España

Los escándalos de corrupción sacan a la luz las dos almas de los populares

Las facciones surgen cuando se trata de elegir entre la contundencia contra la corrupción o el respeto a la presunción de inocencia: el caso Rita Barberá reúne los requisitos que suelen fracturar al partido

Mariano Rajoy, líder del PP
Mariano Rajoy, líder del PP - EFE

«Conociendo a Rita estábamos seguros de que no se iba a ir por iniciativa propia. Ella cree en su inocencia. Y es de una generación que lo ha sido todo en el PP y ha tenido mucho poder». Cuando el nombre de la exalcaldesa de Valencia Rita Barberá irrumpió esta semana en las primeras planas, algo tembló en el PP. Fue a las 12:18 de la mañana del martes. Esa tarde estaba prevista la comparecencia del ministro De Guindos en el Congreso por el caso Soria y un nuevo motivo amenazaba con perpetuar las críticas al PP en portadas, radios y telediarios. Un día o, quien sabe, una nueva semana de desgaste mediático.

La noticia cayó como un meteorito en la calle Génova. Angustia, «porque es salir de una polémica y enfrentarnos a otra»; hastío, «porque llueve sobre mojado»; y un enorme sentimiento de injusticia, «porque con el PP hay un doble rasero». Habla un destacado dirigente del PP, pero en estas apreciaciones coinciden muchos populares con los que ha hablado ABC. Lo peor de que el Tribunal Supremo decida investigar a Rita no es la noticia en sí -pues era totalmente esperada-, sino el momento en que salta: con el partido exhausto después de diez agotadores días de enorme convulsión por el caso Soria, un escándalo que lo contaminó todo desde el minuto siguiente a la fallida investidura de Mariano Rajoy y que propició una catarata de críticas internas en público de unos dirigentes en general disciplinados.

Fue la presión interna quien llevó al Gobierno a rectificar y a pedirle a Soria que renunciara al puesto en el Banco Mundial. En el caso de Barberá, el escándalo se habría producido si el TS no hubiese abierto una investigación en torno a la exalcaldesa. Otro cantar será el día que el juez instructor, Cándido Conde-Pumpido, decida finalmente imputarla. Pero eso son minucias, porque como dice otro dirigente del PP «a estas alturas cualquier noticia en el ámbito de la corrupción en el PP es ya portada, sin necesidades de matices».

La noticia de que Rita Barberá iba a ser investigada era totalmente esperada

Entre las 12:18 del martes y las cinco de la tarde del miércoles, cuando el partido difundió un comunicado en el que Rita anunciaba que dejaba el partido, se desató una negociación muy dura. Rita Barberá no es una persona cualquiera en el PP, y convencerla de que diera un paso atrás iba a requerir el esfuerzo de las más altas instancias. Además, no hace tanto que desde el partido hubo que convencerla para que se volviera a presentar a las elecciones municipales, en contra de su intención inicial. En aquella ocasión, Rita acabó cediendo, pero el presidente del Gobierno tuvo que bregar para persuadirla.

Treinta horas

En esas treinta horas los teléfonos ardieron. Fue la secretaria general del partido quien asumió el mando, siempre en contacto con Rajoy. Desde Galicia y Álava, pues martes y miércoles estaba de campaña, habló por teléfono con unos y con otros. «Rita merece ese tratamiento -revela alguien conocedor de los términos de la negociación-, pero además ella no estaba dispuesta a negociar con cualquiera». Así fue. Otro dirigente pone el acento en el lado humano: «Rita está sufriendo una barbaridad, es una agonía. No se merece estar sentada entre un tipo de Bildu y otro de Compromís, que son quienes la echaron».

A las 19:00 horas de ese miércoles, dos horas después de la renuncia de Barberá, Rajoy tenía previsto participar en la presentación de un libro del ministro De Guindos. Los organizadores del acto no daban abasto para gestionar tantas peticiones de acreditación. La Prensa estaba al acecho. ¿Qué diría Rajoy? En el caso Soria había sido Guindos el que se había partido la cara, en este caso por el Gobierno, y el presidente le respaldó públicamente con su presencia en ese acto. ¿Y Rita? El comunicado del PP estaba recién horneado, así que se decidió que Rajoy no atendiera a la prensa. Ni al entrar, ni al salir. Y en el acto, ni una palabra.

Existen dos PP, dos flancos que se distancian con el debate

Con el caso Rita, como sucedió con el caso Soria, la presión de los medios ha sido incesante y en la calle Génova surgieron dos reacciones. Son los dos PP. Los dos flancos que se distancian cuando el debate se juega en esa finísima línea que separa la implacabilidad contra la corrupción y la presunción de inocencia. El caso Rita reúne todos los requisitos: expulsarla es ir demasiado lejos, más allá de los estatutos del partido y vulnerando su presunción de inocencia. No hacerlo es quedarse muy corto, dando una imagen de insensibilidad con la corrupción y renunciando a dar la batalla en los medios. Además, desde el punto de vista emocional Rita es mucho en el PP.

«Son dos formas de entender la política. Es verdad que hay una presión electoral, mediática, judicial y policial desmedida contra el PP y están pagando justos por pecadores, pero había que ser contundente. Si no, estábamos muertos», reflexiona un barón posicionado con los partidarios de la tolerancia cero. Desde el otro lado, se reprocha a esas voces críticas porque «algunos van más allá de lo que se debería» y advierten: «Si nos cargamos la presunción de inocencia, ¿qué nos queda?».

A unos les preocupa más el Telediario de esta noche, y los otros creen que lo importante es una sentencia judicial que llegará en dos o tres años; unos quieren dar la batalla activa en los medios y otros creen que lo adecuado es aguantar el chaparrón y «el tiempo nos dará la razón». Pero todos coinciden en denunciar una doble vara de medir: «¿Cómo puede ser que Rita esté ocupando más espacio mediático que los ERE, cuando un asunto son 1.000 euros y el otro 741 millones?», se preguntan en Génova.

Mal de muchos, consuelo de tontos: «Caso por caso, es tremendamente injusto, Rita está sufriendo un escarnio tremendo. Aisladamente se puede explicar cada caso, uno a uno, pero en conjunto es imposible», lamenta otro dirigente que ha pedido públicamente a Rita que entregue el acta.

Y esa es precisamente la pregunta de la discordia. La posición oficial la fijó el jueves por la mañana María Dolores de Cospedal al no exigir el acta a Barberá. Casi al mismo tiempo Pablo Casado, Javier Maroto, Cristina Cifuentes y Pedro Sanz criticaron que mantuviera el escaño y esa tarde, el PP valenciano se sumó a la petición de las Cortes valencianas para que entregara el acta. De nuevo los dos PP. El viernes por la tarde, Rajoy respondió a una pregunta desde la Cumbre de la UE en Bratislava: «El Partido Popular ya no tiene ninguna autoridad sobre ella». En la misma línea que su secretaria general.

«No es lo mismo»

¿Hay o no hay entonces dos PP? Entre la vieja guardia se reconoce que «en determinados temas hay discursos distintos», pero se pone el acento que «también depende del cargo que ocupes. No es lo mismo ser la secretaria general del partido que estar dos escalones por debajo, como Maroto o Casado». Desde los sectores más críticos se quita hierro al asunto y se defiende la capacidad de discrepar: «No ha habido un choque con Cospedal, nadie quita la razón a nadie. Simplemente estamos opinando».

El PP ha vivido una semana intensa. Internamente creen que los útlimos casos se han resuelto con «celeridad y contundencia». El caso Soria, las amenazas de reprobación a la presidenta del Congreso, la causa de Rita, el sumario del caso Taula, incluso el incidente de Rosa Valdeón, han llevado sus siglas a portadas y tertulias. Solo el escrito de la Fiscalía pidiendo seis años de cárcel para José Antonio Griñán les ha apartado del primer plano de la polémica, sumiendo a Pedro Sánchez en un nuevo silencio táctico y con Susana Díaz dando la cara por sus antecesores en la Junta de Andalucía. Tal vez la pregunta ahora sea, como dicen con sorna en el PP, que «el principal problema de España no son los dos PP, sino los dos PSOE».

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