Pedro Sánchez dimite La deriva del PSOE: El síndrome Rosetta

Acomplejado por el marcaje de Podemos, el PSOE vive una crisis de liderazgo y de proyecto que amenaza con volverse autodestructiva. Podemos ha desestabilizado el papel estructura del PSOE y ha abrasado su prestigio de referencia

Sin la irrupción de una fuerza como Podemos y el movimiento del 15-M, el PSOE continuaría hegemónico en el flanco izquierdo del arco ideológico español
Sin la irrupción de una fuerza como Podemos y el movimiento del 15-M, el PSOE continuaría hegemónico en el flanco izquierdo del arco ideológico español - ÓSCAR DEL POZO
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La clave se llama Podemos. Sin la irrupción de una fuerza capaz de catalizar el malestar que expresó el movimiento 15-M, el PSOE continuaría ejerciendo sin mayores problemas el papel de partido-alfa de la izquierda. Fue el surgimiento en 2014 de la plataforma electoral de Pablo Iglesias, incubada tras dos años de protagonismo televisivo, el factor que desestabilizó a una socialdemocracia convaleciente del hundimiento zapaterista. Todos los problemas que arrastraba una organización escombrada por la traumática pérdida del poder cristalizaron ante la aparición de una repentina competencia que enarbolaba las banderas del descontento tras ablandar el terreno mediante la expansión de un discurso antisistema reforzado con potente presencia mediática.

Desde entonces, el Partido Socialista vive en una doble crisis de liderazgo y de proyecto, entrelazada con retroalimentación perversa. El triunfo del relato populista, una destilación extrema de la semilla rupturista sembrada en tiempos de Zapatero, ha impedido su asentamiento en la oposición al desequilibrar el esquema turnista del bipartidismo. La presencia de Podemos ha desestabilizado a la veterana organización, amenazando su papel estructural y achicharrando su prestigio de referencia. Los escándalos de corrupción permitieron al nuevo movimiento heredero de la sacudida quincemayista identificar las siglas socialdemócratas con la odiosa «casta» caracterizada como culpable de la crisis mediante una retórica inflamada. Falto de dirección estratégica, el socialismo no ha sabido sacudirse ese marcaje que ha llegado a convertirse en una obsesión colectiva.

El estallido de la actual confrontación interna, de una virulencia superior a la que enfrentó a guerristas y renovadores en los años noventa, responde a esa parálisis que ha incapacitado al PSOE para reconstruir su vocación de mayoría social. Pedro Sánchez se ha mostrado un líder insustancial que, carente de ideas con las que articular un proyecto estratégico, se ha apoyado en Podemos para minimizar sus sucesivas derrotas electorales y resistir en su cargo mediante una impugnación simplista del Gobierno de Mariano Rajoy. El célebre «no» se ha convertido en la única seña de identidad de un partido que durante tres décadas ha ejercido como el gran estabilizador de la política española. Ni siquiera del partido entero, sino de la minoría encastillada en el aparato federal que ha radicalizado a la militancia en busca del parapeto de una legitimidad directa. La esencia del populismo.

«Podemizar» el PSOE

Los disidentes del sanchismo acusan precisamente al secretario general de haber «podemizado» el PSOE. Un método populista destinado a saltar sobre la estructura orgánica, mayoritariamente crítica con la línea oficial. Entre las múltiples fracturas internas que han quebrado la unidad socialista se encuentra la que establecen las responsabilidades de gobierno; no es en absoluto casual que la oposición a Sánchez provenga de los dirigentes territoriales obligados a hacer política concreta, alejada de los laboratorios de un equipo directivo que no ha ocupado una simple concejalía. Gente a la que negociar con los intransigentes e inexpertos cuadros de Podemos provoca síntomas de cefalea.

La paradoja es que fueron esos barones, liderados por Susana Díaz, quienes auparon a Sánchez tras la renuncia de Rubalcaba, dimitido por un fracaso en las elecciones europeas de mucha menor escala que los cosechados consecutivamente por su sucesor. Sánchez fue en realidad cooptado por la nomenclatura territorial. Lo vieron, por su procedencia burguesa y su discreta trayectoria universitaria, como un político de perfil centrado que podía frenar a Eduardo Madina, considerado un izquierdista de carácter pusilánime y proclive a entenderse -pese a su condición de víctima de ETA-con los nacionalistas. Lo que pasó después es un proceso viejo como el poder mismo: el nuevo secretario general se desembarazó de las tutelas y apeló a su victoria en las primarias para investirse de sus propias aspiraciones. Díaz, que lo había respaldado como solución transitoria hasta sentirse en condiciones de lanzar ella misma su candidatura, se convirtió en su peor enemiga. Y el intento de Sánchez de superar el acoso y sus sucesivas derrotas electorales trazando acuerdos con Podemos y el soberanismo catalán ha sido el detonante último de la actual batalla fratricida.

Más allá de los pulsos de liderazgo, la crisis socialista obedece también a un debate de modelo. Por un lado el de la propia organización, en la que los barones desean mantener el papel de la estructura frente a la pulsión asamblearia de Sánchez. Por otro, el de la propia identidad política del partido, que el actual líder ha escorado a la izquierda acercándose peligrosamente al rival que pretende sustituirlo como referencia. En ese sentido, el PSOE no ha logrado superar el síndrome de orfandad y desconcierto en que lo sumió el desplome de Zapatero. Su sensibilidad colectiva tiende a identificarse con el modelo de alegre bienestar de la primera etapa zapaterista pero no encuentra la manera de compatibilizarla con el ejercicio de equilibrio presupuestario impuesto por la Unión Europea desde los años de la recesión.

Discurso zapaterista

Por ende, Podemos ha asumido y radicalizado el discurso de fondo del zapaterismo. El cuestionamiento de la legitimidad constitucional y de la Transición como fuente fundacional del sistema. El aislamiento de la derecha y la ruptura del consenso de Estado. La aproximación a las reivindicaciones plurinacionales del soberanismo. Y la extensión de una ética social indolora y estatalista, refractaria a los sacrificios impuestos por la crisis. Levantado sobre los cimientos del 15-M, el movimiento populista ha aprovechado el descontento por los estragos de la quiebra para arrastrar la simpatía de las generaciones crecidas bajo el proteccionismo zapaterista. Y la ha usado contra el propio PSOE, señalándolo como uno de los bastiones del régimen que quiere destruir. El resultado es un profundo complejo ideológico que atenaza a los socialdemócratas y les impide la reconstrucción por el flanco de centro sobre el que, hasta la llegada de Zapatero, había cimentado sus mayorías.

La ferocidad del enfrentamiento actual ha arrastrado al partido hacia un abismo cainita. Por primera vez se contempla con seriedad el fantasma de la escisión o al menos de una insoluble fractura. El PSOE vive entre dualidades: jóvenes y veteranos, votantes urbanos y rurales, partidarios de la moderación y de la radicalidad, simpatizantes emocionales con Podemos y acentuados detractores. La bronca va a dejar secuelas graves dentro y una intensa desmotivación fuera, entre simpatizantes y votantes. «Vamos como la nave Rosetta, hacia la autodestrucción programada», comenta con desolación un antiguo dirigente asombrado del nivel de encarnizamiento de la pugna. La metáfora incluye otra semejanza: el explorador espacial fue lanzado en 2004, coincidiendo con la llegada al poder de Rodríguez Zapatero. El último período feliz del Partido Socialista, cuya pujanza escondía, sin embargo, los defectos estructurales que han desencadenado esta deriva.

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