España

El día en que intentaron «secuestrar» a Franco

Franco vivió toda su vida con el convencimiento de que al comienzo de la guerra estuvo a punto de ser secuestrado por un misterioso personaje que lo atormentaría siempre

El General Francisco Franco llega a Sevilla procedente de Marruecos, en un Douglas DC-2 de las líneas aéreas postales de España
El General Francisco Franco llega a Sevilla procedente de Marruecos, en un Douglas DC-2 de las líneas aéreas postales de España - SERRANO
Joaquín Bardavío Madrid - Actualizado: Guardado en:

En la noche del 10 de noviembre de 1936, se depositó sobre la mesa del despacho salmantino del Generalísimo Franco el parte de incidencias del día. Todas las jornadas sucedían hechos de armas, cambios de posiciones y un largo etcétera de avatares que pueden suceder en una guerra.

Ese día no había habido hechos de gran relevancia: unos bombardeos de aviación sobre sus tropas en el frente de la Casa de Campo de Madrid, una nota de sus espías que le avisaban de que el Gobierno de la República trasladaba cuadros del Museo del Prado para preservarlos de la guerra y la noticia de que un copiloto había desertado a los mandos de un Junker-52 cargado de bombas y había volado a un aeródromo enemigo. Y cuando Franco leyó el nombre del aviador, se le alteró la respiración y dijo su nombre en voz alta: «¡¡ Ananías!!».

El Generalísimo se desconcertó y recordó. El día anterior había volado de Salamanca a Escalona (Toledo) para hablar con el general Varela de asuntos de guerra y fue advertido por el piloto del aparato, el alférez Ureña, de que procurase terminar a tiempo para regresar de día, puesto viajaban con referencia visual y él no estaba avezado en vuelos nocturnos.

Pero Franco hizo caso omiso y regresaron de noche. En un momento dado, Ureña dijo haberse despistado y su segundo, el sargento Ananías San Juan, le hizo indicaciones que a Franco le parecieron incorrectas y entabló conversación con el alférez, a quien le ayudó a enfilar el aeródromo salmantino.

Un informe urgente

Cuando conoció el nombre del desertor, el Generalísimo lo relacionó, sin lugar a dudas, con un intento de secuestro por parte de Ananías, quien habría intentado desviar el rumbo para tomar tierra en un aeródromo republicano.

Y Franco quedó vivamente impresionado por lo cerca que creyó haber estado de morir por fusilamiento. Pidió con urgencia un informe sobre el sargento desertor y de las circunstancias del incidente.

Horas después le fue entregado: Ananías San Juan Alonso había nacido en la burgalesa Santa María del Invierno en 1904 e ingresó en Aviación en 1922, se hizo mecánico montador, realizó cursos, alguno con el número uno y en 1933 era sargento segundo piloto en aviones Fokker y Junker destinado en Cabo Juby, en la llamada «Escuadrilla del Desierto».

Asestado el golpe de Estado en Marruecos, aproximadamente a las 12, 30 de la mañana del día 18 de julio, el teniente Alfredo Arija abordó un Fokker 20-2 con el alférez Mario Ureña como segundo y con tres tripulantes más, entre ellos el sargento piloto Ananías San Juan. Se dirigieron a la marroquí Larache, donde pernoctaron y, al día siguiente, volaron al aeródromo de Sania Ramel en Tetuán. Ananías había desertado por primera vez.

Franco leyó en el informe que Ananías, tras su deserción, fue destinado a Salamanca y luego al aeródromo de Escalona .y se incorporó a una escuadrilla de Junker- 52 como segundo piloto de Ureña. El aeródromo de Escalona era provisional, rudimentario, con una pista de tierra arcillosa, sin apenas instalaciones más allá de unos barracones, con los aviones resguardados en un olivar y las bombas almacenadas en un agujero-polvorín en terreno abierto. Aquel 10 de noviembre de hace 80 años, al sargento Ananias San Juan se le ordenó que pusiera el Junker en posición para ser cargado con bombas. Como ese modelo de avión tenía el vientre muy bajo, para municionarlo se colocaba sobre una zanja donde se almacenaban los explosivos. Una vez cargado, Ananías subió a los mandos, arrancó, recorrió unos metros y se vio ante la pista.

Y parece ser que en ese momento se le ocurrió avanzar por ella y aceleró hasta tomar velocidad para el despegue. Sus compañeros quedaron extrañados, se miraron unos a otros buscando respuesta el inesperado ascenso del aparato. Ananías había desertado por segunda vez y aterrizaría, tras un vuelo a baja altura durante una media hora, en el aeródromo- escuela «Barberán y Collar» de Alcalá de Henares.

El piloto sería recibido, como no podía ser menos, en grado de apoteosis. Además del preciado avión, los republicanos recibieron 1.800 kilos de bombas que irían destinadas a explotar entre los rebeldes. Ananías San Juan fue inmediatamente ascendido a alférez y, pronto, a teniente.

La deserción final

Informes recabados por el mando rebelde revelaron que Ananías no era conocido por ideas políticas explícitas. Sus ex compañeros no se explicaban la deserción, no hablaba de política y era disciplinado. Una vez pasado a zona republicana, Ananías aclaró a sus nuevos compañeros que estaba muy molesto por la injerencia de alemanes e italianos en la guerra de España porque él pensaba que era un asunto a resolver por españoles. Aunque es de suponer que aprobaba la intervención de asesores militares, tanquistas y pilotos rusos, así como de las brigadas internacionales.

Pero hubo algo muy importante que el mando rebelde ignoraba. Ananías ni entonces ni nunca, hizo mención a que en ocasión alguna se le ocurrió el secuestro de Franco. Ni siquiera mencionó la breve conversación en la que intervino sobre el rumbo en el vuelo en que iba de segundo piloto con el Generalísimo de pasajero. La consideró intrascendente y la olvidaría.

Sin embargo Franco ató el cabo de lo sucedido en aquel vuelo con la deserción de Ananías, para concluir indubitadamente el intento de su secuestro. Y el nombre de Ananías, muy fácil de memorizar, lo llevó grabado de por vida. Fue algo que contó docenas de veces, mientras que el aludido vivió siempre en supina ignorancia de ser un protagonista destacado en la los recuerdos del Generalísimo.

Y Franco leería otra vez su nombre. El día dos de enero de 1937, en el frente de Andalucía, dos Tupolev SB-2 Katiuska gubernamentales regresaban a su base cerca de Andujar, en Jaén, tras haber realizado sendas misiones de bombardeo. No tenían contacto visual entre sí y el piloto de uno de ellos, Ananías San Juan, ya ascendido a capitán, percibió algunos impactos de balas que pronto se convertirían en ráfagas. Se percató de que a su cola estaba siendo atacado por un caza Fiat CR-32 y quizá pudo apreciar su distintivo que identificaba al as de la aviación franquista, Joaquín García- Morato y Castaño.

El Katiuska llevaba dos hombres más de tripulación: un observador y un servidor de ametralladora, ambos también de nacionalidad española. Morato había encontrado su mejor posición de tiro y abatió mortalmente al observador y al encargado de la ametralladora. Ananías descendió y García- Morato, dando el avión por destrozado, elevó su vuelo en busca de nueva presa.

Un hombre con suerte

Ananías pudo tomar tierra en un descampado cerca de Andújar con uno de los dos motores averiado y sin tren de aterrizaje. Bajó del avión, esperó a que vivieran a recoger los muertos y contó los impactos que había recibido el aparato: 125. Él estaba ileso.

El capitán del otro Katiuska, ruso con dos tripulantes españoles, se extrañó de no ver en el punto convenido a su pareja y dio algunas vueltas en redondo para observar. Y lo que recibió fue la visita de García- Morato, quien lanzó su Fiat sobre el aparato soviético y esta vez hizo blanco en sus tres tripulantes: piloto, observador y encargado de ametralladora y el avión se precipitó a tierra. De los seis tripulantes de los dos Katiuska sólo Ananías salió vivo. El hombre que Franco creía que quiso secuestrarle, salía nuevamente en un parte de guerra. Y el Caudillo comprobó que, además de él, también Ananías tenía suerte.

Al terminar la guerra Ananías se exiló y se nacionalizó mejicano. Ingresó en «Aeronaves de México» y volaría prácticamente todo tipo de aparatos de la compañía. Y tuvo más fortuna que García-Morato, quien se estrelló en una exhibición acrobática nada más terminar la guerra. Ananías falleció de manera natural a los 81 años, sin saber que había sido un hombre relevante en la memoria de Franco. Casi una pesadilla.

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