Pedro Gascón y su esposa Anaís Toboso
Pedro Gascón y su esposa Anaís Toboso
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

La amanecida de Gascón

El creador de Chamán Ediciones publica su primer poemario

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En los últimos años es inevitable aludir a la eclosión literaria que ha vivido el espacio geográfico formado por Albacete y Murcia. Ambas provincias integran una diversidad de nombres propios e iniciativas culturales que han tenido refrendo en premios, festivales colectivos y antologías monográficas de zona. Uno de esos proyectos emergentes es el sello Chamán Ediciones, que dirige desde su fundación en 2015 Anaís Toboso y coordina Pedro José Gascón Piqueras, quien deja en la colección Chamán ante el fuego su amanecida lírica Las mudas soledades.

Nacido en Albacete en 1977, Licenciado en Humanidades y profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto manchego, Pedro Gascón personifica una subjetividad versátil que abarca dos actividades esenciales: música y escritura. Su quehacer musical comprende seis discos; fue cofundador de la Discográfica Molusco Discos, y participó en la dirección artística del videoclip De donde no se vuelve. Como escritor ha anticipado poemas en revistas literarias y muestras colectivas.

Un verso de Lope de Vega da sentido clásico al título que acoge estos poemas iniciales que, además, se organizan en su avance argumental con asertos extraídos del mismo soneto. Las mudas soledades recupera como paso de arranque un lugar arquetípico en la arquitectura literaria: París, ciudad del malditismo y la bohemia, refugio de exiliados y lugar pensativo para existencialistas; la urbe enfrenta al yo con los argumentos esenciales del ser: la soledad, el tiempo y la muerte, tres vértices que distribuyen las lindes de la biografía existencial.

De esa mitología nace un poema que identifica la voz de Pedro Gastón con una lírica figurativa, de trazo dialogal, que impregna los enunciados de intimismo. El poema construye un entorno de cotidianidad atento a los pormenores de lo transitorio, siempre marcados por la fragilidad, lo que fomenta una cierta sensibilidad estoica: «Todo ocurrió allí, donde nunca estuve». De este modo, el tiempo se convierte en una búsqueda de las coordenadas singulares que definen cada latido. Los instantes vivenciales semejan partículas volátiles que inundan el contraluz cansado de las habitaciones, permanecen ahí como alucinaciones de los sentidos o estampas amarillas traídas por el recuerdo. Las palabras construyen el autorretrato del yo. Buscan sentido al trascurrir. Hacen de la contemplación una experiencia interior en la que se moldea un cuestionamiento permanente de la realidad. Los poemas describen lo diverso, demuelen hábitos y guardan en su argamasa un sentido ético que adquiere intensidad en composiciones cuajadas de emoción, como «El niño y la playa», inspirada en la terrible imagen de Aylán, el niño ahogado que convulsionó tantas conciencias; la realidad pragmática cierra los ojos a utopías ajenas. También en «El Puente de madera» se hace visible esa desigualdad perturbadora de la periferia, cuyos habitantes ejercen una ciudanía a contramano.

Sencilla e intimista, sin estribaciones herméticas, la voz autoral de Pedro Gascón aviva los rescoldos naturales que definen nuestro tiempo. Suma lo subjetivo de la indagación biográfica, siempre matizada por el hecho de vivir, y la estela culturalista -como sucede en el apartado de cierre «Con alma ajena»- para caminar por un presente verbal lleno de laberintos.