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Penúltimos castigos Salvador Sostres

Puigdemont anunció el miércoles el referendo de los que no sabían qué hacer, de los que se habían enredado en sus propias contradicciones y en su propia mediocridad, y no sabían cómo continuar flotando. Y a falta de ideas nuevas, y tirando de viejas rendiciones, recuperaron la idea del referendo pactado con el Estado, y si no puede ser, del referendo unilateral e ilegal que ya desembocó en aquella fiesta de cumpleaños el 9 de noviembre de 2014.

Como sucede siempre con las mentiras, la siguiente desmiente a la anterior, de modo que con este nuevo anuncio de referendo vinculante se acepta que el del 9-N fue un fraude, o que más directamente no existió. Esto no deja de ser un buen primer paso en la correcta dirección, pero contiene un desafío que sería un error ignorar.

Ni Puigdemont ni Junqueras están dispuestos a jugarse la vida, ni siquiera la inhabilitación, por un brindis al Sol que ellos son los primeros que saben que no lleva a ninguna parte; pero la nuestra es una era incierta y marrullera en que no siempre es fácil frenar a tiempo ni controlar las consecuencias de todos los actos.

Sería prudente que el Estado tuviera pensada alguna estrategia o respuesta contundente, al contrario de la improvisación y la precariedad con que afrontó la patochada del 9 de noviembre, la que hoy hasta los independentistas asumen que fue un fraude. Porque aunque no forma parte de las actuales intenciones ni del presidente ni del vicepresidente de la Generalitat, no es totalmente descartable que, empujados por la presiones y las circunstancias de última hora, uno de ellos o ambos se sientan forzados a hacer «algo más» que a convocar elecciones anticipadas ante la imposibilidad de celebrar el referendo legal.

De momento, nos quedamos con el detalle de Puigdemont de encargarle a Junqueras la organización del tal referendo, con el doble objetivo de conseguir, o bien que si al final se acobardan y no lo hacen, también los republicanos queden emponzoñados ante la masa independentista, y no sólo los tontitos convergentes de toda la vida; y que si por lo que fuera al final cruzan la línea roja, no sólo Puigdemont sea inhabilitado, sino también Junqueras.

Digamos que Convergència todavía no ha sabe qué es, ni quién, ni cómo ha de llamarse, ni si sabrá sobrevivir; pero ha aprendido la lección fundamental de llevarse, en caso de naufragio, también a Esquerra por delante.

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