España

Rajoy y Fernández, dos equilibristas para una investidura que pende de un hilo

Han hablado dos veces por teléfono y guardan las distancias. Les separan siete años y les une la parquedad de palabra

Mariano Rajoy y Javier Fernández, en 2014 en la inauguración de un tramo de la A-8 en Asturias
Mariano Rajoy y Javier Fernández, en 2014 en la inauguración de un tramo de la A-8 en Asturias - EFE
Mayte Alcaraz Madrid - Actualizado: Guardado en:

Mariano Rajoy estaba empeñado esa tarde del 26 de septiembre en transmitir un mensaje clave, robándole a Galdós uno de sus verbos favoritos: «No voy a zascandilear». El líder del PP salió del Comité Ejecutivo de Génova que festejó la mayoría absoluta de Núñez Feijóo, con la intención de decir a los medios que su único interlocutor en el partido que debía pasaportarle a la presidencia era quien paradójicamente no quería hablar con él pero que a esa hora todavía dirigía el PSOE: Pedro Sánchez.

En esa tarde del lunes los tambores de guerra ya sonaban en Ferraz y era previsible que, si Sánchez caía, más de uno coligiera que Moncloa había zascandileado y mucho con el sector crítico socialista para cambiar el paso del «no es no» hacia la abstención. Sin embargo -asegura un alto cargo del PP- lo de zascandilear o enredar no iba con Rajoy. Tampoco era un rasgo del carácter del otro señalado como partícipe en la tildada como última «conspiración» del bipartidismo: Javier Fernández. Las fuentes socialistas consultadas por ABC niegan que ni entonces ni ahora se hubieran concertado voluntades y mucho menos que los actuales líderes del PP y del PSOE mantengan una fluida relación.

Rajoy y Fernández, a los que separan siete años y acercan la prudencia y las pocas palabras, cuentan sus conversaciones privadas con los dedos de una mano, incluidas las mantenidas como presidente del Gobierno y como responsable del Principado de Asturias, respectivamente. La primera se celebró en 2012, meses después de que el dirigente asturiano ganara las autonómicas. «Ese primer encuentro -rememora un cargo socialista- no fue un buen comienzo, pues Moncloa anunció el encuentro antes de que el Gobierno asturiano lo cerrara y estuvo rodeado de polémica». Aun así, la cita se desarrolló en los cauces institucionales y entre ambos existió respeto y cordialidad. «Pero a la manera de ambos, claro, sin alharacas», matiza un miembro del equipo de Moncloa.

Desde entonces, los dos hombres sobre los que pivota la responsabilidad de que haya Gobierno antes de que acabe este mes han mantenido una relación a distancia. El presidente de la gestora socialista, cuenta un compañero que le conoce bien, «ha separado claramente su posición crítica con la dirección de su partido, que ha ido de menos a más desde diciembre aquí, con los avatares del PP y la investidura de Rajoy». Es tal, recuerda un destacado dirigente del PSOE, que «ambos han intentado eludir cualquier tipo de contacto que pudiera alimentar las sospechas de connivencia mientras la polémica gestión de Sánchez ahondaba la crisis interna en su partido».

El plan secreto de Sánchez

Ni siquiera en el mes de agosto, cuando el secreto a voces de que el exsecretario general socialista tenía un plan para alcanzar la Presidencia del Gobierno pactando con Podemos y con los independentistas (y la improbable abstención de Albert Rivera) alcanzó a ambos partidos hubo comunicación entre uno y otro. «Es evidente -recuerda una fuente popular- que a Moncloa llegaron rumores de esas gestiones discretas que el propio Pablo Iglesias desveló sin recato, siendo acallado por la dirección socialista. Pero nunca se habló con nadie que representara a la facción crítica del PSOE, que ya era más que evidente que estaba harta de Sánchez». Precisamente, reconoce esa misma fuente, una de las premisas que siempre ha querido mantener la nueva dirección socialista es separar la crisis socialista de la suerte que pueda correr Rajoy. En otras palabras: lo importante era la gobernabilidad de España y que se acabaran los bloqueos, no el horizonte del PP.

El cataclismo que vive el PSOE el primer fin de semana de octubre no pilla por sorpresa a Rajoy, como a casi ningún ciudadano tras la cascada de dimisiones, enfrentamientos y acusaciones que siguieron a la debacle socialista en Galicia y País Vasco. Es más, otro de los actores de esa crisis, Felipe González, hace público en los medios de comunicación el tamaño de la devastación. Primero pidiendo en «El País» a primeros de julio que no se obstaculice el Gobierno del más votado contra la opinión de Ferraz y luego señalando con el dedo a Pedro Sánchez, en una entrevista en la Ser, por haberle engañado cuando le prometió la abstención en la investidura fallida de Rajoy y mantuvo la negativa.

Consigna: no interferir

Pero la consigna entre los responsables populares es no interferir y dejar hacer a los nuevos dirigentes de la Gestora, con Fernández a la cabeza, y el escudero de Susana Díaz, Mario Jiménez, como portavoz. «Si hay algo que merece Javier Fernández -apuntan en el PP- es poder gestionar a su manera una crisis sin precedentes y por ello cualquier intervención por parte de otro partido está de más». Es evidente que la orden es seguida al pie de la letra y los otrora locuaces portavoces del PP cuidan sus declaraciones y por todo comentario se remiten a que «los problemas de otros partidos son asuntos internos que tienen que solucionar sus dirigentes».

Rajoy pide silencio a los suyos y se lo aplica. Hasta la mañana del 3 de octubre en que, por primera vez desde que estalló la crisis, llama por teléfono a quien será su interlocutor a partir de entonces. La llamada no es respondida por parte de Fernández, que a esas horas digiere junto a sus compañeros el convulso Comité Federal que ha supuesto la marcha de Sánchez. Será a las dos y media de la tarde cuando el dirigente socialista, terminada la primera reunión de la gestora, devuelva la llamada a Rajoy, que tiene que ausentarse de una reunión para atenderle. «Hablaron muy poco. El presidente le felicitó y se puso a su disposición para mantener un cauce de comunicación», detalla una persona conocedora de la conversación. Fiel a su promesa de no entorpecer la delicada labor del socialista asturiano, Rajoy le ofrece que sea él y a su manera el que elija cómo y cuándo comunicar públicamente esa charla. Lejos de querer capitalizar los primeros contactos entre los líderes del primer y el segundo partido en España, la prudencia demanda pies de plomo en un entorno de fuerte contestación interna de los fieles de Sánchez tras el terremoto en Ferraz.

No vuelve a haber ninguna aproximación entre los dos hasta que el miércoles 5 de octubre una cadena de declaraciones de dirigentes populares, entre ellos el portavoz parlamentario Rafael Hernando y el ministro Fernández Díaz, apuntan a que «al PP no le basta ya con la abstención técnica del PSOE» sino que reclaman mayor apoyo legislativo. Por primera vez, esa cortesía se rompe y provoca un gran malestar en la gestora socialista, dedicada noche y día a achicar agua en la turbulenta travesía hasta la investidura, con el PSC a punto de la fractura.

Por eso el jueves el presidente en funciones recibe, mientras se prepara para viajar a Torremolinos, la segunda llamada del líder asturiano que le pide, según desvela un cargo socialista, «que aclare si está de acuerdo con las declaraciones cruzadas de sus compañeros en las que pedían al PSOE una suerte de compromiso reforzado porque en ese caso no hay nada que hablar». No tarda Rajoy en desmentir a sus portavoces: no pondrá ninguna condición para la investidura y aunque prefiere un Gobierno con estabilidad está dispuesto a considerar cualquier posibilidad para evitar unas terceras elecciones a las que califica de «auténtico disparate».

En Moncloa respetan los tiempos de Fernández que ya solo tiene una semana hasta que se abra la ronda de consultas del Rey. De cómo manejar a su manera las crisis sabe mucho Rajoy. Por ello, apuntan en su entorno, «él como nadie entiende a la dirección socialista». Sin embargo, el presidente observa con preocupación la jugada, toda vez que el político asturiano, que sigue sin convocar el Comité Federal, ya ha admitido que le entienden más fuera que dentro. «Las terceras elecciones siguen sin estar completamente descartadas», admiten en el PP.

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