Rosa Belmonte

Si eres español, ponte en pie

BarcelonaActualizado:

«Me da pena haber llegado hasta aquí», dice una señora de Barcelona tocándose el nudo de la garganta. El nudo de la bandera española que lleva de capa. «Nos violentaba la agresividad de los independentistas. Pero ya está bien. Si no somos mayoría, por lo menos somos la mitad». Según el profesor y escritor Félix Ovejero, la que salió ayer exultante a la calle fue «la sociedad que defiende derechos y libertades». Ovejero va más allá: «Esto es Cádiz 1812 actualizado». La manifestación se convocó hace unos días con palos y cañas por Societat Civil Catalana, y lo que había en la calle era la sociedad civil catalana. Llegaría gente de toda España, pero la mayoría (ayer nada silenciosa) era de catalanes hartos. Casi todos con banderas españolas. Muchos con senyeras. Un muchacho paseaba como alma en pena un cartelito de ‘Diálogo y respeto es mi bandera’, como si se hubiera equivocado de manifestación y hubiera querido ir a la blanca, la de esos que parecían sacados de ‘The Leftovers’. Modernos para el diálogo. Cualquier grito de «Puigdemont dimisión» se convertía inmediatamente en «Puigdemont a prisión». Pero todo era festivo. Los cánticos de «Que viva España» (con mucho loroloroló) o los vivas a la Guardia Civil y a la Policía (en la puerta de la Jefatura Superior de Policía). Nicolás Redondo contó que un policía se le había echado a llorar.

También había una canción con corro de la patata coreografiada por los más jóvenes. Se agachaban y cantaban: «Si eres español, ponte en pie». Lo repetían y se iban levantando. Las sentadillas del 8-O. Lo sorprendente fue que desde el vehículo de los altavoces (al que la gente no hacía ni caso) se pusiera ‘La mala reputación’, de Paco Ibáñez. Dejando de lado que el cantautor haya dicho que «La España enmohecida de Isabel la Católica no podrá contra la España republicana de hoy», alguna estrofa de la canción reza: «En el mundo pues no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado». Pero, vaya, también es cierto que nadie seguía a abanderado alguno, que cada uno iba al volante de su propia bandera.

En medio del jolgorio, y poco antes de las doce, apareció por la Vía Laietana y camino de Urquinaona un Mario Vargas Llosa jaleado por la multitud con Cayetana Álvarez de Toledo, presidenta de Libres e Iguales. En ese momento de ir abriendo paso hacia la cabecera aquello parecía la Vía Cayetana (para Vargas Llosa no tengo juego de palabras). Cuando acabó el acto, y después del discurso en el que habló de una ciudad medieval acosada por la peste, el Nobel tenía prisa. A 500 metros lo recogían, pero no podía pasar. Cayetana Álvarez de Toledo lo metió en un coche de la policía que había allí. «Estoy esperando a otra autoridad», balbuceó el conductor cuando vio al pasajero. «Esta es la autoridad», le dijo Cayetana. Y Mario llegó a su destino. Por la noche volaba a Moscú, viaje que pospuso para poder ir a la manifestación. Aunque antes de irse del escenario tuviera que soportar el tostonazo de Borrell. Como todos. Pero a pocos metros ya no se oía porque no se había previsto megafonía para la multitud (ahora, la improvisación no pudo con la emoción). Durante la manifestación, Mario Vargas Llosa también tuvo que aguantar a Albiol, que pegado a él saludada y manoteaba a un lado y a otro como si fuera la reina de Inglaterra. El coche que se llevó Mario Vargas Llosa estaba esperando a Albiol. Vas a joder tú al Perú (de ‘Conversación en la Catedral’).