Toledo, entoldada, espera al Corpus
Toledo, entoldada, espera al Corpus - H.B.

Diario de un jubilado en Nueva York (52): Volver a Toledo

«Se funde su mirada con el puente de Alcántara y el Alcázar, y el recuerdo de Juanelo le pone una noria en el corazón»

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Llega a Toledo el viejo que de niño vivió en Santo Tomé y ya en la estación del tren siente el olor a cieno y a hierba húmeda y recuerda lo que le sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo. Se funde su mirada con el puente de Alcántara y el Alcázar, y el recuerdo de Juanelo le pone una noria en el corazón. Se asoma al Miradero y su mirada juega en el campo de ajedrez de la vega y quiere mover ficha entre la vida y un camino de agua turbia y de espuma venenosa del Tajo.

En Zocodover se siente provinciano y bolo y recuerda los árboles que una alcaldesa mandó talar y fueron reemplazados por otros que otro alcalde ordenará que sean cortados. Los políticos destruyen para poder dejar su nombre en piedras que el tiempo borrará. Baja por la calle Ancha y no la reconoce: de ser la «Main Street» es ahora un zoco de productos turísticos hechos en China. Al llegar a San Salvador se detiene a homenajear a un tal Lázaro, pregonero, ilustre cornudo y personaje vivo y eterno de una de las mejores novelas de todos los tiempos.

Con el corazón a galope entra en Santo Tomé y siente un hondo escalofrío: reconoce la confitería y la estatua de don Gregorio (un poco acorralada por mesas de un restaurante), pasa por donde estuvo la taberna de Simón, la pescadería de Mariano, la librería estanco donde compró la primera novela de Urabayen, la casa del Señor Arropero... todos se han ido, nada queda. Queda la torre, que fue faro de un niño que asomado al balcón de su casa miraba las golondrinas cosiendo la torre en aquellas tardes de verano en que la soledad le ponía una armadura de fuego en su corazón. Pasa de largo por la casa donde nació; demasiados recuerdos. Queda el Cristo, el sonido de las campanas, la sombra espesa de la calle de la Campana. Permanece la navaja oxidada del recuerdo que, ya viejo, siente cómo se le clava muy dentro de su vida, ahora que vuelve a Toledo. ¡Ah! Y el toldo del Corpus, que, de repente, cubre la cabeza de recién llegado.