José Rosell Vilalsevil - SENCILLAMENTE CERVANTES (XXXIII)

De regreso a la vida José Rosell Vilalsevil

JOSÉ ROSELL VILLASEVIL - @abc_toledo Toledo - Actualizado: Guardado en:

Después de doce años de avatares, Miguel regresa a la vida normal, y como dirá luego Gustavo Adolfo Bécquer en sus Rimas, «padecer es vivir...«: sobrevivir al bendito sufrimiento. La libertad es muy hermosa, ya lo dijimos, pero el mundo libre no está alfombrado de rosas y en Madrid, cuando regresa con tanta ilusión nuestro alcalaíno, no atan precisamente los perros con longaniza.

Ni en ningún lugar del Reino, desde luego; los astrólogos andan un tanto revueltos ante una serie de hechos premonitorios más que preocupantes, con que se venía preparando la llegada del año en curso ochenta. Una epidemia catarral -decían-, que no lo era sino de gripe, se llevó por delante innumerables ciudadanos de toda Europa, y enfermó a muchos más que salieron con vida de milagro. Como dato curioso diremos que por su causa murió en Lisboa el poeta Luis de Camoens; que Santa Teresa, a la sazón en Toledo, estuvo muy grave, así como la hermana de Cervantes, sor Luisa de Belén, que al borde estuvo de la tumba. No pudo librarse de ella el que fuese nuestro primer miniaturista, el P. Andrés León, prior del recién estrenado, no obstante inconcluso, Monasterio del Escorial.

El propio Felipe II, que se hallaba en Badajoz a la expectativa de la anexión de Portugal, a cuyo rey don Sebastián se le había llevado también la epidemia, hubo de dictar testamento ante Mateo Vázquez, sintiéndose morir. Pero le cambiaron de signo, no sus buenos hados, fue su protomédico el Divino Vallés, quien en contra de la opinión del resto de sus colegas, le manda purgar «en conjunción de luna», pues Diana no tiene por qué enterarse de los secretos de la «Ciencia». Nada pudo hacerse por la reina, doña Ana de Austria, quien dejaba este mundo el día 26 de octubre del funesto año.

El cronista Cabrera de Córdoba, dice que «en este tiempo vino la enfermedad del catarro, tan maligna, que no hacía menor daño que la peste...»

El ex cautivo, futuro «Regocijo de las musas», venía curado de espanto y poco le arredraba la muerte, como tampoco los signos apocalípticos que sin parar se daban, con variados eclipses de luna y con la aparición en los cielos de un enorme cometa en 1577 y otro en el mismo 1580. A Miguel, lo que le angustia es la situación de sus padres y hermanas.

Los primeros vivían en el descampado de Leganitos, ya que aquello era el fin de Madrid por ese lado; lugar de paseo en la primavera y el otoño, donde los rayos del sol, atenuados invitan al esparcimiento y solaz. Junto a la humilde vivienda, se ubicaba una famosa fuente -«La de Leganitos»-, donde llenaban sus cántaros los pícaros aguadores; y en la taberna contigua, a cuyas argollas de la pared ataban los asnillos, en tanto ellos se refrescaban con el más que gentil aloque de Valdepeñas.

Andrea y Magdalena, al límite de su ya un tanto ajada juventud, residían y dilucidaban sus demandas de incumplimiento amoroso, en el seno del castizo barrio de Lavapiés.

Cuando el futuro autor de «La Galatea» penetra en la pobre, pero limpísima casa, tiene su santa madre preparada la mesa para comer lo que pudo agenciar, a Miguel se le caen los palos del gallinero: los vasos son cada uno distinto del otro en forma y color. ¡Con lo que han sido los Cervantes, pobres y honrados, casi siempre entrampados, empero cargados de exquisita dignidad. El rescate de Rodrigo, y el altísimo suyo, ha supuesto tal golpe, que les ha dejado a todos en la indigencia. Él mismo debe a los Trinitarios una respetable suma añadida que hubo de poner fr. Juan Gil.

Corre para abrazarle el amigo toledano, antiguo músico y danzante con Lope de Rueda, que nunca le falla, Alonso Getino de Guzmán, alguacil ahora y promotor de teatro y eventos conmemorativos en la Villa y Certe, que aún le ayudará en cuanto le sea posible.

Y su primera visita es, sin duda, para Nustra Señora la Virgen de Atocha, ante cuya imagen lloraría emocionado; la segunda, casi con la misma devoción, es para su maestro y amigo don Juan López de Hoyos. Mientras lo abraza con ternura, el anciano sabio humanista le dice al oído serenamente: «No te importe la contrariedad de los abrojos, ni el dolor de los fracasos aparentes; tu camino es este».

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