España

La cita frustrada de Rita y Rajoy

El presidente del Gobierno habló con Barberá el lunes, y quedaron en verse el martes en el Senado, pero ella no acudió

VÍDEO: Rita Barberá, «la alcaldesa de España».
Mayte Alcaraz Madrid - Actualizado: Guardado en:

Temprano el miércoles un coche oficial se dirige al Congreso de los Diputados. Mariano Rajoy acude a la sesión de control al Gobierno pero una llamada, cuando sale de La Moncloa interrumpe el repaso de las notas y los periódicos. Es Juan Ignacio Zoido, el debutante ministro del Interior. «Presidente, Rita ha muerto».

Los mensajes se agolpan en el teléfono de Rajoy. Es ahora María Dolores de Cospedal, titular de Defensa y amiga muy amiga de la senadora. Le confirma al presidente lo que ya sabía. Que Rita, con veinte kilos menos y veinte años más; que Rita, sin carné ni calor del nuevo PP; que Rita, a la que un par de periodistas «escracheaban» y hacían guardia en su casa valenciana, día y noche, como si fuera Belén Esteban; que Rita, la amiga a la que le costó convencer en 1991 para que pactara con Unión Valenciana y tomara un bastón de mando que no soltaría hasta 2015; que Rita, la que le apuntaló junto a otros dirigentes territoriales en el Congreso de Valencia de 2008, había muerto atrincherada en un hotel de Madrid.

Recuerda Rajoy las últimas 48 horas. El lunes, cuando sale hacia Génova para presidir el Comité de Dirección en el que confirmará su candidatura a seguir en la presidencia, ya ha visto en las teles que tanto daño hacían a Rita («no las veas», le aconsejaba por teléfono cuando hablaban) el «paseíllo» camino del Supremo de su amiga desde hace 30 años. Amigos desde que a ambos los echó Fraga.

Un espectro de lo que fue

Coqueta siempre, camufla bajo un par de milímetros de maquillaje, más oscuro del habitual, sus tres escasas horas de sueño y las pastillas que ayudan a sobrellevar la vida desatenta, que se olvidó de sus 24 años de alcaldesa. Esa vida que la convierte, camino del estrado, en un espectro bajo un abrigo negro y una falda roja de la política XXL que fue. El presidente del Gobierno ve a una amiga consumida de vuelta de un interrogatorio al que, a duras penas, llega tras pisar mal con unos zapatos rojos idénticos a los que llevó cuando testificó en el caso de su amigo Paco Camps, fiel hasta la muerte.

En Génova le espera a Rajoy su guardia pretoriana. Allí se mezclan, como un trasunto de las contradicciones personales que él mismo vive, amigos de siempre de la senadora, como Cospedal, y sus sobrevenidos «enemigos» políticos, los vicesecretarios Maroto, Levy, Maillo y Casado, a los que el PP envió hace un mes de arietes justicieros cuando Rivera mandó a la Rita investigada al corredor de la muerte política. A cambio de 32 síes a la investidura de Rajoy.

Cuando acaba el Comité, en el que se autoproclama candidato al Congreso, es imposible que no recuerde otro cónclave -convulso- en Valencia hace ocho años, en el que si no es por Rita, Camps, Feijóo y otros barones, hubiera vuelto al Registro de Santa Pola, donde le querían mandar los afines a Esperanza Aguirre.

La encuentra decaída

Por la tarde de ese lunes 21 decide llamarla. Rita ha intentado descansar de vuelta de su comparecencia ante Cándido Conde-Pumpido (el zapaterismo que tanto despreció, otra vez redivivo). Pero a duras penas lo ha conseguido. El presidente del Gobierno la telefonea y la halla en Madrid, donde permanece a la espera del pleno del martes en el Senado. Rajoy, cuentan en su entorno, la encuentra mal, decaída y, quién sabe si también con los primeros síntomas de un bajón en su salud.

La relación personal nunca sufrió, a pesar de todo. «Mantenían largas conversaciones -detallan en el entorno del presidente- y se contaban confidencias personales. Muchas veces ella le echaba broncas por cosas del partido con las que no estaba de acuerdo. Y el presidente aguantaba el chaparrón». Ese día, además, Mariano Rajoy le aconseja que descanse y no se deje llevar por comentarios y tertulias.

Curioso que, ni en los debates más virulentos contra Barberá, que se cuentan por decenas, nadie consiga encontrar a esas horas una prueba objetiva del pitufeo por el que se la investiga. Ella ha reconocido ante el tribunal que entregó mil euros pero niega que a cambio se le reembolsaran dos billetes de quinientos provenientes de la caja B del PP valenciano. En su entorno personal, profesional y político todos albergaban esperanzas (y quizá algún dato) de que el caso iba a ser archivado. Rajoy también. Pero nunca podrá saberse.

No acude al encuentro

Antes de despedirse el lunes, el presidente la cita un día después en la Cámara Alta, adonde acudirá por primera vez en esta legislatura para someterse a una sesión de control. Sin embargo, esa mañana del martes, la senadora se encuentra mal. Y no acude al encuentro.

Mientras en su domicilio valenciano de la calle General Palanca un par de periodistas siguen haciéndole guardia por si aparece, confirmando así la tesis mediática de que ha desatendido sus obligaciones en la Cámara que la protege con su fuero, la exalcaldesa recibe la urgente visita de su hermana y su sobrina que viajan asustadas por problemas respiratorios que vaticinan lo peor.

Es miércoles y Zoido, alertado por la Policía, avisa a Rajoy. Hace exactamente 35 años que él obtuvo su primer acta de diputado autonómico. Entonces, Barberá ya había fundado la versión valenciana de Alianza Popular. Por eso tiene el carné número 3 de AP en la capital del Turia. Dejó su incipiente carrera de periodista para dedicarse a la política. Solo en 2015 flaqueó porque vio venir el populismo. Pero su amigo Mariano la convenció para que se volviera a presentar y acabó su reinado frente a un pacto de radicales de izquierda.

Sufrió un descalabro electoral que, no obstante, no la despojó del primer puesto. Ni siquiera se quedó en Valencia para traspasar la vara de mando a los que ya la habían convertido en diana de su odio al calor de los excesos e irregularidades mantenidos en aquellos años de mayoría absoluta del PP en Valencia. Casi todo su equipo está siendo investigado por ello.

El miércoles en el Congreso, Rajoy contuvo las lágrimas. Llamó a la familia, avisó a su esposa, Elvira Rodríguez, que también era amiga de Rita, y tomó un AVE a Valencia. Donde todo había comenzado.

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