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Un problema sexual David Gistau

David Gistau - Actualizado: Guardado en:

Durante la pregunta inaugural de la mañana, daba la impresión de que Rajoy terminaría por mascullar a Hernando que fingiera un poco de cólera. Porque así, con maneras tan desganadas y con preguntas tan intrascendentes como la genérica sobre el modelo de televisión pública, a la gente le va a costar mucho creerse que el PSOE acude a la cámara a hacer oposición. O Hernando disimula un poco y ensaya con Rajoy un guión de reyertas de fogueo, como reñidas por los dobles para las escenas de acción, o el liderazgo opositor será transferido por completo a las tribunas gamberras. Porque Rivera directamente ni pregunta. Si fue mencionado durante la matinal fue sólo por la obsesión con la que Pablo Iglesias necesita tirarle siempre alguna tarascada, venga o no a cuento: azotarlo hasta hacerle sangrar.

Tampoco sirve el «show» autoparódico de Rufián, ante el cual hasta sus compañeros de partido se repantigan en el escaño dispuestos a descuadernarse de risa. Uno debería traerse un platillo para subrayar las «punch-lines», como en Las Vegas. A Rufián le ocurre lo que a las comedias españolas de los ochenta: cree que basta con decir en un lugar serio cosas como condón para «épater les bourgeois». Cuando en ese Hemiciclo se gritó ya hasta coño, concretamente, se sienten coño. Por ello, preguntó a Rajoy si planea estimular el uso del profiláctico -con lo que uno mismo se ha esforzado por gastar condones en la vida sin saber que hacía política de Estado, ¡Tching! (platillo)- mezclando los conceptos en esa garúa demagógica suya de la que resulta que cualquier comprador de un Jaguar está dejando a los pobres sin preservativos y sin pañales, o algo así. Por lo menos, y creo que por primera vez, todo ello nos permitió escuchar al señor de Pontevedra decir «sexual», que a Rajoy le salió más bien «sesual», a lo Chiquito de la Calzada, como haciendo un juego de palabras involuntario sobre las zonas erógenas ubicadas en el cerebro (¡Tching!).

La función del contrapeso quedaba por tanto encargada a los dos velocirraptores de la oposición fetén, Iglesias & Errejón. Se nota que se nos van apocando por la rutina en que ya no se besan, ni se abrazan, ni chocan manos como en un banquillo de baloncesto después de cada intervención. Iglesias, a quien nadie avisó de que Guerra ya convirtió en los noventa a Montesquieu en un cliché, se aventuró por la senda argumental de la separación de poderes para exponer su hipótesis de que en España, protectorado de Merkel, ni existe soberanía ni sirve para nada el parlamento. Da no sé qué, por cierto, escuchar defender el parlamento a quien no ha dejado de decir que es un cubil de élites porque «La Gente» está fuera y ni siquiera la representaba nadie hasta que llegó Podemos. Como es habitual, Rajoy dotó su respuesta de una cierta paciencia pedagógica para impartir a Iglesias una disertación sobre Derecho constitucional. «Creo que no es tan difícil», fue el remoquete final. Cuando se dirige a Iglesias, siempre parece un tutor que ha entrado en la habitación de un adolescente atorrante para explicarle, pidiéndole primero que baje la música, los peligros del sábado noche.

En vísperas del puente de la Consti, Errejón intentó la difícil pirueta de hacer pasar a Podemos por los únicos defensores auténticos de la Constitución del 78. Más fácil parece vender cuchillos japoneses en la teletienda. Cómo se abalanzan sobre sus móviles, los oradores de Podemos, en cuanto acaban. Cómo les gusta el tuiter.

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