Pedro Sánchez en el momento de anunciar su dimisión el 1 de octubre de 2016
Pedro Sánchez en el momento de anunciar su dimisión el 1 de octubre de 2016 - EFE

Un año después Sánchez ha vuelto, pero sigue atrapado entre el PP y Podemos

Tras su regreso a Ferraz, el líder socialista se ha centrado en extender su poder orgánico por todos los territorios. El gran dilema socialista sigue marcando su respuesta política: ¿Cómo liderar la izquierda sin que Iglesias le marque la agenda?

MadridActualizado:

Tan solo ha pasado un año. Todo podía haber cambiado aquel día, pero muchas cosas siguen como estaban. El 1 de octubre de 2016 quedará marcado para siempre en la historia negra del PSOE. «Es con toda seguridad el día más bochornoso del PSOE en la etapa democrática», apunta un veterano exdirigente. Tras su dimisión, Pedro Sánchez emprendió una aventura hacia la reencarnación política. Un camino que al principio parecía poco más que una utopía y que terminó en epopeya. Un año después, el PSOE lame todavía sus heridas. La fractura interna está anestesiada por la incomparecencia de los barones para seguir librando la batalla. Al menos por ahora.

Pero un año después las fracturas no se han superado. Y a la mínima ocasión vuelven a dejarse ver. La posición ante el CETA o la posición ante la declaración del Congreso de apoyo al Gobierno ante la crisis catalana han sido solo un ejemplo. Pero lo que sigue sin resolver es, en un escenario tan fragmentado, cómo resuelve el PSOE la ecuación de verse interpelado tanto por Podemos como por el PP. Sánchez ganó las primarias con un discurso que llamaba al entendimiento con Podemos, pero en sus planes no está una fórmula de Gobierno que requeriría del visto bueno de los nacionalistas. Su plan sigue siendo agotar la legislatura y que la correlación de fuerzas sea distinta. Hasta ahora ha resistido todos los llamamientos de Pablo Iglesias, moción de censura incluida. La crisis catalana le obliga al equilibrismo de una «oposición de Estado» en la que su decisión de no promover una alternativa sustenta de facto al Gobierno.

El paso del tiempo permite a algunos de los protagonistas de aquellos días tomar distancia y tratar de desdramatizar lo sucedido, o al menos buscar una explicación a porqué los acontecimientos de aquel comité federal se vieron envueltos de tanto dramatismo. «La razón principal es evidente, y es porque fue algo horrible. Nos dijimos de todo», recuerda uno de los integrantes de aquel órgano. Pero también considera que hay un componente específico del relato posterior sobre lo sucedido aquel día. «En la historia del PSOE y de muchos otros partidos ha habido fracturas de altísimo voltaje. Pero aq se trató de un choque que llevaba meses alimentándose en los medios de comunicación y que estalló en 72 horas con información a tiempo real y desde dentro en Twitter y constantes conexiones en directo de las televisiones».

Aquel 1 de octubre de hace un año el PSOE se convirtió en un show. Pedro Sánchez dimitió como secretario general tras doce horas en las que el socialismo español se desgarró. En la superficie el conflicto político: ¿Debía el PSOE abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy? ¿Eran preferibles unas terceras elecciones? Pero en el trasfondo aquel día salió a la luz para todos los españoles la causa original del conflicto: la desconfianza, el rencor y el odio entre Susana Díaz y Pedro Sánchez en su lucha por el poder orgánico.

Una fractura emocional

Durante horas centenares de manifestantes cercaban Ferraz, denunciando «el golpe» de los notables del partido. Aquel día se rompió algo en un PSOE que luchaba contra sí mismo. Al presidente de Aragón, Javier Lambán, se le llamó a su entrada a Ferraz directamente «fascista». A Eduardo Madina, otrora chico de oro del socialismo español fue recibido aquel día al grito de «golpist a» y «traidor».. La consigna más contundente se la llevó la presidenta andaluza: «Susana Díaz es una golpista». Pero sin duda lo más revelador de la brecha emocional que anida en el PSOE fueron las consignas contra Felipe González, al que varias pancartas acusaban de «chivato y golpista».

Eso sucedía fuera mientras dentro, un Sánchez en inferioridad de apoyos se revolvía para retener el control. Hasta llegar al episodio de la urna tras la cortina con la que sus fieles trataron de impulsar una votación sin las debidas garantías para forzar un congreso exprés que le blindase en el poder. Aquel órdago precipitó su final aquel día. Y habría supuesto el fin de cualquier carrera política.

Pero si el 1 de octubre adquiere un componente épico es por lo que sucedió después. Se cuentan con los dedos de una mano las personas que vieron en aquella caída la oportunidad de recomponer su figura. Ni siquiera el propio Sánchez lo tuvo siempre claro. La otra consecuencia es que Síaz tuvo que implicarse hasta un punto que la llevaba inexorablemente a presentar su candidatura. Pero en tanto que el relato de ese «nuevo Sánchez» se extendía, el de Díaz perdía fuelle. O él o ella. No había más.

«Sin el 1 de octubre Pedro no estaría hoy aquí», plantea tajante una diputada que nunca estuvo entre su círculo de confianza pero que cuestiona que Díaz y sus apoyos no anticipasen ese movimiento. «Creo que es algo que nunca creyeron los barones. Nunca pensaron en ese nivel de hartazgo». Esta diputada explica que «las primarias iban de muchas cosas: liderazgo, modelo de partido ... pero Pedro y su equipo acertaron con el marco: ¿Cerca o lejos del PP? A esa respuesta un socialista siempre te dirá que lejos».

A nivel orgánico, Sánchez se ha blindado con una victoria contundente en las primarias y con cambios estatutarios que dejan al refrendo de las bases la decisión de revocar a un secretario general. Además, en las primarias de diferentes federciones ha logrdo colocar barones afines en Murcia, Canarias, Cantabria o La Rioja. Su vínculo con Baleares, Castilla y León, País Vaso y Cataluña sigue siendo estrecho. Pero su triunfo más importnte en estos procesos ha sido colocar a José Manuel Franco como secretrio general del PSOE madrileño. Pero a falta de las primarias en Aragón y Galicia, el reparto de poder sigue inalteraable entre los principales figuras. Emiliano García Page, Guillermo Fernández Vara, Ximo Puig y Susana Díaz siguen en sus puestos. Pero desde el día siguiente a las primarias dejaron de comportarse como un bloque unitario.

Pasado un año la pregunta fundamental es cuál es el estado de salud de PSOE. La respuesta, lógicamente, dista mucho de ser uniforme. Tres dirigentes que apoyaron cada uno a un candidato en las primarias lo valoran así. El primero cree que el partido sigue «sin un rumbo definido» respecto a las cuestiones fundamentales y que «todo se fía» a sumar con Podemos en el futuro. El segundo lo valora médicamente: «Hemos pasado de la UCI a planta». El tercero apuesta por el símil deportivo: «El proceso de todo este año lo que simboliza es un PSOE que es capaz de volver a competir. Y creo que es el único partido socialdemócrataen toda Europa que pueda decir algo así. Todo este proceso lo que hace es al PSOE mejor». Los datos del último CIS han insuflado oxígeno a esta teoría.

Un diputado de la órbita del reelegido secretario general ve con optimismo cómo este proceso puede ser entendido dentro de unos años: «Con el tiempo se verá que el proceso no fue una implosión, sino que generó una tensión positiva que hizo que se movilizara toda la estructura. Hemos salido bien, pese a que había muchos riesgos». Y creen que la decisión de la socialdemocracia alemana a repetir la coalición con Angela Merkel “es muy sintomático” y “nos da la razón”. Para ellos aquel 1 de octubre ha pasado a ser el reconocimiento de lo equivocados que estaban sus adversarios internos: «Fue la expresión de la incomprensión de lo que está sucediendo en el país». Pero ni siquiera en el sanchismo se hace un relato condescendiente de cuál es el estado de salud del partido: «Las cosas pasarán con el tiempo. Sería naif pensar que todo va a cicatrizar en unos meses». La herida todavía supura.