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Forcadell: El fanatismo sin filtros Salvador Sostres

Salvador Sostres Madrid - Actualizado: Guardado en:

Carme Forcadell representa de un modo muy redondo, y muy letal, la falta de inspiración del independentismo. Los motivos por los que Esquerra decidió ponerla de presidenta del Parlament fueron precisamente su ignorancia y sus pocas luces, para estar seguros de que así, cuando tuviera que tomar las más delicadas decisiones, lo único que pesaría sería su fanatismo sin filtros.

Otros candidatos fueron descartados por ser demasiado cultos, demasiado inteligentes; por tener la preparación suficiente para entender el callejón sin salida al que conduce la desobediencia y las unilateralidades tanto en España como en la Unión Europea. Y bajando, bajando, encontraron a Forcadell. Junqueras sabía que necesitaba infantería ciega y ahí estaba ella. El problema de Carme Forcadell, que es el problema de buena parte del independentismo, es preidelógico y afecta a su formación general básica incluso más que a su voluntad directa de delinquir.

El problema, la tragedia de Forcadell, que es la tragedia del independentismo, no es que se salte esta o aquella ley, sino que no comprende que la democracia deja de existir en el momento mismo en que no se cumplen las leyes. Los independentistas están tan persuadidos de que sus ideas encarnan la única representación del bien, que cualquier escenario que no sea el de la imposición de sus tesis les parece una ofensa.

La turba envalentonada

Las demostraciones callejeras y el mundo asambleario del que Forcadell procede no han sido nunca referentes fiables de las democracias serias. La agitación y la propaganda, y la turba envalentonada, son más bien los aliados de los regímenes totalitarios. La misma dinámica que Forcadell usó en la calle pretende ahora aplicarla al Parlament, con la violencia de incumplir la Ley, pero sin notar, en su extravío moral, tan notable gravedad; en este pensamiento entre dogmático y naíf, de velita encendida en el último bis de un concierto de Lluís Llach.

Es importante que la Justicia actúe contra Forcadell, en primer lugar para respetar la dignidad del Parlament que su presidenta ha humillado. En segundo lugar, porque ante el desprestigio que la Ley tiene en determinados sectores de la sociedad catalana, y la pasividad con que el Estado ha asistido a su incumplimiento flagrante, es bueno recordar de vez en cuando el vigor de las normas y lo peligroso que es vivir lejos de su protección. Y en tercer lugar, es fundamental hasta para el independentismo que personajes como Forcadell topen de una vez con el límite de sus posibilidades, para que en adelante construya su estrategia con materiales más nobles, más resistentes a las réplicas más elementales, y con un nivel de dignidad que sea mucho más inspirador y no tan deprimente.

La pésima estrategia del Estado en Cataluña tiene mucho que ver con que personas como Forcadell hayan llegado tener alguna relevancia en nuestra vida pública. De tanto hacer de la necesidad virtud, de tanto asumir de un modo vergonzante la perfecta naturalidad de la Cataluña española, que existió siempre y sin ningún problema hasta que el Estado no sólo la abandonó, sino que renegó de ella, un poco para comprar a los partidos nacionalistas, y otro poco porque a algunos, esto de ser español siempre les ha acomplejado; en Cataluña ha ido creciendo un ecosistema de mediocridad sin respuesta, y la vulgaridad se ha ido apoderando del ambiente hasta que Carme Forcadell ha parecido una estadista, la Ley una especie de dictadura (como si no la hubiéramos votado una amplísima mayoría de catalanes), y la independencia la solución mágica a cualquier problema.

No hay nadie que dé la cara en Cataluña por los que más o menos defienden una idea de España, y la presencia de los dos grandes partidos políticos es anecdótica cuando no marginal, con especial mención para un PP incomprensible. También de estos fracasos se nutre Forcadell, y de ellos toma fuerza para cometer sus tropelías. Cuando los gatos no están, las ratas danzan, y sin negar que las ratas son ratas, hay que decir que el Estado como gato ha resultado bastante decepcionante.

Si la Justicia actúa

Lo más adulto y responsable es admitir que tenemos siempre la culpa y el mérito de todo lo que nos pasa; y el independentismo con sus actores y sus desafíos es lo que la dejación de funciones de España en Cataluña ha permitido. Si la Justicia actúa como debe contra Forcadell será la primera vez en mucho tiempo que la Ley brilla en Cataluña con todo su esplendor. La primera vez de las muchas veces que en los últimos tiempos la Ley ha sido pisoteada, retorcida y asfixiada sin que nada, absolutamente nada, sucediera.

La parodia de Carme Forcadell es fácil y a mi me divierte hacerla. Pero lo más grave de esta señora es el caldo de cultivo que la ha hecho importante, un caldo de cultivo que nunca ha sido contestado ni contrarrestado, y que tiene mucho que ver con la luz que nos ha traído hasta aquí.

Estoy seguro de que muchos de los jueces llamados progresistas se negarían a aplicarle la Ley a Carme Forcadell por creer que es «fascismo» prohibirle a un parlamento cualquier debate. Y ahí está: no Forcadell, sino España.

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