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Pablo Iglesias y las mujeres Mayte Alcaraz

Pablo Iglesias junto a mujeres de la cúpula de su partido
Pablo Iglesias junto a mujeres de la cúpula de su partido - ÓSCAR DEL POZO
Mayte Alcaraz - Actualizado: Guardado en:

Hace unos días Pablo Iglesias, para reivindicarse como azote del clasismo, reducía la labor de su abuela a «sirvienta» de señoritos. No era la primera vez que aludía públicamente a su familiar a la que en la campaña municipal de 2015 sacó a relucir como ejemplo de la escasa atención ciudadana a los mensajes políticos. Semanas antes había expresado un muy revelador y despreciable deseo respecto a la periodista Mariló Montero: «La azotaría hasta que sangrase…». Hace unas horas jibarizaba el papel femenino a «cuidar» de los hombres como haría una madre. No consta si aclaró que ese cometido lo hace extensible a las mujeres que le acompañan en Podemos. Es decir, si lo que realmente hacen Carolina Bescansa o Irene Montero (yo espero que no) es «cuidar» al macho alfa de la manada que, naturalmente, es él. Demostrado tiene que a sus parejas les agasaja con puestos de responsabilidad y un cargamento de confianza política que tira al desagüe cuando la relación acaba. Primero fue Tania Sánchez y mañana lo puede ser, Trotsky no lo quiera, Montero.

No es que crea yo que deba temer nada su actual jefa de gabinete pero la experiencia de Tania Sánchez es indiciaria del escaso aprecio que guarda Iglesias por el trabajo femenino, más allá de los manuales de propaganda elaborados en la Facul de Políticas. Una vez que su noviazgo con Iglesias acabó y entre los dos, con la ayuda de Alberto Garzón, acabaron con IU, su apoyo a la prometedora carrera de Tania Sánchez se esfumó. Y ahora dice en privado lo más grande de ella y de Rita Maestre, ambas perdedoras en la carrera por ganar la jefatura de Podemos en Madrid. Yo te puse, yo te quité.

Qué tiempos aquellos en los que el líder de Podemos afeaba a la Prensa que le preguntaran por su anterior pareja. La llamaba Prensa machista. En aquel momento se acusaba a Tania Sánchez de haber concedido contratos a la empresa en la que trabajaba su hermano cuando era concejal en el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid y precisamente sobre ese particular una informadora -sí, también una mujer- le planteó una cuestión y le cayó la del pulpo por parte de este feminista a ratos. Luego se permitió criticar que Esperanza Aguirre, de nuevo otra mujer, no contestara a los requerimientos sobre los negocios privados de su marido. Nada tenía que ver un caso con otro porque ni el esposo de la dirigente madrileña era un cargo público ni parece que hubiera sido nombrado para puesto alguno en el Ayuntamiento. Pero la cara B de Iglesias empezaba a despuntar al ritmo de su incoherencia.

No sé yo si es más machista interrogar a un político sobre su compañera sentimental que ocupaba un papel muy relevante en el partido u ofrecerle a la diputada del PP, Andrea Levy, hacer de alcahueta para que pudiera tener un acercamiento a su compañero, el también podemita Miguel Vila. Pero Iglesias es así. Blanquea su verdadero ser con media docena de twitts y alguna pancarta feminista al uso. Hace unas horas atizaba sin piedad al alcalde del PP de Alcorcón, David Pérez, responsable de unas lamentables palabras sobre algunas feministas. Por lo menos, el diputado popular se refirió a «algunas» feministas. Iglesias, me temo, ha nacionalizado para todas su bajuno concepto de la mujer. Y las que trabajan con él lo saben. Algunas callan pero otras empezarán a hablar pronto.

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