José Rosell Villasevil - SENCILLAMENTE CERVANTES (XXXV)

Una merced envenenada José Rosell Villasevil

Despierta, Miguel, de estos ensueños que bien parecen historias de Caballerías; tú no has andado tantas leguas solo para esto. Y se puso en acción

JOSÉ ROSELL VILLASEVIL - @abc_toledo Toledo - Actualizado: Guardado en:

Despierta, Miguel, de estos ensueños que bien parecen historias de Caballerías; tú no has andado tantas leguas solo para esto. Y se puso en acción. Mas ignoramos qué notas pudo sacar nuestro paciente alcalino, de aquél inusitado concierto cuyo único protagonista manejaba diestramente con un solo dedo. El Rey Felipe (sin segundo) que daba su nombre a una inmensa cadena de «Baratarias» ubicadas en el Pacífico.

No sabemos con qué «amigos» habló, ni si llegó a alcanzar la peana de aquél supuesto amigo de la infancia sevillana, que ahora es el todo-poderoso Secretario de Estado y confidente de un Monarca capaz de mosquearse con su propia sombra.

Lo cierto es que el valiente ex cautivo, recientemente liberado, ha conseguido una prebenda. Se trata de un pastelillo que puede convertirse en puro veneno. El 21 de mayo de 1581 recibe en Tomar una doble Real Cédula por la que se ordena pagarle 50 escudos a cuenta de 100, cuya segunda parte le será reintegrada al regreso de una misión secreta, con claros visos de espionaje, cerca del gobernador de la plaza fuerte de Orán, don Martín de Córdoba, persona para quien no era desconocido el nombre de Cervantes, a través de los contactos secretos que tuvieron desde Argel, cuando pretendía, en su tercer intento de fuga, recalar andando por la costa, con la guía de un renegado, en el referido bastión español.

Miguel sale de inmediato hacia el lejano puerto de Cartagena, para navegar de nuevo por el Mediterráneo infecto de corsarios berberiscos, que hubiesen celebrado mucho tener otra vez como rehén al «estropeado de Lepanto». Esa era la guinda con que recompensaban su gloria los fríos servicios de inteligencia de S. M.. Afortunadamente, en la hoja de servicios de su Destino, Cervantes no se contempla con la pasibilidad de sufrir otro nuevo cautiverio.

Así que, cumplida la misión «diplomática» en Orán, regresa al puerto cartagenero, donde le son liquidados los 50 escudos restantes, y desde donde emprende el largo viaje, contorneando la cintura de España, de venta en venta y legua tras legua, por aquellos infames caminos que registra el «Reportorio» de Villuga. A finales de julio, en pleno estío, cumplía viaje y misión en Lisboa.

¿Y ahora, que? Pues ahora, nada. Se había cerrado la espita de los obsequios reales, por lo menos hasta abril de 1587 en que recibirá otro , bien preparado también de carga letal.

De todos modos el futuro autor de «La Galatea», quizá inmerso ya en ella, va a pasar una buena temporada en Lisboa, pues desea conocer a fondo la populosa urbe europea solo comparable, en tráfico comercial, belleza y cultura, con su muy amada Sevilla.

Caló hondo la hermosa reina del Tajo atlántico en Miguel, quien, al margen de esa novia lusitana que también se le endilga, se enamora de sus gentes, de su dulce poética y de su arte cuidado y valioso. Su obra posterior, ya latente, se verá salpicada de referencias al pensamiento de Enrique Garcés, Miguel Silveira, Méndez de Vasconcelos, Fermin Correa de la Cerda, Antonio de Ataíde, Rodríguez Lobo, Jorge de Montemayor a cuya «Diana» coloca en lugar preferente de la librería de don Quijote, y el divino Luis de Camõens -cuya reciente muerte se lloraba con profunda amargura- es puesto con sus «Os Lusiadas», mamo a mano, con las sublimes «Églogas» de Garcilaso de la Vega, en «El Ingenioso Hidalgo» también.

No es cierto que Miguel de Cervantes estuviese en la Universidad de Salamanca, como dicen, pero es evidente que Portugal forma parte de esa universidad de la vida que se completará plenamente, bien maduro ya el personaje, con el largo periplo andaluz.

Lisboa tiene mucho de su esencia vital en la obra póstuma del «Famoso todo», desde que su devoto escuadrón de peregrinos, despierta un amanecer a los gritos de un grumete entusiasmado: «¡Tierra, tierra! Aunque mejor diría: ¡Cielo, cielo!, por que sin duda, estamos en el paraje de la hermosa Lisboa!»

Miguel dejó Portugal transido entre la dulzura y el misterio:¿De qué estaba hecha aquella estirpe lusitana capaz de morir por amor?

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