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El primer cadáver David Gistau

David Gistau - Actualizado: Guardado en:

La noticia alcanzó el parlamento justo antes de que arrancara la sesión de control. Los periodistas, como suelen, estaban apostados en el corredor por el que se accede al Hemiciclo. Los primeros en llegar con las gabardinas moteadas por la lluvia, como Carlos Floriano, se enteraron por ellos de la muerte de Rita Barberá en el Villa Real, hotel contiguo al parlamento. Se les demudaba la expresión. Procuraban no hacer ninguna declaración y apelaban al respeto a la familia. Llegó entonces el presidente Rajoy, con el dolor impreso en el rostro. Maíllo, Hernando... Todos pasaban con un aire de conmoción que trataban de domeñar delante de las cámaras, pero no hablaban. Rajoy se encerró en el despacho del cual dispone en el parlamento y ahí permaneció hasta unos diez minutos después del horario de comienzo de la sesión. Con todos los presentes impresionados, con el tiempo parlamentario de repente suspendido, el timbre que convoca a los diputados se prolongaba y resultaba horrísono, como una alarma de bombardeo.

En Argentina, las barras bravas acostumbran a acceder al estadio con el partido empezado. Para hacer su gran entrada. La barra brava parlamentaria de Podemos hizo algo parecido cuando dejó sus escaños vacíos para no participar en el minuto de silencio por Rita Barberá y entró en bloque una vez consumido éste. Se ve que Rufián no está en el mismo grupo de «WhatsApp» porque no se enteró de que se había acordado ese repudio y dudó en su escaño entre levantarse o permanecer sentado. Al final se levantó, reticente, espeso y municipal. No hay una jornada parlamentaria en que Podemos no deje una muestra de su insondable bajeza moral. No hizo distinción entre adversarios y enemigos, entre la vida pública y la privada, entre el cargo y el ser humano. Tiene deshumanizado al enemigo como en las guerras, como en la Guerra que, mentalmente, aún libra. Faltos de empatía ante la muerte con el pretexto de la corrupción, conviene recordar que nada entorpece sus fusiones empáticas cuando las requieren terroristas. Que los autoengañados sigan disfrutando de lo Nuevo y de la Gente. Aunque hay que reconocer que, entre los diputados del PP, no todo fue respeto: «Así es la política, qué se le va a hacer». Morir uno solo en una habitación de hotel. Quebrado por la presión. Así es la política.

Y así es, también, el periodismo. Porque ahora estallará sin duda el debate sobre la cuerda de presos y la pena de telediario, sobre los linchamientos en tertulia, sobre el tremendismo de las piezas por cobrar que forman parte de la purga nacional. Esta época tiene ya su primer cadáver. Su primer cadáver literal, quiero decir, no civil, pues de esos hay muchos que adornan ya, como trofeos de caza, los salones de los medios que siempre ansiaron propiciar una atmósfera levantisca.

La sesión de control dejó de tener sentido: nadie estaba para atender una discusión sobre Pymes. Rajoy se marchó en cuanto pudo. Iba devastado, perfectamente capaz de distinguir la amiga del cargo que «ya no está en el PP».

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