Pablo Iglesias se abraza a Ada Colau durante un acto celebrado este lunes con motivo de la Diada en Santa Coloma de Gramanet
Pablo Iglesias se abraza a Ada Colau durante un acto celebrado este lunes con motivo de la Diada en Santa Coloma de Gramanet - EFE
Manuel Marín - Análisis

Podemos, a lo suyo

Ada Colau está dispuesta a prestar locales municipales para colocar urnas cuando el separatismo le ofrezca un imposible: una fórmula «imaginativa» que impida el procesamiento o la inhabilitación de los funcionarios de base

Manuel Marín
MadridActualizado:

La calculada ambigüedad de Ada Colau con la consulta independentista tiene en Pablo Iglesias al inspirador de un objetivo ulterior. La secesión de Cataluña es un mal menor o un daño colateral secundario si al final este desafío al Estado es solo el precio a pagar por expulsar al PP del poder. Colau camina en el alambre. Es ferviente partidaria del referéndum ilegal y está dispuesta a prestar locales municipales para colocar urnas, pero lo hará siempre y cuando el separatismo le ofrezca un imposible: una fórmula «imaginativa» que impida el procesamiento por desobediencia o la inhabilitación de los funcionarios de base.

La duda es si el PSC se prestará a ser comparsa de esa trampa como socio de Gobierno municipal. Colau ya no puede negar su esencia independentista. Solo está fabricando una sutil coartada para que cuando su Ayuntamiento no pueda declararse en rebeldía al estado de Derecho, ella sea identificada por el separatismo como una voluntariosa colaboradora y no como una traidora a su causa. Sufre el «mal del árbitro», pero no por la búsqueda imposible de justicia universal, sino por su inmoral propósito de tratar por igual al verdugo y al condenado.

Conscientemente o no, la alcaldesa de Barcelona está sirviendo a los intereses estratégicos de Pablo Iglesias. Las marcas de Podemos en Cataluña están hechas añicos. Y mientras unos acuden a actos convocados por la CUP y Otegi como sumisos cooperadores necesarios de un golpe de estado al sistema, otros se manejan en la ambivalencia para sacar rédito a su auténtico objetivo: conformar una alianza de la izquierda radicalizada -independentista o no, es lo de menos- para forzar una moción de censura en el Congreso contra Mariano Rajoy. Son el «odio a España» y el «odio a la derecha» unificadas bajo la fórmula global del «odio al sistema».

Iglesias aprovechó la Diada para apartarse sibilinamente de la sedición haciendo a su vez un ofrecimiento expreso a ERC: negociar en el futuro un referéndum pactado y «legal» sobre la independencia de Cataluña si ERC se convierte en socio preferente de una alianza entre Podemos y el PSOE para poner fin a la legislatura de Rajoy. En el imaginario de Iglesias está incluido el PNV, a quien la izquierda pretende «rescatar» de Rajoy generando la expectativa de un próximo «buffet libre de naciones». Incluso, Iglesias maneja la remota esperanza de que Ciudadanos reniegue de su apoyo a Rajoy, con Rivera resignado ante la evidencia de una izquierda lanzada en aluvión. Iglesias está en eso. Pedro Sánchez… aún no lo ha negado.

Manuel MarínManuel Marín