Constantino Molina - OPINIÓN

Sensación de vivir. Capítulo 2: A la puta calle Constantino Molina

Antes de que el Jefe Superior viniera para anunciarme el despido todo no sucedía como un lunes cualquiera

POR CONSTANTINO MOLINA - Actualizado: Guardado en:
Antes de que el Jefe Superior, casi descendido del mismísimo cielo, viniera para anunciarme el despido todo no sucedía como un lunes cualquiera. Ayer la mañana fue lluviosa, descargué un camión lleno de latas de atún, de tomate frito light, de leche sin lactosa, de café descafeinado y de corderos despellejados. Después me dediqué al ejercicio zen de colocar toda esa materia en su estante correspondiente. Un ejercicio que fui asimilando con los meses como una meditación rutinaria que me salvaba de todo exceso de metafísica: «atún tomate café, atún tomate café, atún tomate café» me repetía en un monólogo interior que, al llegar a casa, me dejaba limpio de todo superávit de transcendencia. En el hilo musical de la tienda habían puesto el canal que más me gustaba: un amalgama incoherente del pop rock de todos los tiempos.

Como digo, ayer no fue un lunes normal. Ayer los clientes felicitaban al chico del supermercado, a ese mito fugaz de la cultura en la pobre España del sensacionalismo. Y el chico tenía resaca, resaca de preguntas en multitud de entrevistas, de dar esquinazo a medios que querían cazar la pieza en el mismo supermercado, de «¿Me vas a regalar el libro?» y de otras tantas frases amables. También andaba aturdido, porque, como pueden entender, algo extraño debe estar sucediendo cuando un medio de comunicación se desplaza al culo del mundo nacional, Albacete, para hacer un reportaje sobre el culo del mundo cultural, la poesía.

Y así la mañana cuando llegó el Jefe Superior justo una hora antes de que el chico se fuera a casa para el descanso de mediodía. Y el Jefe Superior fue con la enhorabuena en una mano y el finiquito en la otra. Sin previo aviso, el contrato de interinidad expiraba al día siguiente: «Felicidades por tu premio. Mañana ya no vengas, puedes quedarte el uniforme y tienes la tarde libre por las horas extras que se te deben». Al salir de la oficina sonaba Knockin´ on Heaven´s Door. Me pareció mágico. Lo último que me dio tiempo a reponer en la tienda fueron unos botes de ketchup y unos paquetes de sal.

Ahora ese chico que soy yo, al parecer, porque no estoy muy seguro de reconocerme en lo que algunos han retratado, está en el paro. El titular ya no es tan exótico, ya que el INEM -soy un esteta y no me gusta la sonoridad del nuevo SEPE- es un lugar muy concurrido. Pero la poesía, que es de lo que habíamos venido a hablar sigue.

Esta misma mañana he retomado lecturas: Ramón Gaya, Emily Dickinson, Luis Landero o Marta Sanz habían quedado estancados en mi mesa por un horario difícil de conciliar con un hábito lector.

También esta misma tarde he escrito un poema, cosa que llevaba sin suceder desde hace un par de meses. Ha sido un hecho sencillo, sin visitas al Palacio Real, sin cámaras de televisión, sin premios y sin felicitaciones. Y así es como siempre sucede: una simple soledad sonora. Un ejercicio solitario con una idea rondando en la cabeza, Erik Satie sonando en Spotify y un crianza de menos de tres euros en un vaso ancho, para no engañar al paladar. Una vez terminado el poema esa soledad se expande a través de una voz, uno es consciente de que su vida es un simple punto, con un principio y un final, dentro del algo mucho más extenso y maravilloso llamado Vida.

Nuestra vida es un hecho temporal, la Vida existe antes y después de nosotros. Escribir o leer un buen poema nos conecta con ese antes y después, nos lleva a un mundo más propio y más honesto con nuestra existencia. No hay más.

Y bien, eso es todo. El Jefe Superior también sabe que la Vida es maravillosa y, además, que el mundo es cruel. Pero la poesía sigue y suceden cosas hermosas. Dentro de unas semanas La Bella Varsovia publicará el nuevo libro de Berta García Faet, «Los salmos fosforitos», con lo que al menos mi mundo será mucho menos cruel que el suyo.

Por cierto, por aquí dejo el poema de esta tarde. Como antes he dicho, lo último que me dio tiempo a reponer ayer fueron unos paquetes de sal y unos botes de ketchup. Espero no estar cayendo en una deformación profesional en diferido, pero ya saben que a los manchegos nos va mucho el diferido.


UN PUÑADO DE SAL

Mientras el agua hierve,

un puñado de sal sobre la losa

guarda su brillo intacto

y se resiste a desaparecer.


Fijo en él mi verdad al contemplarlo

y mi mano lo barre al mismo instante.


Así desaparece mi verdad,

con esa sencillez

de lo que poco importa.


Constantino Molina. 22 de noviembre de 2016.

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