Hilario Barrero - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (35): La soledad de los amantes Hilario Barrero

«Ellos también celebraron en una playa su compromiso; sus arras, doce piedras que llegaron del mar»

Prospect Park. Brooklyn (Nueva York)
Prospect Park. Brooklyn (Nueva York) - H.B.
POR HILARIO BARRERO - Actualizado: Guardado en: España

Los fines de semana en verano Prospect Park es un hervidero de colores, ruidos, olores, razas y roces. El prado recién afeitado por la navaja de la primavera, aparece cubierto de un césped luminoso que aguanta a cientos de paseantes que se acercan a disfrutar del buen tiempo. Es como un inmenso cuadro de Sunday in the park with George, incluido el lago. Para no ser avallados por niños en bicicleta que pasan por tu lado llevándose el aire que te pertenece, de no volver a casa oliendo a perros calientes o a maíz asado, o nos impida hablar el ruido de los tambores, nos desviamos por un camino lateral apenas transitado. Es como si eligiéramos «el otro camino» del que habla Robert Frost en su famoso poema. Es un camino donde se refugian los pájaros, las ardillas y las parejas de enamorados. Camino angosto, umbrío, cubierto de macizas ramas de árboles. En un recodo hay un banco que es el preferido de las parejas, de la misma manera que hay una farola que es donde la sombra se posa como un pájaro oscuro. Casi siempre suele estar ocupado por alguna pareja de enamorados. Hoy también lo estaba. Cuando nos estábamos acercando el chico se ha levantado y nos ha pedido si les podíamos hacer una foto. Y nos ha dado el iPhone. Yo les he hecho tres fotos. Mientras las tomaba, la chica nos ha dicho, con una sonrisa luminosa: «Es que nos acabamos de comprometer». Y él la mira y le dice: «Enséñales el anillo». Ella levanta la mano y nos lo enseña. Los dos sonríen. Les felicitamos y les deseamos suerte. Cuando me agacho para sacar una foto desde abajo ella coge el bolso y se lo pone delante del estómago. Y él sonríe. Resulta que la prometida está embarazada. Les sale la felicidad por los ojos, por las manos, por la manera en que él la abraza, por el diamante que brilla escandaloso en la mano de la novia. A lo lejos se oye el canto de los pájaros, el relámpago oscuro del correr de las ardillas, la música de tambores. Llega el aire con olor a fritangas, a gritos de niños. Cae la tarde y comienza un nuevo día para esta pareja que, apartada del ruido de la vida, ha venido al parque en busca de amorosa soledad. Los dos viejos se alejan pesándoles la tarde en la mirada y uno de ellos, proclive a la melancolía, pegajoso con el pasado, recuerda cuando ellos también celebraron en una playa su compromiso. Como recuerdo doce piedras que llegaron del mar y que fueron sus arras.

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