Álvaro Martínez - Postales desde el NorteSeguir

«Guirnaldo» y la cuarta provincia Álvaro Martínez

Una valla con diferentes opciones políticas en una calle de Bilbao
Una valla con diferentes opciones políticas en una calle de Bilbao - EFE
Álvaro Martínez Bilbao/guernica (Vizcaya) - Actualizado: Guardado en:

En la terraza de la taberna de «Boliña el viejo» de Guernica, en el arranque de la calle Adolfo Urioste, se juntan todos los días a tomar los vinos una cuadrilla de «arrantzales» jubilados que se curtieron en el mar y que cogen el vaso con esas manos ocres y anchas como guantes de boxeo que les han dejado el salitre, el sol y la faena en miles de días en la cubierta del barco. Mantienen el seseo que marca el acento de los marineros del norte pero no hablan de política sino, por ejemplo, de la última victoria del Athlétic tras «castañaso» europeo y de alguna novedad local, como las próximas ferias de octubre. A unos días de los comicios autonómicos, la campaña discurre aquí, en la capital sentimental del País Vasco, casi tan exteriormente mortecina como en el resto de la Comunidad. La cartelería electoral casi ha desaparecido tanto en los pueblos como en las grandes ciudades. En Bilbao, por ejemplo, los candidatos han reservado su imagen para el chasis de los tranvías verdes que recorren la ría de Atxuri a Indautxu. Fuera de ahí, los únicos postes, banderolas y carteles que se aprecian son los de Arnaldo Otegui, al que no se le puede votar al estar inhabilitado por sentencia judicial. El proceso de «dulcificación» de los proetarras ha llegado al diseño de su propaganda, de aspecto amable y colorista, como si hablara de la primavera. Tan recurrentes son las imágenes decorativas del «no candidato» en las calles vascas que ya le han sacado allí un alias: «Guirnaldo Otegui».

La casa de Pili

En Guernica también hay muchos carteles con la cara de «Guirnaldo». Pero la mañana transcurre como si fuera un día cualquiera del resto del año, vísperas de nada. El único recordatorio (con movimiento) de que dentro de unos días se vota es el tenderete con globitos morados que dos voluntarias de Podemos atienden en la plaza del mercado y al que apenas nadie se acerca. Una de las señoras de edad que pueblan las terrazas adyacentes se arranca y les pregunta: «Oye, es verdad lo de la casa de Pili y el millón de euros…». Las militantes quitan hierro al asunto y justifican la mansión en Zarauz de la candidata populista en que Pilar Zabala «oye, es dentista» y en que el marido «también gana bien». La señora no parece muy convencida y regresa a su café con leche con un globito.

La aritmética electoral señala que cada voto es importante para diseñar el bloque mayoritario

También aquí, en la capital de Busturialdea donde se alza el telúrico roble de la Casa de Juntas, hay una sensación general de que todo el pescado está vendido. El PNV lleva enganchando tres victorias electorales seguidas (autonómicas 2012, municipales 2015 y generales 2016) y la única pugna parece estar entre los proetarras de Bildu y los populistas de Pili.

Pero la aritmética electoral preventiva sí señala que cada voto es importante para diseñar el bloque mayoritario gobernante una vez que parece descartada cualquier posibilidad de mayoría absoluta, resultado que nunca se ha producido en unas autonómicas vascas. Menos aún tras la irrupción del partido de Iglesias y Errejón, esa pareja que ha decidido ponerse a reñir por Twitter como si fueran Pepa y Avelino, en «Escenas de matrimonio», en plena campaña.

Un «batzoki» de Benidorm

Y como todo voto es clave, los partidos se han volcado en la llamada cuarta provincia para recabar el voto de los residentes fuera de la Comunidad. Alicante se erige aquí como la plaza más deseada y fuerte. Tanto el PNV como el PSE cuentan con un «batzoki» y una Casa del Pueblo en Benidorm, donde se calcula que residen de forma habitual no menos de 7.000 vascos si bien se estima que cerca de 350.000 visitan al año aquellas costas.

Tascas vascas en Benidorm (Alicante)
Tascas vascas en Benidorm (Alicante)- JUAN CARLOS SOLER
Los partidos se han volcado en la llamada cuarta provincia para recabar el voto externo

En Extremadura se repite la peripecia, pero en este caso no por quienes han elegido cambiar el clima por su gusto, los huesos, el asma, el sol… o por ETA –que la diáspora es también multitudinaria por el terrorismo–. Hablamos de aquellos que retornaron a Mérida, Plasencia, Trujillo o Llerena después de pasar más de media vida trabajando en los altos hornos o cualquier otra factoría de la segunda revolución industrial vasca que sacó de Cáceres y Badajoz a 230.000 extremeños en los años sesenta y setenta. Muchos han regresado pero siguen empadronados aquí, donde viven sus hijos, que ya han formado su propia familia y reciben la visita navideña del «aitona» (abuelo) que vive en el valle del Jerte. En Extremadura sí se pagan impuestos de sucesiones y el tramo autonómico del IRPF y otros tributos transferidos son más altos que en estas tierras vascas, que una cosa son las raíces y otra la cartera.

Son la cuarta provincia y por eso los partidos buscan su voto a cientos de kilómetros de los carteles de «Guirnaldo».

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