ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Una muy buena historia de Toledo

Fernando Martínez Gil o la honestidad del historiador

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Decir a estas alturas que Fernando Martínez Gil (Toledo 1956) es uno de nuestros mejores historiadores es ya casi una obviedad; pero a veces lo obvio necesita ser repetido.

Gran conocedor de nuestra historia en general y de la de la Edad Moderna en particular, Fernando es además un gran historiador de la cultura: el pensamiento, el teatro o más recientemente el cine han estado entre sus temas de interés a los que ha dedicado importantes trabajos.

Pero también es experto en una de las disciplinas más difíciles para todo historiador: las síntesis. Ya en 2008 nos había ofrecido La invención de Toledo. Imágenes históricas de una realidad urbana, en la que nos presentaba un amplio y pormenorizado repaso de las visiones que de la ciudad tuvieron, a lo largo del tiempo, sus habitantes y quienes la visitaron y dejaron testimonios de ello, pero que era, a la vez, una sugerente historia de su evolución social, política y cultural.

Ahora, en esa misma línea, nos presenta «Una historia de Toledo», título cargado de modestia, pero que él mismo justifica en que no hay (ni puede haber) historias definitivas, sino relatos hijos de su tiempo y de la intencionalidad de cada autor. Martínez Gil no cree que exista la objetividad absoluta, pero sí cree en la honestidad del historiador al abordar el contenido de su historia. Y a fe mía que en este libro ha alcanzado esa honestidad y esa ecuanimidad exigibles a todo buen historiador.

Y lo ha conseguido haciendo acopio de sus muy numerosos conocimientos históricos, pero también aportando su compromiso con el desarrollo de la ciudad y con el debate que en torno a su futuro debería estar en la mesa de los políticos, y de los colectivos sociales afectados; es decir de los que están llamados a configurar ese tiempo nuevo para esta ciudad milenaria.

Uno de los mayores valores de este libro, para mí, es la perfecta simbiosis que aplica el autor entre documentos históricos en sentido estricto y crónicas literarias o de viajeros; ambos, unos y otros reflejan bien momentos de la ciudad a lo largo del tiempo y quizás estos segundos capten mejor el alma, el espíritu, permanente y cambiante a la vez, de su fisonomía y de sus gentes.

Con el uso exclusivo de lo segundo quizá el resultado hubiera sido vaporoso o etéreo, pero con la apoyatura de lo histórico (el dato, la cita, la referencia precisa) el libro aparece como lo que es: la síntesis de un excelente historiador que conoce al dedillo el objeto de su estudio.

Y la otra virtud ha sido ya destacada por otros antes que yo: su dimensión de libro para todos y no solo para historiadores o estudiosos. Es un libro abierto a un público muy general, de toledanos o viajeros que quieran entender la conformación y evolución de esta «peñascosa pesadumbre» y que con estas páginas estarán en mucha mejor disposición para hacerlo eficazmente.

Cabe felicitar por último, además de al autor, al editor, Paco Carvajal, responsable editorial de «El perro malo», quien nos ha ofrecido un objeto bello y pulcro, con el magnífico complemento de un álbum gráfico -a su cuidado- que enriquece un libro ya de por sí rico en otras cualidades previas.