Pincho de tortilla y caña

Error contumaz

«Rajoy se avino a no recurrir ante el TC el voto delegado de Puigdemont y Comín para que Urkullu pudiera acudir en su ayuda sin ponerse colorado»

Luis Herrero
MadridActualizado:

Es un secreto a voces que el Gobierno estaba como loco por quitarse de encima el lío del 155. El PNV lo había puesto como condición para apoyar los presupuestos. La decisión gubernamental de no torpedear la precaria aritmética parlamentaria de los independentistas para que su plan D pudiera salir adelante en segunda vuelta fue fruto de la exigencia vasca. Rajoy, quiero pensar que a regañadientes, se avino a no recurrir ante el TC el voto delegado de Puigdemont y Comín para que Urkullu pudiera acudir en su ayuda sin ponerse colorado.

Gracias a ese cambalache, un supremacista recalcitrante, expresidente de Ómnium, independentista hasta el tuétano, pirómano de las redes sociales por sus mensajes de desprecio a todo lo que huela a España, se va a convertir en presidente de la Generalitat. Ha sido Puigdemont, sí, quien lo ha designado para el cargo con su dedo milagroso de protomártir berlinés, pero ha sido Rajoy quien le ha prestado el palio para que acuda a la investidura con todos los pronunciamientos canónicos que exige la ley.

Esa misma ley obliga ahora a rendir la eficacia del 155 ante los pies del honorable títere de quien se hace llamar presidente legítimo de la República catalana. Así que, en teoría, los tres compinches de la estratagema deberían estar contentos. Rajoy, Urkullu y Puigdemont ya tienen lo que querían. El primero, un lío menos. El segundo, las manos libres para seguir rentabilizando la importancia estratégica de sus cinco diputados en el Congreso. Y el tercero, la marioneta que necesitaba para gobernar a distancia manteniendo vacío su despacho en el Palau como símbolo visible de su poder en la sombra. Los tres se salen con la suya. Pero solo dos de los tres podrán presumir de lo que han logrado.

El lehendakari dirá que además de haber hecho posible que llegue a Euskadi dinero a espuertas por vía presupuestaria, ha contribuido a conseguir que el Estado opresor quite sus sucias manos del autogobierno catalán. Salvando los adjetivos, ambas cosas son verdad. El fugitivo errante dirá que el plan de sacar adelante el mandato popular del 1 de octubre sigue su curso gracias a la insobornable tozudez de su insistencia. Y tendrá razón. ¿Pero qué dirá el presidente del Gobierno? ¿Que se ha quitado un peso de encima? Aparte de ser un argumento ridículo, impropio de un custodio del interés general, ni si quiera es cierto. En todo caso se ha quitado un peso de encima para sustituirlo por otro de mayor tonelaje.

No hace falta una bola de cristal de última generación para saber que Quim Torra utilizará toda la potencia de fuego de las instituciones catalanas, cuyo control recuperará en cuanto supere el trámite de la investidura, para seguir tocándole las narices al Estado. Más de lo de siempre -inmersión educativa, propaganda diplomática, arbitrariedad policial, sectarismo informativo, subvenciones partisanas, estructuras sediciosas-, pero ahora con taimado sigilo para no darle argumentos penales al Tribunal Supremo que le permitan seguir incrementando la población reclusa de Estremera.

Ardo en deseos de saber qué le dirá Rajoy a sus votantes cuando se ponga de manifiesto que el 155 que tanto le quemaba en las manos ha servido para tan poco. ¿Dónde quedará la normalidad democrática que se comprometió a restablecer en cuanto el nuevo Gobierno catalán vuelva a las andadas? ¿Qué responderá cuando le pregunten por qué diablos abrió la puerta a más de lo mismo sabiendo de antemano que era exactamente eso lo que iba a ocurrir si permitía que el plan urdido en Berlín se consumara con éxito? ¿Qué cara pondrá cuando Rivera le mire a los ojos y le diga «te lo advertí»?

El nombramiento de Quim Torra carga de razón la actitud de Ciudadanos de dar por roto el pacto con el Gobierno y da pleno sentido a su requerimiento de no suspender la aplicación del 155. Rivera ya puede decir que no es cómplice de lo que suceda a partir de ahora. Rajoy, sí. Pincho de tortilla y caña a que las encuestas le pasarán factura. La del CEO que conocimos ayer mantiene al PP en el subsuelo del grupo mixto. La contumacia en el error forja las grandes debacles.

Luis HerreroLuis HerreroArticulista de OpiniónLuis Herrero