Luis Herrero - PINCHO DE TORILLA Y CAÑA

El paciente pontevedrés

«Aplicar el artículo 155 una vez que el Parlament haya proclamado la República de Cataluña, no será un acto de valentía. Será un acto de defensa propia»

Luis Herrero
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Y el jueves, al fin, habló el mono sabio. Minutos después de que Aznar difundiera una nota pidiéndole que convocara elecciones si no se encontraba con ánimos para gobernar, nos hizo saber que no estaba sumido en la inacción o sobrepasado por los acontecimientos, sino apostado al borde del camino, vigilante como un rottweiler, aguardando el momento propicio para salir en defensa de la Constitución. «Haré lo que crea que es mejor para España en el momento que me parezca más oportuno. Sé que no es fácil, pero también me correspondió en su día tomar otra que tampoco lo era». Nos recordaba así que su temple pontevedrés evitó que los hombres de negro vinieran a intervenir la economía del país en 2012. Aquella apuesta personal por la paciencia le granjeó entre los suyos una fama de gurú que todavía perdura.

Uno de los principales barones territoriales del PP me dijo el otro día, tirando de metáfora cinematográfica, que la situación que estamos viviendo le recuerda mucho a esas escenas de las películas bélicas en las que un regimiento está preparado para repeler la acometida del enemigo y aguarda impaciente la orden del coronel para abrir fuego. La tensión crece. Los atacantes se aproximan. Los dedos se ciñen a los gatillos. El tiempo se acaba. Los espectadores se remueven en sus asientos. Los soldados se preguntan a qué espera su jefe para dar la orden de disparar. «Pero todos sabemos -me dijo mi interlocutor a modo de conclusión- que él dará la orden en el momento preciso. Es el único que tiene toda la información y ya ha demostrado otras veces que maneja los tiempos con maestría».

No sé qué es peor, si la fe ciega de los dirigentes populares en su líder indiscutido o la presuntuosa arrogancia de Rajoy a la hora de demandarla. En vísperas del 1-O, hace justo una semana, el paisaje de la actualidad ya preludiaba una derrota del Estado. No hacía falta tener gargantas profundas en el CNI, ni policías infiltrados en los Mossos, para llegar a la conclusión de que el propósito gubernamental evitar la votación promovida por las autoridades catalanas iba a pinchar en hueso. Bastaba con abrir los ojos y afinar el oído. Pero Rajoy, tenaz en el tancredismo, ni ve ni oye. Fallaron todas sus previsiones.

Él creía firmemente -informo, no opino- que las urnas iban a ser interceptadas antes de llegar a los colegios y que los Mossos obedecerían las órdenes judiciales. Pero se equivocó de lleno. También Soraya Sáenz de Santamaría, el mismo día que se convocó el referéndum, vaticinó ante los periodistas que muy pocos consellers se atreverían a firmar el decreto y luego vimos que lo firmaron todos. El Gobierno, hasta ahora, no ha dado ni una. La desinformación en la que vive es aterradora. ¿Y aun así se atreve a pedirnos fe ciega en su destreza auxiliadora? Hasta ahora ha sido incapaz de impedir que los independentistas fracasen en uno solo de los objetivos que se habían marcado. Tienen leyes de desconexión, funcionarios comprometidos con la desobediencia, brigadas ciudadanas en la calle y el presunto mandato de dos millones de votantes que el pasado domingo se pasaron por el forro de sus caprichos la prohibición constitucional de acudir a los colegios electorales.

Lo próximo es la declaración de independencia. Y si Rajoy aún cree que puede evitarla en el último minuto, como evitó la intervención de los hombres de negro, pincho de tortilla y caña a que se equivoca. Cuando un avión rebasa el punto de no retorno en la maniobra de despegue ya no tiene más opción que seguir adelante. O se eleva o se estampa. No hay término medio. Por eso conviene dejar claro, antes de que suceda, que el Estado está apunto de anotarse otro estrepitoso fracaso. Aplicar el artículo 155 de la Constitución, una vez que el Parlament haya proclamado la República de Cataluña, ya no será un acto de valentía. Será un acto de defensa propia. Si después de ese día el Gobierno catalán aún conserva el pleno ejercicio de sus competencias, Rajoy se convertirá en cómplice de la rebelión y tendrá que responder ante la justicia.

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