Salvador Sostres - Crónicas del abismo

Vuelve el pasteleo

Lo de ayer tiene mucho más que ver con el espíritu y el carácter catalán, la interminable retórica comercial de Convergència ¡y Unió! que con la unilateralidad, lo irreversible y el todo o nada

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Vuelve el pastelo, la antigua CiU dispuesta a amagar con el conflicto para comparecer como los mediadores y cobrar por ello. La extrema intensidad con que hemos vivido estos días, las ansias, las provocaciones y lo cerca que hemos estado -y que todavía estamos, aunque menos- de hacer saltar por los aires la convivencia, la continuidad democrática y lo bien que vivimos, hace que en esta hora veamos la declaración de ayer del presidente Puigdemont como otro de sus desafíos, pero fue todo lo contrario. Si hubiera querido declarar la independencia lo hubiera hecho, pero dijo sólo lo que dijo y dejó expresamente en suspenso algo que deliberadamente no había declarado.

Aunque el problema no está resuelto ni el Gobierno puede tomar por amigos a los que buscan ganar tiempo y espacio, la declaración de ayer abre más puertas de las que cierra y que asumir «un mandato» no es declarar nada. El presidente Rajoy no está obligado a tomar decisiones drásticas y puede defender el Estado de Derecho sin hallarse en el escenario más grave. Estuvo fino el ministro de Justicia al señalar que se había producido una «no declaración de independencia». Acabamos el día mucho mejor de lo que esperábamos.

La CUP y los independentistas hiperventilados estaban ayer indignados con lo que algunos tildaron de «gatillazo» y los más radicales de «traición intolerable». Los concentrados en la avenida de Lluís Companys -la avenida se llama así, no es una metáfora de Pablo Casado- se marcharon decepcionados a sus casas precisamente porque no hubo declaración de independencia ni nada más que un juego de palabras: arriesgado, eso sí, pero juego al fin y al cabo y un juego que empata, aunque sea a lo lejos, con la tradición ya casi olvidada de CiU, que de repente volvió a nuestras vidas como siempre vuelve, de vez en cuando, la moda de los calcetines de rayas. Además, tiene mucho más que ver con el espíritu y el carácter catalán la interminable retórica comercial de Convergència ¡y Unió! que no la unilateralidad, lo irreversible y el todo o nada. Entre lo que parecía una inexpugnable selva espesa se ha abierto una pista de aterrizaje de posibilismo equilibrista y Rajoy es el rey del enjuague.

Tal como Puigdemont ha rebajado el tono, ha disgustado a la CUP y ha frustrado a la calle, el Gobierno tienen que hacer el mejor uso de su frialdad, de su inteligencia, de su sentido de Estado y de la protección de nuestra convivencia y nuestro bienestar y no caer en la tentación de querer satisfacer a las histéricas hiperventiladas del otro lado. Las batallas importantes no se ganan con la entrepierna sino con el cerebro. No es más patriota quien más vocifera sino quien resuelve los problemas. Mientras Albert Rivera excita las bajas pasiones de los españoles es fundamental que el presidente se ocupe de proteger las más altas esperanzas. Rivera cada día recuerda más a los días en que Rosa Díez prefería condenarnos a tener que pedir el rescate para hacer quedar mal al presidente Rajoy a que encontráramos una solución que nos ahorrara tanto sufrimiento.

La farsa de ayer quedó definitivamente retratada en la fatua solemnidad con que los diputados de Junts pel Sí y la CUP firmaron una declaración de intenciones independentistas fuera del hemiciclo, simulando como activistas lo que no se atrevieron a proclamar como diputados. El Gobierno tiene más margen del que tenía y el independentismo está más aturdido, dividido y cansado de lo que jamás ha estado en los últimos cinco años.