CULTURA

Así fue la juventud de Buero Vallejo en Guadalajara

El genial dramaturgo creció en una ciudad con una poderosa industria y un gran ambiente cultural. Su padre influyó en su formación artística, mientras que el poeta Ramón de Garciasol le transmitió las ideas políticas que casi le cuestan la vida

Antonio Buero Vallejo, en 1949, tras recibir el premio Lope de Vega
Antonio Buero Vallejo, en 1949, tras recibir el premio Lope de Vega - ABC
JUAN ANTONIO PÉREZ Toledo - Actualizado: Guardado en:

La Guadalajara en la que Antonio Buero Vallejo nació el 29 de septiembre de 1916 era «una ciudad magnífica, con un futuro prometedor», cuenta a ABC el historiador Pedro José Pradillo y Esteban. Guadalajara tenía entonces una poderosa industria (en esos años estaban instaladas la Hispano Fábrica Nacional de Automóviles y Material de Guerra, el Parque de la Aeroestación y la Academia de Ingenieros), además de un gran ambiente cultural con multitud de asociaciones. Era, pues, el sitio perfecto para que creciera el «pequeño Toni», quien con el tiempo se convertiría en uno de los más importantes dramaturgos españoles del siglo XX.

Antonio Buero Vallejo era el hijo de Francisco, un oficial del Ejército que enseñaba Inglés en la Academia de Ingenieros, y María Cruz, una muchacha de Taracena (Guadalajara) que procedía de una familia de agricultores acomodados. Salvo una estancia de dos años en Larache (Marruecos) por el trabajo de su padre, Antonio vivió con su familia en el número 39 de la calle de Miguel Fluiters hasta que se fue a Madrid para estudiar Bellas Artes en 1934.

Su padre influyó de forma decisiva en su formación. Tanto que Antonio no fue al colegio hasta los diez años: a su casa venían un par de profesores que, junto con su propio progenitor, le daban clase. «A Francisco le gustaba mucho el teatro, la lectura, hablaba inglés y francés, y estaba muy preocupado por las artes plásticas. Todas esas inquietudes se las trasladó al ‘pequeño Toni’», dice el historiador Pradillo.

Lo primero fue el dibujo

Carlos, uno de los hijos de Antonio, dice que su padre haría luego lo mismo con sus vástagos, a los que inculcó esa pasión por la cultura. «Nos llevaba a museos, a galerías de arte y procuró que se desarrollase en nosotros una sensibilidad artística. Con el teatro no es que se volcase, es que era la atmósfera que se respiraba en casa (Victoria Rodríguez, la viuda de Antonio, es actriz )», cuenta.

Pese a que Buero Vallejo ha pasado a la eternidad como dramaturgo, en su infancia y juventud lo que más hacía era dibujar. «Rellenaba cualquier papel que caía en sus manos. En un principio, dibujaba lo que aparecía en los libros infantiles o de aventuras y, luego, durante su adolescencia, lo que veía en el cine. Tenía una gran memoria visual para plasmar lo que observaba en los fotogramas», explica el historiador.

En las décadas de los años 20 y 30, la cultura estaba dominada por las vanguardias. Algo que despreciaba Buero Vallejo. «Decía que lo único que se podía hacer era sublimar a Velázquez, volver a sus orígenes, y que todo lo que hacían las vanguardias era entrar como elefante en una cacharrería», recuerda Pradillo.

Hasta 1949, cuando el gran éxito que tuvo el estreno de «Historia de una escalera» supuso que se centrara únicamente en el teatro, Buero Vallejo pintó «retratos, bodegones y una serie de escenas populares que le encargó un mecenas de Guadalajara». «Lo que hizo es seguir el estilo realista y el misterio de la luz, que intenta captarla como lo hubiese hecho Velázquez», explica el historiador.

Si el padre de Buero contribuyó a la formación artística del «pequeño Toni», su amigo el poeta Miguel Alonso Calvo, que firmaba con el seudónimo de Ramón de Garciasol, fue quien le transmitió las ideas políticas que casi le cuestan la vida: Buero Vallejo estuvo seis años en la cárcel (entre 1940 y 1946) y llegó a estar condenado a muerte por comunista.

Crisis en República

La Guerra Civil y la posterior dictadura de Franco marcaron a Buero Vallejo, cuyo teatro se puede calificar de realista, empeñado en reflejar las desigualdades e injusticias de la época que le tocó vivir. Sin embargo, la última etapa que vivió en Guadalajara, que es la de la República, también le dejó huella. «La ciudad estaba inmersa en un proceso de crisis: en 1931 se cierra la fábrica de coches y hay 2.000 despidos, y un año después también cerró la Academia de Ingenieros. En aquellos años, Guadalajara era un anticipo de lo que iba a ser la España de posguerra», asegura Pradillo.

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