Salvador Sostres

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Mariano Rajoy, ayer, con Jean-Claude Juncker
Mariano Rajoy, ayer, con Jean-Claude Juncker - EFE
Salvador Sostres - @abcespana - Actualizado: Guardado en:

Junto con los columnistas de la derechita cool están los columnistas Puerto Hurraco, escépticos, agoreros y que creen que el mérito de su inteligencia es que acabemos todos tan tristes como ellos.

El dramatismo es el mayor problema de España, ese creer que vivimos rodeados de corrupción e inconvenientes, de atraso y de incompetencia, cuando probablemente seamos el país en el que mejor se vive del mundo, y con un Gobierno previsible y sensato que ha conseguido darnos estabilidad en tiempos de zozobra y crear las condiciones para la prosperidad cuando parecía que los muros se venían abajo. Nuestros índices de corrupción son tan lamentables como equiparables a los de las demás naciones de La Civilización; y pagando el yo diría que aceptable precio de un año de gobierno en funciones, hemos logrado zafarnos del populismo con una mariana habilidad que claramente contrasta con las dificultades que han sufrido y sufren otros países a los que tanto admiramos. Pero nada importa nada a nuestros columnistas compungidos, que ahí están sollozando como plañideras en los más sonados funerales de Puerto Hurraco.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Junker, se reunió ayer con el presidente Rajoy para felicitarle por el camino recorrido y animarle a emprender reformas que insistan en el crecimiento, apertura y modernidad de nuestra economía. No somos perfectos y podemos hacerlo mejor. Pero el escepticismo y el cinismo son deprimentes, y decepcionantes, y dan textos más brillantes que inteligentes, más resultones que audaces.

Podemos concentrarnos en lo que hacemos mal, fustigarnos y tirar la toalla. Podemos ir contra La Civilización por ese narcisismo ideológico que sólo nos llevó a la miseria y a la muerte, pero que tan útil resulta para soliviantar a las jovencitas en el bar de la facultad.

Podemos destruirnos en el revanchismo y en el resentimiento, caer en la trampa populista o repetir las elecciones; pero sería grotesco que pesaran más los murmullos de Puerto Hurraco que el razonable orgullo que podemos sentir por lo bien que hemos salido de la crisis, por nuestro marco de convivencia y por nuestro sistema de libertades.

Puerto Hurraco o la merecida esperanza. Vivir consiste siempre en elegir y ésta es hoy la gran elección de España.

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