La isla de Manhattan vista desde el Promenade
La isla de Manhattan vista desde el Promenade - H.B.
Hilario Barrero - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (36): Ladrido de agua

«El paseo está vacío, solo una mujer sentada en un banco observa el paisaje mientras su perro te observa y te ladra»

Hilario Barrero
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Es el perfecto final. Después de cruzar el Puente de Brooklyn desde Manhattan es reconfortante y saludable terminar la jornada en el Promenade. Antes, los amantes de la poesía y en especial de Auden, pueden visitar la casa donde el poeta vivió por algún tiempo y que se encuentra a la entrada del paseo. Si el viajero entra por la calle Montague y es verano se sentirá como si estuviera en una calle europea con cafés con terrazas. Cerca del Promenade, si el viajero llega a la hora del almuerzo, podrá reponer fuerzas en Teresa’s, un restaurante polaco al que acuden los amigos que vienen a ser pastoreados por alguien que vive hace muchos años en el barrio.

Y ya bien alimentados, caminar unos metros y enfrentarse con una de las vistas más hermosas de Manhattan. Si el día está soleado el viajero podrá abrazar con su mirada desde la Estatua de la Libertad al Empire Estate, ver los barcos cruzar la bahía de Nueva York y dirigirse a State Island, cómo el sol se cuela entre los edificios festoneándolos de sombras, y adivinar, con cierta nostalgia, el lugar donde se levantaban las Torres Gemelas.

Si el día está metido en la harina de la melancolía, el viajero puede encontrarse con la lluvia que cae lentamente y que cuadricula el asfalto como si fuera a hacer el crucigrama del otoño con tinta desleída; el paseo está vacío, solo una mujer sentada en un banco, protegida con un enorme paraguas negro sobre el que la luz resbala, observa el paisaje mientras su perro, con una mirada llena de agua, te observa y te ladra. Manhattan aparece como un recortable y espera que las tijeras de la lluvia lo recorten. Pasa una nube como un pájaro herido: un reguero de sombra que perfuma el perfil de la ciudad con olor a pólvora húmeda y una grúa crece como un árbol de metal. Vuelves al hotel con la sombra del perro reflejada en el asfalto y la vista de la ciudad dentro de tu corazón que se ha encharcado de grises. Una fotografía en blanco y negro, como el fotograma de una película, que se quedará contigo como se queda y permanece el temblor de un nuevo amor.

POR HILARIO BARRERO