Voltaire dando la bienvenida a invitados en Suiza, pintado por Jean Huber
Voltaire dando la bienvenida a invitados en Suiza, pintado por Jean Huber - ABC

La pasión más desconocida de Voltaire: el vino de Canarias

El escritor, historiador, filósofo y abogado del siglo XVIII disfrutaba de la calidad de los productos de las islas en su exilio suizo. «Deben de caer muy cerca de la tierra prometida», afirmaba del vino canario

Las Palmas de Gran CanariaActualizado:

Corría el año 1770 y Voltaire, es decir, François-Marie Arouet, no se encontraba en Francia, sino exiliado en Ferney, Suiza. Habiendo cumplido ya los 76 años, se apasionó por la fabricación de relojes de lujo en los que incorporaba retratos de esmalte. Los primeros que fabricó fueron regalados al rey Luis XV y a su delfín.

Pero en junio de 1770 comenzó a hacer uno con destino a Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, que en aquellos días era el presidente del consejo de Castilla, eje principal del gobierno monárquico durante la Edad Moderna.

Aranda había recibido grandes distinciones y su reconocimiento era unánime por una serie de iniciativas como la reforma agraria, la colonización de Sierra Morena, las medidas regalistas, el apoyo a las Sociedades Económicas de Amigos del País y en la elaboración del llamado Censo del Conde de Aranda (1768-1769), el primer censo de población que se hizo en España. Por todo ello hasta el propio Voltaire escribió sobre que «con media docena de hombres como Aranda, España quedaría regenerada».

Lobby

Con el reloj casi terminado, Voltaire, el escritor, historiador, filósofo y abogado del siglo XVIII, escribe al marqués de d’Ossun, embajador de Francia en Madrid, para que le prestara ayuda para hacer llegar su reloj a España al tiempo que le pide ayuda para ampliar la distribución de sus manufacturas en nuestro país. De hecho el reloj que fabricó para Aranda sería el primer lanzamiento de sus relojes y debía extremar su puesta en escena.

El 6 de marzo de 1771 envía una caja de relojes al marqués de d’Ossun y acompaña de una carta para Aranda excusándose porque el dibujante de su villa había pintado mal los rasgos del conde, y aunque algo desfigurado, al menos conservaba la apariencia del estadista español. Aranda agradecido ante tan noble regalo responde al patriarca de Ferney obsequiándole con paños, porcelanas de su fábrica de Alcora y varios vinos.

«Tierra prometida»

En la carta, le dice, «tengo la manufactura de vuestros vinos por la primera de Europa. No sabemos a cuál dar la preferencia, al Canarias o al garnacha, al malvasía o al moscatel de Málaga. Si este vino es de vuestras tierras, deben de caer muy cerca de la tierra prometida. Nos hemos tomado la libertad de beber a vuestra salud, en cuanto han llegado. Juzgad qué efecto habrán hecho en gentes acostumbradas al vino de Suiza», afirma Voltaire.

Fueron tantos los elogios recibidos por Aranda que además fueron conocidos por muchos miembros del gobierno suizo que se comenzó a temer que este estuviera siendo tentado por ciertos círculos franceses.

Dice Manuel Godoy en sus memorias que a Aranda le embriagaron los elogios de los enciclopedistas, que se habían propuesto reclutarle para sus doctrinas. Años más tarde, en 1773, el gobierno de Carlos III lo destinó a París como embajador de España o como algunos presumían como un destierro dorado que luego no lo fue tanto.

El comercio

En Francia desarrollaría una importante labor en pro de la independencia de las trece colonias. En esos primeros años en París Aranda, volvió a hacer alarde de los productos españoles y en particular de los de Aragón. En cierta comida en la corte la reina Antonieta presentó a Aranda unas sabrosas anguilas y quesos de su país de las que apenas probó bocado alguno el embajador.

Dejando a un lado la relevancia de Aranda en París en los años de la Guerra de Independencia, lo que realmente se puede preguntar cualquiera cómo llegaban los vinos canarios a Suiza desde España. En particular, quien le vendía los vinos canarios al conde de Aranda en 1771. Solamente hasta 1778, y por el asunto de un ataque corsario, es cuando familia Cólogan y el embajador de España en París entran en contacto.