Fachada de un edificio en el barrio de Brooklyn, en Nueva York
Fachada de un edificio en el barrio de Brooklyn, en Nueva York - H.B.
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (50): Consulado en «bruklin»

«Un barrio donde HB conoce al cartero, acaricia a varios perros y las ardillas salen del parque y llegan hasta la acera»

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Lo llaman «bruklin» o «brooklin» o incluso con una ge final imposible de pronunciar: «brookling». Pero ya no se quedan en Manhattan, como antes. Ahora pasan el puente y llegan hasta el barrio donde vive HB. Algunos vienen un poco por curiosidad, otros por compromiso, pocos a conocer el «ambiente» en donde vive Paul Auster, algunos a pasar unas horas y la familia a quedarse varios días. Para algunos llegar hasta la casa de HB, a pesar de tener dos líneas de metro a la puerta, les parece como viajar a Boston y te llaman dos horas antes avisándote de que están saliendo del hotel. Cuando en realidad es media hora la distancia desde Manhattan a Brooklyn. El que no sabe, decía mi madre, es como el que no ve.

Como HB vive en el corazón de «bruklin», a tiro de piedra del Museo, el Botánico, la Biblioteca, Prospect Park y las calles mas típicas del barrio, y como todos los que vienen tienen diferentes puntos de vista, educación y personalidad, HB, que lleva con el consulado abierto casi cuarenta años, tiene programas que se ajustan a las necesidades del visitante. Que es profesor de historia, pues corriendo al Museo donde tienen una de las mejores colecciones de arte egipcio del país; que tiene un doctorado en botánica, pues rápidamente al Botánico; que es escritor (y estos predominan), pues a la Biblioteca donde algunos disimuladamente miran en las estanterías a ver si están sus libros; que ni una cosa ni la otra ni la otra, pues al centro comercial donde se pasan las horas llenando la maleta de ropa. La visita empieza, si se trata de conocidos, con la vista de Manhattan desde la terraza del edificio donde vive HB (una vista por la que se debería cobrar) y termina en un restaurante japonés, donde deberían nombrar a HB cliente de honor, con una Sapporo y una «Bento box» variada y gratificante.

Vuelven a Manhattan con la sensación de haber estado en un «barrio» donde la gente camina más despacio, HB conoce al cartero, acaricia a varios perros, se sabe los rincones en los que Brooklyn es más Brooklyn y las ardillas salen del parque y llegan hasta la calle. Se van con la mirada llena con la luz de un Goya o de un Rivera o de un Picasso del Museo, con el perfume de una rosa misteriosa e imposible del Botánico, vuelven sabiendo que Nueva York es algo más que la Quinta Avenida, tan vista y tan manoseada, o Central Park. Uno sabe que se van con el corazón feliz y los pies doloridos de las incansables caminatas a que HB los somete.