Pero más allá del soporte argumental de la obra y de los personajes, se ofrecen también unas reflexiones sobre el arte (centradas en la figura del pintor Manuel Delicado Mena), sobre la propia escritura, o sobre la idiosincrasia de los manchegos, cuyo carácter autodestructivo -se asegura- forma parte de su propia naturaleza. Y entre esos rasgos del carácter manchego se destaca el desprecio por lo nuestro y «nuestra sutil manera de hacernos daño a nosotros mismos». Un relato que, en definitiva, ofrece una visión caleidoscópica del marco histórico, cultural y social de Valdepeñas, así como un ácido retrato de esa poderosa clase social que acabó diluyéndose entre los lodos de su propia putrefacción.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios