ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Esquivias: itinerario cervantino

Pasear por el pueblo donde vivió Cervantes es como ir pasando páginas del Quijote

Calle Astrana Marín, donde se encontraba esta casa, en la que realmente vivió Cervantes con su esposa Catalina
Calle Astrana Marín, donde se encontraba esta casa, en la que realmente vivió Cervantes con su esposa Catalina
POR MARTÍN SOTELO - Actualizado: Guardado en:

El viajero se dirige a Esquivias por primera vez, como lo hizo Cervantes a mediados del mes de septiembre de 1584 para visitar a la viuda de su amigo Pedro Laínez y aconsejarla sobre la publicación de las obras póstumas de su marido. Una legua antes de llegar, contempla a lo lejos el cerro cubierto de pinos, que ya ha podido vislumbrar antes de hacer un alto en Illescas, desde la carroza de mulas que todas las semanas une la capital con Toledo. También el viajero lo ha podido divisar desde la autovía A-42, a su paso por El Señorío, preguntándose si aquél sería el pueblo al que se dirige.

Abajo, aspecto actual de la calle Astrana Marín, donde vivió el gran escritor
Abajo, aspecto actual de la calle Astrana Marín, donde vivió el gran escritor

Ahora aparca junto a una gasolinera y echa a andar por el Paseo de la Galatea. A la izquierda hay un mercado y más adelante el cuartel de la Guardia Civil. A la derecha están los viejos sentados al sol, en la barbacana. A uno de ellos pregunta por el edificio que hay detrás, junto al Ayuntamiento, y que, por la espadaña sin campana, imagina que fue un antiguo convento u hospicio. Se llama Convento de los Capuchinos. Y en los nichos de la cripta, añade otro, hay momias. ¿Momias?, enarca las cejas el viajero. Y aprovecha que está la puerta abierta debido a unas obras para colarse en el interior de la cripta. Hay un par de trabajadores municipales con una carretilla y un señor con facha de concejal al que pregunta si es posible ver las momias. Ahí están, le dice, encendiendo un interruptor cuya luz mortecina apenas le permite ver unos esqueletos ennegrecidos y amojamados en el hueco de la escalera de acceso. ¿Se sabe quiénes son?, pregunta el viajero. Uno, al parecer, es pariente de Catalina, la mujer de Cervantes. Un tal fray Diego García de Salazar.

Momias del Convento de los Capuchinos
Momias del Convento de los Capuchinos

El viajero sale de allí con el estómago un poco revuelto. Dobla por la primera calle que encuentra y enfila por otra llamada Teresa Panza que le conduce hasta la Casa Museo de Cervantes, típica casona de labradores acomodados del XVI en donde moraba un tío de Catalina, don Alonso Quijada de Salazar, con quien Cervantes pasearía por este mismo patio empedrado que ahora cruza nuestro viajero interesándose por aquel pariente suyo, fraile agustino, del mismo nombre, Alonso Quijada, enterrado cuerdo en el convento de Agustinos Calzados de Toledo y loco en vida por su afición desmedida a los libros de caballerías, afición compartida con el cura Pero Pérez, coetáneo suyo y párroco de Esquivias en aquella época, hasta que el cura, al ver a su amigo cada vez más obsesionado con aquellas lecturas fantasiosas, empezó a preocuparse por su salud mental, no se le fuera a secar el cerebro de leer tantas mamarrachadas, y decidió, por su bien, arrojar todos aquellos libros del demonio por esa ventana que veis ahí, la misma ventana de la biblioteca por la que el viajero mira ahora hacia el patio, entonces corral, en donde ardía el fuego purificador. Cocina, vigas de madera, ventanas enrejadas, velón, alacenas, búcaros, el cuarto de costura con su bastidor y su rueca, dormitorio, la sala de armas, la cuadra, el lagar, los pozos, todo lo mira el viajero como si lo mirara a través de los ojos de Cervantes, para acabar visitando la cueva y la bodega con enormes tinajas en las que se conservaba el ilustre vino de Esquivias, reservado a la nobleza y a la Casa Real y mencionado en el prólogo del Persiles.

Típica casona de labradores que alberga en la actualidad la Casa-Mueso de Cervantes
Típica casona de labradores que alberga en la actualidad la Casa-Mueso de Cervantes

Antes de salir de la Casa Museo, al viajero le informan de que, a menos de cien metros, se encuentra la ermita de San Roque, edificada en unos terrenos cedidos por la familia Quijada, en cuyo acto de consagración, el 26 de noviembre de 1602, estuvo presente Miguel de Cervantes. La ermita es pequeña y sencilla, coqueta, de planta rectangular y con una única ventana lateral de medio punto.

Martín Sotelo, escritor
Martín Sotelo, escritor

El viajero, a estas alturas, pasea por el pueblo como quien va pasando páginas del Quijote, con total libertad, sin saber lo que le deparará la siguiente esquina ni poder separar la realidad de la ficción. Nota en su cabeza un vértigo muy parecido al que debió de sentir fray Alonso de Quijada al caminar por allí, así como el propio Cervantes unos años después, entre estas calles blasonadas y muertas con puertas cerradas y balcones enjaulados, y cuya somnolencia caldea la imaginación con quimeras de horizontes infinitos. Calle Sancho Panza, calle Dulcinea, calle Maese Nicolás, calle Cura Pero Pérez, calle Bachiller Sansón Carrasco... Los nombres de los personajes que aún no ha creado son entonces personas reales con las que Cervantes se cruza a diario y de cuyas vidas se informará en el entorno de su mujer Catalina. Como el personaje con el que dentro de unos minutos se cruzará nuestro viajero y que, de haber nacido en Esquivias, sabría que es el tío Brincatapias, apodado así porque se colaba en la casa de su amante saltando la tapia y siguió haciéndolo aun cuando ella se lo afeara pues, muerto ya su marido, no había necesidad de tales alardes saltarines, dado que podía entrar tranquilamente por la puerta principal. Perdone, lo aborda el viajero. ¿Sabe dónde está la iglesia donde se casó Cervantes? Cervantes no sé, pero don Quijote se casó ahí, contesta el tío Brincatapias señalando con su garrota. Todo recto hasta esa estatua y enfrente la verá usted.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, donde se casó Cervantes
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, donde se casó Cervantes

El viajero se llega hasta la estatua de Astrana Marín, el gran biógrafo conquense, situada junto a una fuente, y, al doblar hacia la izquierda, con la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción al fondo, reconoce la calle a pesar de los años transcurridos, precisamente por haberla visto en algunas fotografías antiguas que ilustran la monumental biografía.

Una vez dentro del templo, enfila el pasillo central entre los bancos de madera, en dirección al altar mayor en donde Juan de Palacios aguarda a su joven y guapa sobrina para casarla con aquel hombre de mundo que estuvo en Italia, y estuvo en Lepanto, de donde se trajo esa mano atrofiada por un arcabuzazo, o eso cuenta él, y estuvo cautivo en Argel y es poeta o eso dice porque lo cierto es que nadie sabe muy bien de dónde ha salido este hombre desconocido, ya viejo, del que nadie acaba de fiarse pero que camina junto a la inocente Catalina hacia el retablo renacentista en donde hace pocos meses ella enterró a su padre y en donde ahora el viajero, en una columna, puede ver una copia de la página del libro de matrimonios en la que se deja testimonio de tal enlace. También allí, en los archivos parroquiales de la sacristía, duermen su inmortalidad don Quijote, y la mujer de Sancho Panza, Mari Gutiérrez, y un tendero morisco del lugar llamado Ricote, y Pero Pérez, cura del lugar, el del donoso escrutinio, firmando partidas bautismales, y Pedro Alonso, y Vasco Ramírez, el Vizcaíno, y Carrascos y Aldonzas y Lorenzos y Quiñones y Brincatapias y el viajero, arrodillado en un banco, les dedica una plegaria para que sigan tan vivos como hasta ahora.

Calles blasonadas y balcones enjaulados del pueblo de Esquivias
Calles blasonadas y balcones enjaulados del pueblo de Esquivias

En la casa donde vivió

El viajero sale al atrio y respira el mismo aire que respiró Cervantes tras haber contraído matrimonio, aliviado ya por fin. Lo imagina del brazo de su mujer, bajando la escalinata, el arroyo a un lado y, al otro, la casa de los padres de Catalina. Ahora, a lo largo de toda esa acera, en lo que antes fue una gran hacienda, hay un edificio de apartamentos haciendo esquina, una puerta verde de una casa encajonada, otra puerta negra de una ruinosa vivienda, una tienda de chuches cerrada, otras dos casas más y un bar al final de la calle.

Al acercarse, el viajero se topa con un joven delgaducho y despeinado que baja por la misma acera fumando un cigarrillo. Lo ve sacar unas llaves para abrir la puerta verde de la casa encajonada, justo donde vivían los suegros de Cervantes. Hola, le saluda el viajero. El joven tiene cara de sueño y lo mira hosco. Según tengo entendido, dice el viajero, aquí vivieron los padres de la mujer de Cervantes. El joven asiente y explica que fue allí donde realmente vivió el gran escritor con su mujer. Lo dice Astrana Marín. El viajero, sorprendido, pregunta por qué no se sabe, por qué no se conservó aquella ilustre casa. ¿Se extraña, siendo español?, contesta el joven. Y, dejando la puerta abierta, lo invita a pasar por si desea sentarse donde Cervantes estuvo sentado, tomándose un vino. Y el viajero se toma un vino bajo la pérgola del patio de aquella casa de fachada amarilla y persianas verdes, mirando el atardecer inmutable, ese mismo cielo que hace más de cuatro siglos, a esta misma hora, también empezaría a teñirse de tonalidades cárdenas. Luego el joven lo anima a subir a su habitación, atestada de libros, con una gata adormilándose en el alféizar de la ventana, un catre sin hacer y un sillón con una tabla llena de hojas en el que el joven se sienta para seguir relatando que el viajero, finalmente, antes de marchar, subió al cerro de la Cruz para contemplar los mismos campos sin fin bajo el cielo incendiado que contempló Cervantes. Al norte, sus orígenes, su familia, sus amigos, el trajín de la Corte, las discusiones faranduleras de los mentideros literarios, los líos de faldas, ese hija ilegítima con Ana Franca que acaba de nacer. Al sur, su inminente destino como recaudador de impuestos y esa prisión sevillana que aún no sabe que le espera. Enfrente y abajo, el pueblo de cuyo nombre no querrá acordarse pero al que volverá una y otra vez y en el que se casará con una gran mujer que lo acompañará, a pesar de sus muchas separaciones y sus muchos reencuentros, hasta más allá de la muerte.

El pueblo de Esquivias visto desde el cerro de la Cruz, como lo contempló Cervantes
El pueblo de Esquivias visto desde el cerro de la Cruz, como lo contempló Cervantes
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